En el theatrum orbis terrarum hay desajustes y conflictos reales o potenciales. Estos eventos, que arriesgan la seguridad, resultan del deterioro de la arquitectura multilateral de la segunda posguerra y de los consensos políticos que hicieron del equilibrio del poder la fórmula para mantener la paz. En este entramado, donde no cabe la ingenuidad, el liderazgo de las potencias que integran el Consejo de Seguridad de la ONU, se tradujo en las últimas ocho décadas en el reparto concertado del planeta, hasta que el sistema se fracturó tras el fin de la Guerra Fría y el colapso de la globalización. Hoy, en un teatro inédito, se cosechan los esfuerzos de distintas administraciones estadounidenses por distanciarse de los acuerdos fundacionales de Naciones Unidas. Razones para ello hay muchas, pero destaca aquella según la cual la sociedad mundial ha madurado y puede prescindir de Washington para su buena gobernanza. Podrá o no estarse de acuerdo con esta tesis, pero es evidente que la Casa Blanca, en una estrategia deliberada, ha debilitado viejas alianzas en distintas regiones y facilitado las condiciones para un arreglo diferente, que le signifique un menor costo político y económico. La ruta estaría dando resultados; así lo dejan ver los vacíos de poder que se han generado en distintas latitudes y los intentos de países con ambiciones hegemónicas para ocuparlos, sin temor a represalias. Tal es el caso de Ucrania, donde Rusia despliega una guerra contraria a toda convención y, no obstante, ninguna coalición ha logrado ponerle fin. Algo similar sucede con Israel, que además de reiterados ataques al sur de Líbano, despliega acciones militares en Gaza que ya son una tragedia humanitaria. Por si fuera poco, el enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán es otro foco de tensión mayor, que repercute en los estados de la región del Pérsico, los cuales se han visto involucrados sin haberlo deseado, con el argumento de que albergan bases militares de la Unión Americana. A su vez, el bloqueo de Irán del estrecho de Ormuz es una grave amenaza a la economía global, que ha propiciado la reciente salida de Arabia Saudita de la OPEP y desencuentros en el Consejo de Cooperación del Golfo, por la incapacidad de sus integrantes para adoptar medidas de defensa colectiva. En Europa, las señales son confusas. Ante la derrota de la autocracia en Hungría, en todo caso un guiño esperanzador, el armamentismo crece y subsiste el riesgo de que el espectro político se corra hacia la derecha extrema, como podría ocurrir en Alemania.
La arrasadora hegemonía de Washington vulnera la confianza de sus amigos y socios, que se ven constreñidos a adoptar medidas de control de daños. En la incertidumbre, el vecindario mundial atestigua alineamientos tan selectivos como efímeros, que podrían ser los alfiles de la mutación a un orden regresivo, donde el Derecho Internacional y la negociación diplomática soberana serían secundarios a los arreglos entre camarillas. Si se desmantela el acuerdo liberal, será difícil edificar otro que perfeccione lo que ha ofrecido. Así las cosas, para renovar el andamiaje del multilateralismo urge identificar nuevas fórmulas de equilibrio de poder y de cooperación horizontal y triangular. Como dijo Henry Kissinger, no se trata de derrotar a enemigos, sino de construir una paz que dure. Y yo agregó, una paz que evite la guerra catastrófica que parece avecinarse. Bellum omnium contra omnes.
El autor es doctor en Ciencias Políticas e internacionalista.
