Dirigido por Antoine Fuqua y producido por Graham King (sí, el mismo de Rapsodia bohemia, en derredor de Freddy Mercury), el reciente largometraje Michael (EU, 2026), en torno al llamado Rey del Pop, resulta siendo otro de esos biopic que cojean por su desequilibrio entre el mito y la verdad, entre el espectáculo y la memoria. Efectista y adulcorado, como otros tantos ejercicios por el estilo en torno a figuras del espectáculo,  Fuqua y su conocido guionista John Logan decidieron dejar información en el tintero y apostar por el modelo de infalible taquilla. Y en esa decisión pagaron su penitencia, porque en lugar de haber arriesgado al hablar sin aspavientos y poner los puntos sobre las íes, en cambio optaron por utilizar una fórmula probada y huir así de cualquier posible “atmósfera amarillista”.

Correctamentre hecha y bien puesta, Michael abarca desde sus primeros pasos en los Jackson 5 hasta el apogeo del Bad World Tour, un concierto visual y musicalmente sinigual en su género, pero también un espejo roto que alcanza a reflejar solo fragmentos de la complejidad sobre todo interior de su protagonista. Con la aprobación atrás de las firmas autorizadas del legado de Michael Jackson y de su propia familia, la cinta termina siendo un retrato con pinceladas de autocensura, un monumento a la gloria evitando las más de las grietas oscuras de la historia. Podría decirse entonces que su narrativa es una danza entre lo épico y lo evasivo, entre lo que se ve y lo que entreveradamente apenas se sugiere, entre la conocida receta que conmueve y los entrelineados que con sordina no se exponen al posible conservador escrutinio público.

El guion de Logan prioriza así el sabido y probado arco de superación personal: desde el niño prodigio sometido a la disciplina férrea de un opresivo y ambicioso padre indolente (bien interpretado, pero en una línea actoral más bien caricaturesca, por Colman Domingo), hasta el artista que desafía al establishment para convertirse en ícono global. Pero este trazo argumental, aunque sólido, se sostiene sobre un tablero de ajedrez donde las piezas más conflictivas han sido escondidas, retiradas. Las acusaciones de abuso sexual infantil, las adicciones y la dismorfia aparecen como sombras al borde del encuadre, sugeridas apenas, para luego desvanecerse.

La película, como un circo iluminado por focos que apuntan solo hacia el centro, elige ignorar las tinieblas que rodean al personaje de carne y hueso, al ser humano vulnerable y conflictuado en varios aspectos. La razón de este vacío no es un misterio: la familia Jackson, dueña de los derechos narrativos, impuso cláusulas que bloquearon cualquier referencia a los escándalos legales posteriores a 1988. Esto convierte a Michael en un relato blindado, una hagiografía que avanza con pies de plomo cada vez que se acerca a los territorios más espinosos y movedizos. Incluso el conflicto central con Joseph Jackson —su figura paterna como Capitán Garfio, siendo él Peter Pan, su modelo desde la niñez— se resuelve con una reconciliación superficial, como si el guionista y el director temieran que la pelea familiar dinamitara el cuento de hadas tras el cual se esconde el sensible protagonista.

La película, entonces, no es una biografía, sino un making of de la leyenda: un viaje desde Gary, Indiana, hasta el estadio de Wembley, donde la magia del moonwalk eclipsa cualquier duda. Pero donde Michael sí triunfa, por supuesto, es en su dimensión escénica. Las coreografías, reconstruídas con obsesivo detalle para resaltar el innegable talento del showman, son un tributo visual que en ciertos momentos logra el hechizo de la posesión: el niño Juliano Valdi, en su papel de Michael de nueve años, ya encarna una fragilidad que preanuncia el talento sui generis; y Jaafar Jackson, el sobrino del Rey del Pop, ofrece una imitación técnica extraordinaria y sin precedentes. Su interpretación, más que una actuación, es un ejercicio de clonación artística casi milimétrica: cada giro de caderas, cada gesto de manos, evoca la esencia misma del ídolo.

Es aquí, entonces, donde la película de Fuqua despliega su máximo poder, como un gran espectáculo que hipnotiza, pero en el camino nos roba algo más profundo, y por ende más humano. Sin embargo, este triunfo técnico esconde una gran paradoja: mientras el Michael adulto brilla en los escenarios, su vida fuera de ellos se reduce a un paisaje plano y predecible. El guion, como proyecto de un arquitecto que construye un palacio sin cimientos, ignora los personajes clave (como el chofer Bill Bray y el abogado John Branca, interpretados aquí respectivamente por KeiLyn Durrell y Miles Teller, cuyas presencias resultan meramente funcionales), eludiendo las preguntas que definen a un artista tan polarizado. Sin embargo, se nota también que esos artífices, director y productor (Fuqua y King), tuvieron que decidir el camino a tomar, y en el arriba mencionado rumbo escogido, el de la puesta en escena de una muy ambiciosa comedia musical, se apoyaron en un gran equipo de producción, en beneficio de ese suntuoso gran espectáculo.

Comparado con Bohemian Rhapsody, que con sus defectos al menos exploró la ambigüedad de Freddie Mercury, Michael se contenta con ser un highlight reel emocionalmente más bien estéril. El final de la película: una imagen del Bad World Tour en Wembley, con la frase “Su historia continúa”, resulta siendo casi una broma cruel. Porque lo que no se cuenta, lo que se calla con un contrato legal, es parte también esencial de lo que verdaderamente define al este artista de carne hueso: su legado está tejido con hilos de gloria y sombras, y reducirlo a un best of es como embalsamar un mito, sin permitirle la putrefacción de todo ser vivo. ¡Michael es un tributo al gran espectáculo, de eso qué duda cabe, pero una traición a la verdad! Y mientras los pies del público sigan moviéndose al ritmo de “Billie Jean”, de “Thriller”, quizá nos olvidemos de preguntar qué precio se tuvo que pagar por esa perfección.