Audaz y rebelde, adujo que Dios le había ordenado dar rienda suelta a su creatividad.
Si el adjetivo “polifacética” pudiera endosarse a alguna mujer de la historia, esa sería Hildergarda de Bingen (1098 – 1179), filósofa, música, médica, botánica, mística, teóloga y científica que, como señalan sus biógrafos, “fue renacentista antes del Renacimiento”.
Lo fue, por añadidura, en una época en que a las mujeres se les prohibía figurar en la vida cultural: “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción”, escribió San Pablo a Timoteo, “porque (Dios) no permitió a la mujer enseñar ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio”. Y, luego, a los corintios: “Vuestras mujeres callen en las congregaciones pues no les es permitido hablar”. Pero Hidelgarda era inteligente y rebelde en extremo. No podía conformarse con aquellas disposiciones, así las hubiera impuesto el mismo Dios.
Hija menor de diez hermanos en una próspera familia de Renania, a los 8 años fue entregada a un monasterio benedictino, de acuerdo con la promesa que habían hechos sus padres a la Iglesia Católica. A los catorce, se enclaustró en un convento y, a los treinta y ocho, fue elegida abadesa.
Quería opinar, pintar, componer música, explorar el mundo, hablar, escribir… pero ¿cómo hacerlo en un mundo donde todo esto estaba vedado a las mujeres? Entonces, halló la forma de desafiar a Dios: él mismo le hablaría y le ordenaría que hiciera cuanto ella quería hacer. Los neurólogos contemporáneos, como Oliver Sacks, consideran que el origen de estas visiones fueron las “migrañas con aura” (scintillantig scotoma), pero ella proclamó a los cuatro vientos que era la voz de Dios.
Luego, buscó a un aliado: al temible Bernardo de Claraval – San Bernardo –, que ponía y quitaba papas. Siempre segura de sí misma, siempre audaz, hizo saber que visiones las tenía desde los 5 años y, ya con el aval de San Bernardo, el Papa Eugenio III la autorizó a dar a conocer sus experiencias, a predicar por las ciudades de habla alemana y hasta a fundar un convento cerca de la ciudad de Bingen, donde ella sería la única autoridad.
Plasmó lo que veía y escuchaba en manuscritos, como Conoce los caminos (Scivias), El libro de los méritos de la vida y el Libro de las obras divinas. También describió e ilustró sus experiencias místicas; unas, de carácter apocalíptico; otras, admonitorio, para que los fieles no se desviaran del buen camino.
Desde su convento, dirigió airadas cartas a clérigos, a políticos y hasta al emperador Federico Barbarroja, para exigirle que dejara de apoyar a los papas que no habían sido designados por el procedimiento eclesiástico: “Su arrogancia amenaza el orden divino”, advirtió. Lejos de irritarse o tomar represalias, al emperador le pareció que aquella mujer merecía su atención y mantuvo correspondencia con ella.
Hildegarda también compiló un estudio de botánica donde clasificó árboles y plantas. La Physica fue el primer tratado de historia natural escrito en Alemania. En Causas et curae, exploró remedios naturales que hoy siguen utilizándose y describió los orgasmos femeninos: “las mujeres también sienten placer”, concluyó.
Asimismo, compuso canciones que fueron precedentes de la ópera. El drama alegórico Ordo virtutum es el más famoso. Pero su Symphonia armonie celestium revelationum y su colección de cantos litúrgicos, donde hay antífonas, responsorios e himnos con música, no desmerecen frente al drama. Sus composiciones poseen un lirismo deslumbrante. No hay ningún compositor de la Edad Media que las iguale.
Auxiliada por Volmar, fraile que hacía las veces de secretario, y por la monja Ricardis, integró el glosario Lingua ignota, escribió sobre fundadores de conventos y lanzó profecías, que le ganaron el mote de “la Sibilia del Rin”.
Hasta los últimos días de su vida mantuvo sus bríos. Ya rebasados los ochenta años, autorizó que se enterrara a un hombre en el cementerio del monasterio que ella acaudillada. Como el muerto había sido excomulgado, las autoridades de la arquidiócesis de Maguncia le ordenaron exhumar el cadáver, lo cual no hizo. Más aún: ocultó las señales que pudieran delatar el sitio en que se había inhumado.
La excomunión ya se había levantado, adujó, y el hombre había recibido la comunión. En respuesta, los sacerdotes prohibieron que se celebraran misas y se cantara en su monasterio. Esto enfureció a la anciana abadesa, que envió cartas por doquier y recabó pruebas sobre la postura que sostenía. El arzobispo de Maguncia no tuvo más remedio que suspender el castigo.
En la biografía que escribió sobre ella, Régine Pernoud desglosó sus visiones e hizo una entrañable presentación de esta mujer, cuyas reliquias ya eran veneradas en el siglo XV. Más tarde, no sólo fue canonizada sino designada “doctora” de la Iglesia Católica. En cualquier caso, es un modelo para aquellas mujeres y varones que se apertrechan en Dios, la patria o la familia para reprimir su vocación.
