El francés Gaston Leroux (6 de mayo de 1868-15 de abril de 1927), autor de El fantasma de la ópera, escribió una serie de novelas protagonizadas por el reportero Joseph Rouletabille. En El castillo negro hay amor y aventura en el marco de guerra de los Balcanes de 1912. Transcribo las primeras líneas (Salvat, 2022).
¡Amor!, ¡amor!
–Mire… ¡Aún se ve la cicatriz!
Rouletabille se inclinó sobre el desnudo cuello que se doblaba con gracia y al borde del casto descote, junto al hombro ambarino de Ivana, distinguió la muy precisa línea blanca que había dejado la puñalada. El joven, confuso y ruborizado, hizo un gesto con la cabeza. Había visto bastante.
Y con emoción murmuró:
–¡Qué salvajes!
–¡Chss! En Bulgaria –observó ella con una sonrisa que descubría sus dientes de lobezna– todos somos aún algo salvajes, pero nos hace poca gracia que nos lo digan.
–¡Sí; saben ustedes disimular! –replicó el reportero señalando con un gesto rápido del dedo a las muy correctas personas que evolucionaban por el salón del general Vilitchkov, sentábanse a una mesa de bridge o hablaban en los rincones.
La mayoría de los hombres llevaban guerrera blanca, cortada de través por la bandolera que sostenía la espada, y pantalón oscuro; otros oficiales iban metidos en largas levitas de paño gris. Algunos llevaban en la mano la gorra de plato, recubierta de una especie de torta blanca. De negro vestían dos ministros. Y dos muchachas, elegantes en el vestir, charlaban entre sí de las últimas modas parisienses.
–Y están ustedes en víspera de partir a la guerra contra los turcos, ¿eh? –dijo Rouletabille precisando su idea.
–Aún no sabemos nada, querido.
–¿Por qué me engaña? le dijo él mirándola fijamente a los ojos magníficos, cuya negra llama se apartó de los suyos. En Bulgaria se sabe mentir bien; pero ¿acaso no es propio de mi oficio saber que se trata de la guerra?
Riendo, dijo ella:
–¡Vanidoso!
–¡Ivana! Le ruego que me tome en serio una vez, solo una vez… Y escúcheme, escúcheme con atención… Yo no tenía que venir aquí. Mi periódico casi había decidido enviar para la información a una especie de estado mayor; sí, generales retirados y perfectamente inútiles. Pero he hecho todo lo posible para que se quedaran con sus reumas y asumir yo la responsabilidad de la campaña. ¿Por qué? Porque una mañana, en París, cuando a la hora del desayuno me presenté en la sala de guardia del hospital de la Pitié y me asombré de la ausencia de Ivana Vilitchkov, me contestaron que la joven estudiante de medicina por la que yo me interesaba tanto acababa de salir para Sofía. ¡Y yo la seguiré hasta el fin del mundo, Ivana!
–¡Tan joven y ya tan loco!
–¿Tan joven?
–¡Claro! Parece que tenga dieciocho años… ¡Tendrá que dejarse bigote!
–¡No quiere crecer! –confesó el reportero con desesperación. Así es que tendré el aire del muchacho de El misterio del cuarto amarillo… usted me llamará esas cosas!
–¡Oh! ¿Sabe cómo se dice “loco” en turco? ¡Mahboul! Y usted, estimado abuelito, es eso, como lo demuestra el hecho de haber venido aquí con la esperanza de que Ivana Vilitchkov, sobrina del general Vilitchkov, le dé informaciones que sus colegas no tendrán. ¡Vaya con el señor reportero!
[…]Y Rouletabille precisó más las condiciones en que había emprendido aquel viaje, en el cual había de empezar la serie de reportajes sensacionales y de aventuras formidables iniciada con la guerra de los Balcanes y que tenía que continuar en todos los campos de batalla de la gran conflagración mundial que se preparaba entonces entre los bastidores austroalemanes.
Si había ido a Sofía, era, sobre todo, porque amaba a Ivana.
