Hacia finales del siglo XX, Samuel Huntington publicó su libro La tercera ola, que se refiere a un crecimiento, en varias oleadas ciertamente, del ascenso de la democracia en el planeta.
El libro podía leerse en tonos celebrativos, porque nos describía las evoluciones desde los gobiernos dictatoriales o simplemente autoritarios, hacia arreglos políticos con cada vez más ingredientes democráticos. En algunos casos, hubo caídas bruscas motivadas por movimientos sociales o de plano porque los propios gobiernos no democráticos consideraron que la situación era insostenible y deberían cambiarse las reglas de juego vigentes.
En otros casos, se llegó a suponer que había algún ingrediente de naturaleza divina, como en España, en donde la muerte de “El Caudillo”, Francisco Franco, pareció una bendición que no por esperada dejó de serlo. Como todo milagro, fue muy celebrado.
Bien, en realidad la transición en España no fue la aplicación tersa de los acuerdos de la Moncloa y hubo necesidad de hacer frente a otros inconvenientes. Los militares, sobre todo los franquistas, que eran la mayoría, no aceptaban la transición a la democracia y el caso de Tejero no fue una ocurrencia de un trasnochado.
En realidad, Tejero estaba ligado a mandos militares de alto nivel y sus disparos no fueron de salva. De todas maneras, se instauró una monarquía constitucional y ese fue uno de los pasos principales de La tercera ola.
En la última parte del siglo XX habían colapsado varias dictaduras: la de los Somoza, la de Pinochet y varios más. Además, había caído el Muro de Berlín. El clima era muy celebrativo para quienes creen en la democracia.
Incluso, algún pensador italiano afirmó que la democracia es un esquema de gobierno concebido como el mejor por la divinidad. Es un mandato de Dios y, por eso mismo, las celebraciones estaban más que justificadas. Todo iba bien.
Pero nunca faltan los prietitos en el arroz y ojalá fueran pocos los motivos de desencanto sobre la democracia. En primer lugar, la democracia no cubría las expectativas que había creado.
Alguien por ahí dio por supuesto que la democracia traería la felicidad completa; que habría una total equidad en todas las naciones democráticas. Se pensó que la democracia era, en lo más importante, la equidad social y, por supuesto, la entrada a una especie de edén en la mismísima tierra.
Se creyó -así como principio de fe- que los males se acabarían: la democracia era la trompeta que derribaría las murallas que cercaban al mal para hacerlo permanecer. Se creyó también -y no fue así- que el sistema democrático traería la paz y el buen comportamiento entre los seres humanos.
Hay más: la democracia no solamente no cumplió con las maravillas que se esperaban, sino que trajo algunos males mayores. No es poco, por supuesto, que lleguen al poder gobernantes que, para decir lo menos, son impresentables.
Sin embargo, hay algo más preocupante, porque se le atribuye a la democracia la culpa por la violencia y el incremento en los delitos como el narcotráfico y sus acciones laterales.
Hay un libro que así lo dice y que por eso mismo es preocupante. Se trata del trabajo de Guillermo Trejo y Sandra Ley. La tesis central es que la democracia hizo surgir nuevas fuerzas y que éstas están fuera de control. Se refiere incluso a México y es de esperar que surjan pensadores que lo desmientan…urge. El libro se llama Votos, drogas y violencia, publicado por la editorial Debate.
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