En estos días he sentido una necesidad especial de volver a México para revivir su belleza histórica, ver ajolotes en Xochimilco, volver a visitar sus pirámides, tomar tequila, sentir la adrenalina del tráfico de la ciudad, la mejor comida del mundo —eso sí, con poquito chile para mí, por favor— y, especialmente, para abrazar a mis amigos y amigas de este pueblo cálido y maravilloso que me ha recibido en un ambiente del más alto nivel académico y me ha dado oportunidades inmerecidas de compartir en los círculos intelectuales que brillan por todo lo alto en las universidades en las que me han invitado.

No puedo decir más que estoy agradecido con esta tierra linda llena de gente buena que realmente me ha recibido con los brazos abiertos y me ha dicho que estoy en mi casa.

Sin embargo, escuchar algo así puede ser maravilloso, pero también, a la vez, muy doloroso, como ocurrió cuando la Junta Fundadora de la Segunda República traicionó el Pacto de la Embajada de México, que ponía fin a la Guerra Civil de 1948 y que permitió el ingreso triunfante de las tropas rebeldes sin ser repelidas o atacadas por el gobierno. Luego se dio la transición del poder, pero ya una vez establecidas las nuevas autoridades y con la autoridad  en sus manos, empezaron a perseguir a sus adversarios políticos, a despedir a los trabajadores que no los habían apoyado y a muchos se les despojó de sus propiedades; incluso hubo crímenes como el del Codo del Diablo, que fue realmente cobarde y cruel.

Esto generó la visita de opositores a la Junta de Gobierno a la Embajada de México, y aquí fueron recibidos con una frase que yo he escuchado con agradecimiento, pero que para ellos fue de gran preocupación por la forma en que se dijo en esa ocasión:

“Está usted en su casa y en su país; México lo recibe con los brazos abiertos”. Estas fueron las palabras del señor embajador de la República de México para esa época, don Carlos Darío Ojeda Rubira; se escucharon una tarde del catorce de mayo de mil novecientos cuarenta y nueve. Confundidos, los costarricenses que habían acudido a esa sede diplomática le explicaron al señor embajador que no pretendían pedir asilo político, a lo que el alto representante diplomático les respondió que no era que ellos lo pidieran, sino que fue la propia Junta de Gobierno la que le pidió a las autoridades mexicanas que les diera asilo político o, de lo contrario, los matarían; como gesto humanitario y característico de la política de asilo mexicana, se les concedió la protección que correspondía.

Dentro de las personas que fueron protegidas en la embajada se encontraba una mujer adelantada para su época, graduada en la Sorbona, en Francia; estudiosa en Italia de las teorías académicas y educativas de María Montessori, las que luego desarrolló en Costa Rica siendo la precursora de la educación preescolar gratuita para niños y niñas en el país. Luchadora en contra de la dictadura de los hermanos Tinoco, se enfrentó a la caballería en 1919 y fue dejada inconsciente de un fuerte golpe recibido en su cabeza por parte de las autoridades represivas, en medio de serias manifestaciones que llevaron a incendiar y desaparecer el diario oficial de la dictadura y, posteriormente, a la caída del régimen dictatorial. Además de sus logros políticos y como maestra, fue muy productiva en su aporte literario; escribió novela, cuento y, hasta el día de hoy, una de sus obras más hermosas para los niños (y los que ya dejamos de serlo pero crecimos con sus personajes): Los cuentos de mi tía Panchita .

“¡La querida viejita que no sabía de Lógicas y Éticas, pero que tenía el don de hacer reír y soñar a los niños!”, como la definía la propia autora y que en un hermoso párrafo inicial nos hacía imaginárnosla dada su precisa descripción:

“Mi tía Panchita era una mujer bajita, menuda, que peinaba sus cabellos canosos en dos trenzas, con una frente grande y unos ojos pequeñines y risueños. Iba siempre de luto, y entre la casa protegía su falda negra con delantales muy blancos. En sus orejas, engarzados en unos pendientes de oro, se agitaban dos de mis dentecuelos de leche. Quizá por esto soñé una vez que yo era chirrisca como un frijol y que estaba suspendida de un columpio de oro asegurado en una de las orejas de la tía Panchita. Yo me columpiaba y hacía cosquillas con los pies en su marchita cara, lo cual la ponía a reír a carcajadas. Ella solía decir que los tenía allí prisioneros, en castigo de los mordiscos que hincaron en su carne cuando estaban firmes en las encías de su dueña, quien solía tener tremendas indiadas”.

Estoy hablando de una mujer que luchó por el voto femenino en medio de una sociedad patriarcal y machista que no aceptaba que en la elección electoral se tomara en cuenta a la mujer, y esto por un criterio únicamente discriminatorio por razones de género, sin mayor sustento ni justificación. Qué ironía que mujeres como ella no vieron que hoy, que estoy escribiendo esta columna, asume el cargo de presidenta de la República por segunda vez una mujer, algo impensable en esa época.

Esta mujer se llamó María Isabel Carvajal, quien escribió y fue más conocida como Carmen Lyra. Su viaje a México fue precedido de disparos al avión en el que volaba y que estuvieron a muy poco de impactar al propio capitán de la aeronave; fueron muchos los balazos ingratos que, en lugar de aplausos, llovieron sobre la aeronave, que luego aterrizó de emergencia en Panamá por los impactos recibidos. Así se trató a una de las mujeres que ha parido esta patria y que fue acogida y recibida con mucho cariño, pero que en fase terminal sufrió una enfermedad grave. Su última voluntad era morir en Costa Rica y, a paso de muerte, pidió en repetidas ocasiones a la Junta de Gobierno que la dejaran ingresar de nuevo a su casita en este país que tanto le debe; pero no fue aceptada su petición y su vida acabó en México, aunque sus restos luego fueron repatriados.

Replico las palabras del periodista Adolfo Herrera García: “La vida de Carmen Lyra se apagó con el fusilamiento espiritual más cruel que recuerda la historia de Costa Rica. Se le echó de su patria bajo ráfagas de ametralladora y, finalmente, se le tuvo de pie ante el paredón del destierro dos años, para terminar, al cabo, por fusilarla de a poquitos”.

San José, Costa Rica

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