Eventos amenazantes en diversas latitudes y la desilusión en la habilidad de la ONU para cumplir con sus funciones, son síntomas de una mutación del patrón de convivencia global derivada de la compleja cohabitación entre hegemonías tradicionales y emergentes. En estas condiciones, se merman el diseño y operación del sistema multilateral surgido después de la Segunda Guerra Mundial. Ciertamente, tras el efímero encanto de los años mozos de la posguerra fría, las tensiones actuales encienden focos de alerta por su potencial para derivar en conflictos de mayor jerarquía. Aunque funcionó el modelo de paz por equilibrio que guió el periodo de la bipolaridad, su erosión ha ido de la mano de la carrera armamentista, de la inobservancia de las superpotencias a las denominadas zonas de influencia, y de una interdependencia malsana que acentua las injusticias de la división internacional del trabajo. Por ello, la estabilidad del mundo es ficticia y las únicas certezas son la inseguridad, el recelo y la sospecha. En un entramado donde el hegemón dominante (Estados Unidos) impone condiciones por su enorme poderío, otros actores importantes pero con menor influencia (e.g.Unión Europea, Reino Unido, China, Rusia) se afanan para preservar el antiguo equilibrio de poder y atender sus intereses. En un contexto fangoso y de marcada asimetría, la tragedia que se perfila tiene entonces, como Jano, dos caras. Una es Washington, que otea el futuro desde su particular cosmovisión. Otra es la que ofrecen la mayoría de las naciones, que buscan evitar su subordinación y convivir a partir de valores comunes.
Lo que se está gestándo aún es amorfo, pero deja ver ángulos de gran complejidad, que socavan la confianza en la diplomacia y contribuyen al debilitamiento del Derecho Internacional y de la comunidad mundial. A la par de los criterios transaccionales de la política de hoy, se consolida una peligrosa cleptocracia transnacional, que solo desea ganancias y no conoce lealtades ni aliados. Esta viciosa tendencia corrompe las entrañas de la arquitectura multilateral que tanto trabajo ha costado edificar y desactiva los mecanismos que, no exentos de insuficiencias, han facilitado la gobernanza al igual que la paz y la seguridad globales. Según Amnistía Internacional, el anuncio de enero pasado del retiro de Estados Unidos de más de 60 organizaciones e instrumentos jurídicos, es un serio revés a las iniciativas que se emprenden para estimular la cooperación y encaminar la convivencia humana por la senda de un orden mundial basado en reglas. Así, ante la ausencia de liderazgos creíbles que promuevan la solidaridad universal, los fantasmas del desencuentro y del conflicto siembran dudas en la habilidad de los países para desterrar tendencias destructivas, que apuntan a ser catastróficas. Hacia el futuro inmediato, urge un golpe de timón que modifique estos temerarios patrones. Con ello en mente, académicos y formuladores de política exterior están llamados a identificar la fórmula que posibilite a Naciones Unidas honrar sus objetivos fundacionales desde la plataforma operativa de un nuevo equilibrio de poder, que recoja la realidad del mundo actual. Ese y no otro, debe ser el punto de partida para cualquier propuesta de reforma del multilateralismo que aspire a ser genuina. De hacerlo así, se verán los hechos y se escuchará la voz (viderut et audierut) de un meritorio sistema liberal que, cansado, aún sostiene la paz y apuesta por la diplomacia como herramienta que la procura y fortalece.
El autor es Doctor en Ciencias Políticas e internacionalista.
