El salto comunicacional del mundo

El cambio de paradigma del modelo de comunicación experimentado en el mundo moderno durante los últimos cincuenta años ha sido una de las transformaciones civilizatorias más profundas de la historia contemporánea. Esta mudanza implicó el tránsito de un modelo industrial, vertical, masivo, analógico y centralizado de comunicación de masas, hacia un modelo digital, interactivo, algorítmico, globalizado, descentralizado y segmentado, basado en redes de datos y plataformas tecnológicas inteligentes.

Tal viraje no solo modificó las tecnologías de transmisión de mensajes a la sociedad, sino que alteró profundamente la organización del poder, la economía, la política, la cultura, la percepción de la realidad, la construcción de identidades, el psiquismo, las emociones la vida cotidiana de las comunidades y la propia estructura civilizatoria coetánea. Por ello, el paso de la sociedad industrial a la sociedad de la información constituyó una mutación histórica equiparable a la Revolución Industrial, al surgimiento de la imprenta o incluso al nacimiento de la escritura.

 

La transformación del modelo de comunicación nacional

Derivado de la vertiginosa dinámica de mudanza global el principal cambio en el  paradigma de comunicación que se experimentó en México, consistió en la transición de un esquema de regulación autónoma y relativamente plural hacia un modelo de comunicación más centralizado, digitalizado y articulado alrededor del Poder Ejecutivo y de las plataformas tecnológicas como nuevos ejes estratégicos de la gobernabilidad nacional. Se transitó de un sistema liberal-autónomo-mediático, basado en el pluralismo regulatorio y el concierto de medios tradicionales, para oscilar hacia un nuevo modelo centralizado-digital-estatal, orientado hacia la conectividad social, la gobernanza tecnológica, la administración integral del ecosistema comunicacional y la digitalización de la vida posmoderna del país.

Dicho viraje estructural no fue únicamente técnico o administrativo, sino profundamente político, cultural y civilizatorio, pues modificó la relación histórica entre el Estado, los medios, la ciudadanía, las telecomunicaciones y el espacio público mediático y digital.

La gran discusión histórica que abrió este profundo cambio consistió en determinar si dicho viraje fortaleció la democratización tecnológica, la soberanía digital y la inclusión social; o si derivó en mayor concentración de poder, el debilitamiento de contrapesos ciudadanos, la reducción del pluralismo y la expansión de mecanismos de control político-comunicacional, especialmente, sobre el espacio público digital.

 

Medio siglo de vida académica

Dentro de este contexto de revolución comunicativa universal, el 27 de junio del año 2026 el Consejo Nacional Para la Enseñanza e Investigación de la Comunicación (CONEICC) cumplió medio siglo de existencia en México, como una institución académica dedicada a fomentar la investigación, la enseñanza y la extensión de las ciencias de la comunicación hacia el alivio de los problemas sociales, técnicos y educativos que plantea la realidad nacional, mediante el aprovechamiento racional e integral de los recursos humanos, metodológicos y materiales disponibles en lo que a esta disciplina respecta.

 

¿Qué significa conmemorar 50 años?

Celebrar medio siglo de existencia de una institución de comunicación en México conlleva una relevancia histórica, cultural, académica y política de gran relevancia, pues encarna la consolidación de una trayectoria estructural capaz de trascender coyunturas sexenales, cambios tecnológicos, cambios ideológicos y mutaciones del sistema político nacional. No se trata únicamente de certificar la permanencia cronológica de una organización, sino de la demostración de su capacidad histórica para sobrevivir, adaptarse e influir en la construcción de la vida pública y de la cultura comunicacional del país.

En términos históricos, cincuenta años permiten evaluar integralmente la evolución de una entidad a través de diversas etapas del desarrollo nacional, entre las cuales figuraron  el modelo autoritario priista, la apertura democrática, la globalización mediática, la transición digital, la expansión de internet, las plataformas virtuales y la actual reorganización del ecosistema comunicacional.

Desde la perspectiva académica, permite valorar la acumulación de capital intelectual, la formación de generaciones de profesionales, investigadores y periodistas, así como la creación de escuelas de pensamiento, paradigmas analíticos, líneas de investigación y aportaciones teóricas propias. Ello significa reconocer la participación de esta institución en la afirmación de la comunicación como disciplina científica y la evolución del campo profesional como un espacio autónomo. Muchas entidades universitarias nacieron cuando la comunicación todavía era vista solamente como técnica periodística o instrumento propagandístico, por lo que llegar a cumplir medio centenio de vida involucra haber contribuido a convertirla en objeto estratégico de reflexión social, política, cultural e histórica.

En el plano social y democrático, puede ser evaluada por su contribución al fortalecimiento de la libertad de expresión, la pluralidad informativa, la democratización de los medios, la formación de ciudadanía crítica y la edificación de espacios públicos deliberativos. Retomar dicha trayectoria permite observar si la institución actuó solamente como aparato reproductor del poder o si colaboró en la creación de contrapesos democráticos y pensamiento crítico.

Visto desde el ángulo simbólico, entraña ingresar al patrimonio histórico de la nación, pues muy pocas instituciones lograron sobrevivir y mantenerse activas durante tantos cambios estructurales profundos, conservando legitimidad, reconocimiento y capacidad de incidencia en nuestra República.

La permanencia de una entidad de esta naturaleza durante este largo ciclo, como son sociedades con alta fragilidad institucional en México y América Latina, representa estabilidad, memoria colectiva, continuidad cultural y avance del pensamiento crítico, esto es participación del patrimonio histórico de la República.

Por ello, reconocer un onomástico comunicativo de cincuenta años no solo invita a conmemorar el pasado, los relatos y las fábulas institucionales, sino sobre todo obliga a realizar balances críticos acerca de sus aportaciones históricas; su capacidad de adaptación tecnológica, su relación con el Estado, el mercado y la sociedad civil; su papel frente a fenómenos contemporáneos como la inteligencia artificial, las plataformas digitales, la desinformación, la concentración mediática, la irradiación de la posverdad, la crisis de credibilidad pública; los  errores y limitaciones; y los desafíos pendientes.

De este modo, el cincuentenario de una institución académica de comunicación no constituye únicamente una ceremonia protocolaria, sino representa un momento estratégico de autorreflexión histórica, de evaluación estructural y de redefinición de su misión futura dentro del desarrollo democrático y cultural de México.

 

La tendencia dominante de la celebración

En la fase de la “sociedad del espectáculo” en la que nos encontramos como especie humana, la práctica prevaleciente de festejo de los diversos ciclos de existencia de una entidad, se inclina por privilegiar la realización de “eventos espectaculares”, incluso frívolos, que no le aportan justicia a la riqueza del organismo, pues en el fondo no modifican nada de su misión, y por contraparte, si refuerzan las trayectorias arraigadas, sin ninguna evaluación autocrítica. De ese modo, se adopta como comportamiento colectivo la herencia ideológica predominante que sustituye la reflexión histórica crítica por la celebración hollywoodense del momento.

La conmemoración superficial del cincuentenario de una institución académica de comunicación en este marco socio histórico, reflejaría la presencia de una profunda crisis cultural, epistemológica e institucional del propio campo comunicacional mexicano. En lugar de convertir el aniversario en un acontecimiento excepcional para revisar rigurosamente cinco décadas de producción intelectual, construcción teórica, aportaciones científicas, omisiones reflexivas y desafíos futuros; se corre el riesgo de convertir tal evento en un simple ritual simbólico de auto celebración emocional, vacío de densidad analítica y de capacidad autocrítica. Se fomentaría pasar de una reflexión histórico-social de suma trascendencia, a un evento de “carácter socialité”.

En este sentido, la pérdida de profundidad reflexiva expresaría el debilitamiento de la función cardinal de las instituciones académicas como espacios generadores de pensamiento renovador, diagnóstico social y construcción de horizontes civilizatorios alternativos. Paradójicamente, una comunidad especializada en estudiar la comunicación, la cultura, los medios, los procesos simbólicos y la construcción social de la realidad, terminaría reproduciendo exactamente la lógica espectacular, sentimentaloide, glamorosa y superficial que durante décadas múltiples investigadores la han cuestionado en el funcionamiento de la industria mediática contemporánea.

La sustitución del análisis estructural por mero el “festín fastuoso” evidenciaría que el campo de la comunicación podría haber transitado gradualmente desde una vocación intelectual transformadora hacia una dinámica de sobrevivencia burocrática, reproducción institucional y legitimación simbólica interna. Bajo dicha lógica, un aniversario dejaría de ser un momento de balance científico colectivo para convertirse únicamente en una escenificación ritual de cohesión grupal, nostalgia generacional y reconocimiento interpersonal, donde predominarían los homenajes, las imágenes románticas, las felicitaciones, los encuentros  afectivos, etcétera, pero no necesariamente el examen riguroso del papel que desempeñó el campo comunicacional en la transformación de la sociedad mexicana.

En términos más claros la adopción de este hábito social podría reflejar una pérdida de espesor intelectual del propio pensamiento comunicacional en México. Es decir, la disminución de su capacidad para producir interpretaciones estructurales profundas sobre los grandes cambios civilizatorios contemporáneos como son la expansión del capitalismo digital; la concentración planetaria de plataformas tecnológicas; la fulminante inserción de la inteligencia artificial;  la crisis de la democracia liberal;  la manipulación algorítmica;  la desinformación masiva;  la vigilancia digital;  la fragmentación del espacio público;  la erosión de la verdad factual; y la creciente mercantilización de la vida cotidiana mediante datos y plataformas.

En otras palabras, el conflicto no consistiría solamente en realizar un acto fútil, sino en evidenciar que el propio campo académico podría haber perdido parcialmente la conciencia de su misión histórica esencial frente a los nuevos centros de poder comunicacional global. Mientras el mundo vive una de las transformaciones más radicales de la historia de la comunicación humana —comparable incluso con la invención de la imprenta o la Revolución Industrial—, el riesgo sería que las instituciones comunicacionales mexicanas permanezcan atrapadas en dinámicas conmemorativas, acomodaticias, autorreferenciales o de festividades light, incapaces de formular respuestas teóricas, metodológicas y políticas frente a la nueva reorganización del poder informacional a escala planetaria.

Sin este balance cuestionador, el aniversario correría el riesgo de convertirse en una forma sofisticada de simulación institucional, donde se agasaja la permanencia administrativa de la asociación, pero no necesariamente su vigencia intelectual, su capacidad innovadora o su relevancia social contemporánea. La incapacidad orgánica para convertir medio centenio de existencia en una fuerza de redefinición estratégica revelaría la insuficiente visión prospectiva sobre el futuro de la comunicación en México.

El reconocimiento de un verdadero cincuentenario histórico debería actuar como un gran laboratorio nacional de pensamiento colectivo orientado a discutir el futuro de la democracia comunicativa; la soberanía tecnológica; la gobernanza de plataformas digitales; la regulación de la inteligencia artificial; los derechos comunicativos emergentes; la reconstrucción del espacio público; la proliferación acelerada de la posverdad; la transformación de los medios públicos; la protección cultural frente a monopolios algorítmicos globales; y la formación de nuevas generaciones de investigadores capaces de interpretar críticamente la nueva ecología comunicacional planetaria.

Por ello, si un aniversario de tal magnitud se reduce únicamente a una experiencia ceremonial y “socialité”, lo que realmente manifestaría sería el arraigo de una peligrosa desconexión entre memoria histórica, capacidad crítica y responsabilidad civilizatoria del propio campo académico de la comunicación. Es decir, expresaría la renuncia inconsciente a ejercer el rol vigilante de la inteligencia crítica frente a una de las mayores transformaciones comunicacionales de la humanidad contemporánea.

Debido a esto, una  auténtica conmemoración de este largo ciclo comunicativo debería constituirse en un gran ejercicio nacional de balance epistemológico, autocrítico y científico de reconstrucción conceptual y de planeación estratégica del futuro de la comunicación en la nación. No solo para celebrar lo alcanzado, sino fundamentalmente para comprender con rigor intelectual qué se hizo, qué se dejó de entender y qué nuevas responsabilidades orgánicas deberá asumir el pensamiento comunicacional frente al convulsionado siglo XXI.

 

Evitar el “festejo cutáneo”

En este entorno es fundamental que el CONEICC evite adoptar la propensión cultural dominante de festejar su existencia en la etapa de la modernidad mexicana  reduciendo su remembranza a la simple organización epidérmica de cenas de gala, entrevistas memorables, reconocimientos a personalidades del gremio, presentación de fotografías nostálgicas, entrevistas memorables, felicitaciones coloquiales sentimentales, convivencias “rompe hielos”, realización de brindis coloquiales, sembrar de “Cajas del Tiempo”, convivencias “rompe hielos”, toma de “selfis amistosas”, recuento público de anécdotas, rituales simbólicos triviales, etcétera; pues esto reflejaría el enraizamiento de una profunda crisis de autoconciencia histórica, institucional y epistemológica del propio campo académico de la comunicación en México.

Todas estas “actividades románticas” se pueden realizar si paralelamente se evita el “festejo epidérmico” que implica únicamente quedarse en el nivel hollywoodense de la fiesta si se retoma el compromiso del análisis crítico de su evolución institucional. Todas estas “actividades románticas” se pueden realizar responsablemente si paralelamente se evita el “festejo epidérmico” que implica únicamente quedarse en el nivel hollywoodense de la fiesta si se retoma el compromiso del análisis crítico de su evolución institucional. De lo contrario, el CONEICC quedaría reducido a comunidad afectiva y no a un proyecto intelectual. El festejo terminaría representando únicamente la primacía de una red de amistades, círculo de vínculos emocionales, reconocimientos interpersonales, y nostalgia generacional; pero no necesariamente una comunidad científica organizada con capacidad de producir pensamiento estratégico para la República.

 

La responsabilidad evocativa

Sintetizando, si la celebración del 50 aniversario del CONEICC se limitara únicamente a efectuar rituales festivos y protocolarios, revelaría la sustitución de la reflexión histórica crítica por la alimentación de la “remembranza liviana”; la pérdida de densidad intelectual del campo y la incapacidad institucional para convertir medio siglo de existencia en un verdadero “motor neurológico” para realizar un balance epistemológico, autocrítica científica y redefinición estratégica del futuro de la comunicación en México. Un auténtico cincuentenario histórico de la comunicación está obligado a convertirse en una revisión teórica-metodológica profunda; en un diagnóstico frio de la disciplina; en una evaluación de aportaciones y omisiones; en un balance crítico integral; y en la formulación de una nueva agenda estratégica cultural para los próximos 25 o 50 años del proceso de la comunicación en nuestra nación.

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