La inteligencia artificial ocupa y preocupa a la Iglesia Católica. En sentido contrario al criterio dogmático que invocó Roma para condenar al heliocentrismo de Galileo, hoy alerta con pragmatismo a la “casa común” de los riesgos que entraña la ciencia aplicada a la inteligencia artificial. Enhorabuena por ello y porque el arribo al Vaticano de León XIV motiva esperanza en su capacidad para pronunciarse en temas de gran calado. Así lo ha dejado ver su actitud crítica hacia Washington, que echó por tierra la especie de que sería dócil al poder en función de su nacionalidad estadounidense. Arropado por las enseñanzas de la doctrina social de la Iglesia, Robert Prevost ha logrado acreditar su compromiso con el postulado tomista del bien común y con una idea de la interdependencia que estimula la socialización y la defensa de los Derechos Humanos. Con estos antecedentes y pocos días después de haber cumplido su primer año en el trono de Pedro, León XIV dio a conocer su encíclica Magnifica Humanitas, en la que aborda la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. De esta forma, tiende un puente lleno de significado entre el nombre que adoptó como pontífice y el de su antecesor, León XIII, quien en 1891 publicó su carta Rerum Novarum para orientar sobre las “cosas nuevas” que el industrialismo y el marxismo entonces traían aparejadas. Como en esa época finisecular, hoy la novedad es la inteligencia artificial (IA), la cual genera expectativas para la ciencia y, también, dudas por su capacidad para reproducir prejuicios humanos aprendidos a través de algoritmos en ámbitos sensibles como el manejo de datos personales, identificación de personas, propiedad intelectual y, en general, la manipulación de las masas y el ejercicio del poder. Asimismo, la IA incita temores por su impacto negativo en el medio ambiente, ya que para elaborar sus cálculos abstractos requiere ingentes cantidades de energía y agua.
En Magnifica Humanitas León XIV llama a la utiIización responsable y transparente de la IA. El Papa no la descalifica como herramienta al servicio de la gente, pero estima que debe ser controlada para evitar que la humanidad sea víctima de sus propias conquistas y que el poder se concentre en el mundo digital y en los intereses que lo controlan. Si se hace memoria, la llegada de la misión Apollo 11 a la Luna propició el reconocimiento de la Curia al desarrollo científico que deriva del uso del don de la razón dado por Dios al hombre. No obstante, en el caso de la IA, esa misma Curia expresa reservas porque estima que arriesga ese don de la razón y, por ende, la dignidad de las personas, el jusnaturalismo y la teoría del conocimiento. Para atender este espinoso tema, el Papa lo encuadra en una óptica que procura que la inteligencia humana (sensible) y no la artificial, sea la que innove. El Pontífice sostiene en su citada encíclica que la IA carece de responsabilidad y no es moralmente neutra. Con ese motivo, propone una reflexión ética que, desde la buena fe y con pragmatismo, la limite a ser herramienta de apoyo y no el fiel de la balanza en procesos de toma de decisión y para la buena gobernanza. Es así como el ex obispo de Chiclayo se decanta a favor de proteger a la “casa común” de avances científicos y tecnológicos potencialmente perniciosos. Fiel a su formación agustina, sus reflexiones se encaminan a buscar la materialización de la forma de vida comunitaria postulada por el Santo de Hipona y a su certeza de que, en el camino (común), todas las personas debemos ir a la par (In necesariis unitas).
El autor es Doctor en Ciencias Políticas e internacionalista.
