Autor de cuentos, novelas y ensayos, periodista y editor, Luis Bernardo Pérez (Ciudad de México 1962) ha ganado, entre otros reconocimientos, el Concurso de Cuento Brevísimo, los premios nacionales de cuento “Efrén Hernández” y el “Juan José Arreola”, y el Premio de Novela Juvenil Gran Angular. En su más reciente libro, Del mar (y sus pescaditos), editado por Itaca, despierta al Ismael dentro de cada lector, con una colección de cuentos de islas extraordinarias y brújulas de cristal, cuentos de fantasía inmortal revestidos de aventuras. Transcribo un fragmento del relato “Amarilis y los piratas”.
Dice un viejo proverbio que las ratas son las primeras en abandonar un barco que naufraga. Eso es una mentira. Las ratas son las últimas en dejar los navíos cuando éstos comienzan a irse a pique. Incluso he sabido de algunas que, en un admirable acto de heroísmo, prefirieron quedarse a bordo y compartir la suerte del capitán quien, como se sabe, está obligado por tradición a hundirse junto con la embarcación.
Pero esto no es todo. Durante siglos las ratas han acompañado a los seres humanos en sus largas y peligrosas travesías, sufriendo junto con ellos los rigores de la vida en el mar. Ellas han sobrevivido a ciclones, tempestades y terribles batallas navales. Han atestiguado motines e intrigas, y todas ellas conocen de memoria las canciones que, en las noches estrelladas, cantan los marineros antes de irse a dormir.
Se preguntarán ustedes cómo sé todas estas cosas. La razón es muy sencilla: soy una rata y durante buena parte de mi vida habité en un buque mercante español. Mi nombre es Amarilis. El buque era el Santa Margarita y transportaba mercancía y pasajeros entre España y América. Fue el hogar de mi familia, la cual encontró refugio en sus bodegas y se alimentó, durante varias generaciones, con los productos que allí se almacenaban. Pese a la abundancia de alimentos, nuestra existencia no era sencilla, pues en los barcos el peligro acecha a cada momento. No obstante, nunca nos quejamos; habíamos nacido a bordo y amábamos el mar. El balanceo del buque nos arrulló cuando pequeñas, las luces de los faros fueron para nosotros como velitas de cumpleaños y por nuestras venas corría sangre tan salada como el agua del océano.
Un día, sin embargo, todo eso terminó, y aunque aún no pierdo la esperanza de volver a embarcarme, reconozco que ya no soy tan joven y quizá sea mejor escuchar a quienes me aconsejan quedarme en tierra y llevar una vida más tranquila.
Recuerdo bien los sucesos que pusieron fin a mis días en el mar. Fue una mañana de abril, acabábamos de zarpar de la Villa Rica de la Vera Cruz rumbo a La Habana, donde nos reuniríamos con otros barcos y todos juntos partiríamos hacia Cádiz. La bodega estaba rebosante de los más diversos y exquisitos productos, entre ellos maíz, trigo, caña de azúcar y cacao. También había sedas, porcelana y especias de la China. Todo ello muy apreciado por los españoles.
Por aquel entonces yo había construido una confortable madriguera en los niveles superiores del barco, cerca de los camarotes. Mi hogar estaba conectado con la bodega a través de un túnel que con mucha paciencia fui abriendo en la madera con mis afilados dientes. Todas las noches bajaba por mi túnel hasta la bodega para alimentarme y convivir con mis parientes y amigos.
En aquel viaje, el camarote más cercano a mi madriguera fue ocupado por un español malencarado. Al verlo deduje que, tras hacer fortuna en el Nuevo Mundo, regresaba a Europa convertido en un gran señor […]
