Desde su tan personal como admirable y ya antológica serie de los Arnolfini, caso insólito si tomamos en cuenta que la mayor parte de las obras que componen esta amplia suma de variaciones fueron concebidas por el artista chihuahuense sin entonces todavía haber tenido contacto con el famoso cuadro de Van Eyck que se encuentra en la National Gallery de Londres, el desarrollo estético del notable pintor Benjamín Domínguez (Jiménez, 1942-CDMX, 2016) constituye uno de los ejemplos de evolución y de búsqueda más atractivos dentro del contexto de la plástica mexicana contemporánea.
Creador de saltos inusitados, de malabarismos extremos, este reconocido artista de los claroscuros y las tonalidades, de las texturas y los ropajes, de un colorido que por su exuberancia mucho contrasta con la enceguecedora luminosidad de su desértico Jiménez donde por primera vez vio la luz, Benjamín Domínguez fue capaz de construir un condensado y fantástico microcosmos que de entrada nos seduce por su significativa simbiosis del mundo inasible de los sueños y el terriblemente codificado de la realidad.
Pintor de la ensoñación y de la vigilia, de una permanente transmutación de contenidos e imágenes de estas dos inagotables fuentes de la inspiración, de un cargado mundo de mitos y de símbolos en principio asociados sobre todo a la ritualidad y la transgresión, a la santidad y la condena, al placer y el dolor como constancia del ser y el existir, tanto las atmósferas como los personajes de este sublime poeta del pincel están asociados a una perseverante necesidad de su creador-dios por hacernos partícipes de lo que los clásicos dieron en llamar “el canto de las sirenas”, y que en la inmortal obra de Homero representan una de las pruebas más difíciles para el Odiseo héroe pero sobre todo hombre.
No hay que olvidar que la escritura es imagen, y que a su vez la imagen constituye otra forma de escritura, lo que nuestro humanista y sabio pintor supo muy bien y potenció hasta el infinito, porque es innegable que en su obra plurivalente, multifocal, abierta en su compás a las más de las fronteras, la nutrida carga referencial suele apuntar no sólo hacia otros momentos de la historia de la creación plástica, sino también hacia otros ejemplos estelares de las artes visuales, de la literatura, de la música y de la cultura en general. Hombre culto y creador inquieto, Benjamín Domínguez fue uno de esos artistas capaces de reinventarse todos los días, de replantearse temas y situaciones, de reconstruir atmósferas y personajes, de virar sus sentidos hacia otras múltiples preocupaciones y obsesiones.
Origen y destino, el cuerpo se convierte en la obra de Benjamín Domínguez en objeto de la mirada, en motivo de placer voyerista, o como diría Arturo Rico Bovio en su lúcido ensayo “El cuerpo en la mirada”, en motivo de elogio para quien observa y para quien es observado. Tatuados y tatuadores, victimarios sádicos y torturados masoquistas, reprimidos y represores, todos terminan por asistir gustosos y complacidos al espectáculo en el que son protagonistas, tanto o más que quienes los observan y muy en el fondo de sí quisieran cambiar de rol y no sólo ser intrusos.
Declarado admirador de su obra, no es casualidad que en vida le haya dedicado un poema inspirado en ese visionario y alucinante tríptico del Bosco que se encuentra en el Museo del Prado en Madrid: “El jardín de las delicias”, que por su descomunal fantasía, su fascinante sensualidad y su desgarrador dramatismo me revelan su innegable ascendente con respecto a un pintor de nuestro tiempo de igual modo fascinado por el asombroso poder de la imaginación y su insospechada influencia sobre la realidad, en tanto motivo de ficción y de crítica: “Si el placer es tan frágil como el vidrio/ los amantes se aíslan en su bola de cristal/ a los ojos de una humanidad hambrienta/ donde tejen y destejen su sagrado erotismo/ que plantas antropomorfas y aves de rapiña/ carcomen como presagio del fin del mundo”.
Uno de los artistas más sorprendentes de su generación, la obra plástica de Benjamín Domínguez se decantó en su madurez en un recorrido creativo cuya elaborada poética llevó hasta sus últimas consecuencias el culto al cuerpo, con todo lo que ello implica: numen del placer, destino de dolor, objeto del deseo. No es casual tampoco que un dossier de la revista Solar, en su Nueva Época, se lo hayamos dedicado a este gran maestro del color, con el título precisamente de “Los intersticios del placer”, en alusión a esa citada revolución que hace de este poderoso pintor un claro ejemplo de que el arte de verdad debe implicar una búsqueda incansable de nuevos caminos y posibilidades. Nos conecta entonces con su madura etapa más crítica y reflexiva, mucho más vinculada a esos censurados y por lo mismo clandestinos recovecos de transgresión sensual y erótica, con los llamados “intersticios oscuros del placer”: dolientes, flagelados, sangrantes, moribundos, cuando no personajes entregados a la práctica silente pero exhibicionista de vedados espacios de la concupiscencia.
Esta evolución lo fue moviendo de una antes solo aparente pasividad decorativa hacia una cada vez más evidente postura crítica, de cara a un artista profundamente comprometido con su tiempo y en desacuerdo con las aberraciones de un mundo plagado de toda clase de cínicos excesos y desigualdades (recordemos algunas explícitas alusiones en sus Arnolfini a formas de censura represora durante el 68, por ejemplo). Si antes muchos de sus personajes no tienen rostro y los enmascara, ahora en cambio sí poseen nombre y filiación.
Y si el arte es creación, recreación, la obra sinestésica de este maravilloso pintor-poeta nos hace partícipes de un mundo donde compartimos el gozo de mirar y de ser observados, dentro de una especie de “orgía perpetua” (parafraseo ahora al Vargas Llosa lector de Flaubert) donde nuestros deseos más profundos y escondidos encuentran por fin pasaporte de resonancia y de sobrevivencia. Pero al margen de esa perpetua y sostenida búsqueda de personajes, de asuntos, de propuestas formales, este gran artista chihuahuense acrisoló un estilo que resulta inconfundible por el uso del color y de las formas, por el empleo apologético del cuerpo que en su diestro pincel se convierte en universo de inagotables posibilidades.
