La política monetaria nacional atraviesa uno de los momentos más interesantes de los últimos años. Mientras buena parte de los bancos centrales del mundo han endurecido su política ante el resurgimiento de riesgos inflacionarios por la crisis en Oriente Medio, Banco de México ha seguido una ruta distinta: reducir de manera significativa su tasa de interés de referencia pese a que la inflación subyacente continúa por encima de su objetivo y las expectativas de convergencia hacia el 3% se han desplazado hasta 2027.

La explicación oficial es conocida: una economía debilitada requiere condiciones financieras menos restrictivas. Sin embargo, detrás del ciclo de recortes de tasas emprendido por Banco de México durante los últimos meses existe otro factor que rara vez aparece en los comunicados oficiales, pero que resulta imposible ignorar: el creciente costo de la deuda pública.

Entre 2019 y 2025, el costo financiero de la deuda del sector público aumentó 52.1% en términos reales. Para 2026 se estima que alcanzará 4.1% del PIB, el nivel más elevado en más de dos décadas. En términos nominales, el pago de intereses supera ya 1.5 billones de pesos anuales (superando el gasto aprobado en programas sociales). Al mismo tiempo, el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público se proyecta en 20.4 billones de pesos (el doble de cuando empezó el actual régimen), equivalentes a 54.7% del PIB. Se trata de cifras que han colocado a las finanzas públicas bajo una presión cada vez mayor.

En este contexto, la decidida reducción de la tasa de referencia adquiere una dimensión distinta. Desde inicios de 2025, Banxico ha disminuido la tasa de interés en 450 puntos base, pasando de 11.25% a 6.75%. La decisión llama al debate, porque la inflación subyacente, considerada el mejor indicador de las presiones de precios de mediano plazo, se mantiene alrededor de 4.2%, prácticamente sin cambios relevantes durante los últimos meses.

Ciertamente, el Banco de México no puede justificar sus decisiones con argumentos fiscales. Su mandato constitucional es preservar el poder adquisitivo de la moneda. No obstante, la política monetaria no opera en el vacío. La combinación de bajo crecimiento, elevados pagos de intereses y una deuda pública creciente genera incentivos para favorecer un entorno financiero menos costoso.

La debilidad económica proporciona la justificación más aceptable. El crecimiento del PIB apenas alcanzó 0.5% en 2025 y las expectativas para 2026 continúan por debajo de su potencial histórico (0.9-1.1%). En ese entorno, tasas más bajas pueden aliviar parcialmente el costo del crédito y evitar una desaceleración más profunda.

Esto no significa que Banxico haya abandonado su mandato. Implica, más bien, que enfrenta un entorno extraordinariamente complejo en el que la estabilidad de precios convive con una economía estancada y unas finanzas públicas cada vez más presionadas.

El problema es que una tasa de interés más baja no resuelve las causas estructurales del deterioro fiscal. Puede reducir gradualmente el costo de refinanciamiento de la deuda interna (la de mayor proporción) y ofrecer cierto alivio presupuestario, pero no sustituye la disciplina fiscal ni genera crecimiento por sí misma. Tampoco corrige déficits persistentes ni compensa un aumento sostenido del endeudamiento público.

La verdadera solución pasa por contener el crecimiento de la deuda, reducir de manera permanente su costo financiero y generar condiciones para un crecimiento económico más robusto y sostenido. La consolidación fiscal requiere disciplina presupuestaria, eficiencia del gasto e incentivos a la inversión productiva. Ninguno de esos objetivos puede alcanzarse con recortes a la tasa de referencia.

Por ello, la discusión de fondo no debería centrarse en si Banxico debe volver a recortar 25 puntos base antes de que termine el año. La pregunta relevante es si la política económica en su conjunto está atacando las causas que han llevado a que el costo de la deuda alcance niveles históricamente elevados. Mientras esa respuesta siga pendiente, la política monetaria continuará funcionando como un alivio temporal para un problema cuya solución, en realidad, se encuentra en otro escritorio.

El autor es Presidente de Consultores Internacionales, S.C.®