El sistema mundial está en crisis y la agenda tiende a estancarse. Al perderse la originalidad conceptual entre los enfoques liberal y realista de la política global, ambos transitan por un camino similar, que les permite autoerigirse en defensores de la democracia (su democracia), como vía unívoca para la transformación de las relaciones internacionales. Me explico. Lo mismo en temas que abarcan paz y guerra, que cooperación, combate al cambio climático y Derechos Humanos, entre otros, los denominados progresismos liberales y los conservadurismos realistas, abrazan la causa democrática para revestirse con la legitimidad requerida a fin de avanzar sus posiciones y, de esta manera, mantener o cambiar, siempre a su favor, el status quo. De manera similar y sin distingos políticos o ideológicos, los movimientos y partidos políticos nacionales también invocan la democracia para justificar su existencia y validar sus propuestas. En consecuencia, en las políticas internacional e interna, ese vocablo pierde significado y opera a manera de comodín en todo proceso de reforma. Pero vayamos por partes. En la teoría clásica se postula que la democracia es una forma de organización política del Estado, en la que el pueblo toma decisiones en ejercicio de su soberanía, de manera directa o a través de sus representantes. Suena bien, pero tal definición es ingenua porque omite a los poderes fácticos que manipulan a las masas, controlan o nulifican oposiciones, perfilan a modo la información pública y vulneran los equilibrios institucionales (checks and balances) que existen para proteger a los gobernados de los abusos de las autoridades.

En este escenario de desgaste y reacomodo de cúpulas oligárquicas nacionales y supranacionales, la democracia es una entelequia, un recurso retórico de las organizaciones políticas, de los Estados y de los organismos internacionales para presentarse como garantes de justicia y libertad, siendo que en los hechos operan para imponer la voluntad de los poderosos y sus liderazgos, en detrimento de las otredades que son propias de la pluralidad social. Esta realidad desacredita la idea de que la territorialidad nacional y la supraterritorialidad global coexisten en una relación complementaria y armónica. No es así; cada una, con base en sus intereses, desarrolla bases normativas propias y, con ello, estimula limitaciones y resistencias al diálogo y la tolerancia que, se presume, son esenciales para convivir con arreglo a valores compartidos y al orden jurídico. La paradoja es clara; la democracia que debería apuntalar cualquier proyecto de gobierno nacional es socavada por los propios Estados, que la invocan a modo para aislarse del mundo y edificar sistemas políticos que excluyen, polarizan, no rinden cuentas y representan intereses cupulares. Porque el poder estatal se torna inescrutable, reproduce una falsa narrativa de cambio democrático, que en los hechos favorece al gobierno en turno. En dicha línea, en las relaciones internacionales y en la agenda global, el liberalismo y el realismo pierden significado porque representan a esos mismos Estados y únicamente reflejan los diagnósticos académicos de comunidades epistémicas. En el plano mundial, esa  democracia (perfilada y mañosa) aleja a la humanidad de la paz, porque los organismos multilaterales, al responder al poder, pasan por alto decisiones mayoritarias de pueblos soberanos. (Nemo regere potest, nisi qui et regi).

El autor es doctor en Ciencias Políticas e internacionalista.