A los mexicanos nos fascinan las fiestas. Tal vez debamos buscar algunas razones nuevas en nuestra historia y, esta vez, no solamente para explicarnos las improntas de traumas, sino para encontrar otras líneas de nuestra cultura como Nación. Sencillamente, nos gustan las fiestas y acabamos de tener una.

En realidad, la mezcla de los iberoamericanos con los pueblos prehispánicos salió bastante buena en materia de ánimos y de muchos otros planos. En lo más importante, los mexicanos estamos bien hechos, pese a todo.

Los bailes cristianos del medioevo, con orígenes visigodos en España, pasaron a ser muy festivos en el México colonial y las danzas de juego-guerra de los mesoamericanos evolucionaron hacia los zapateados y otras formas más celebrativas.

Ciertamente, los caminos de la celebración son imprevisibles. Según Octavio Paz, los mexicanos, en su mayoría, tenemos nuestras propias fiestas. Los campesinos y los licenciados mexicanos celebran una suerte de feria personal: el cumpleaños, pero los motivos para el festejo son múltiples y en muchos casos son ampliamente compartidos.

Según nuestras cuentas, en el territorio mexicano hay más de 50 mil espacios habitados con más de 2 mil personas y casi en cada uno de ellos hay, por lo menos, una fiesta anual. Hablamos, por lo pronto, de 40 mil festejos anuales. ¿Son muchos?

Entre junio y julio vivimos una gran fiesta, pues fuimos superiores en el campeonato mundial de futbol, lo vivimos como si fuésemos la sede principal. En realidad, los ánimos mexicanos impresionaron no solamente a los extranjeros, sino incluso a nosotros mismos.

Fue un evento de imaginación, de color y, en lo más importante, de una pluralidad que es un verdadero muro en contra de todas las polarizaciones. El motivo es importante, se trata del futbol que es el deporte nacional por excelencia.

Hay por lo menos un millón y medio de mexicanos que lo practican de distintas maneras. Mostramos tamaño para ser potencia futbolera, por ahí vamos y el avance no solamente se puede alcanzar en las canchas, sino también fuera de ellas: poniendo algún orden en el manejo de este deporte.

Pero, volvamos a la fiesta. En realidad, hay varias aristas que es necesario explorar y una de ellas es la relación entre el festejo y las relaciones entre los ciudadanos y las instituciones.

Lo que cabe destacar es que la fiesta se ciudadanizó y fue más allá de una participación institucional. La fiesta corrió a cargo de los mexicanos de a pie, que tomaron la calle -bueno, también algo más- para informar sobre su existencia y sus presencias plurales.

Es importante, porque la acción de la ciudadanía es un signo de madurez y un indicador de altas potencialidades. Los mexicanos salieron a la calle para bailar, para aplaudir las buenas jugadas y lamentar, ahora sin muchas lágrimas, los tropiezos. Algunos fueron a las iglesias para invocar ayudas de otra naturaleza y lo hicieron por iniciativa propia; sin tutelas de ninguna clase. La ciudadanización de la fiesta requiere de varias lecturas y los actores deben comenzar a pensarlo.

X TWITTER @Bonifaz49