Ya era entonces hora de tomar una decisión: volver al puente de Triana, vagar eternamente por Brenes o regresar a Cartago. La decisión era difícil, pero una llamada de Rocío le ayudó a buscar el camino correcto, al menos por ahora. Se trataba de una voz que le movía las fibras más pegadas al corazón. Ella le dijo: «Mi amor, te espero en el pequeño hotel blanco de siempre, en nuestra habitación con aquel balcón pequeñito con vista a la calle San Pedro Mártir, número… ya tú sabes cuál». Era aquel hotel donde el mismo Ambrosio, en medio de sus miedos y sueños, le escribió al niño poeta, apenas cuatrocientos años atrás, que se iría. Le dijo más o menos así: «Ya la decisión está tomada: América, Las Indias, Cartago, los campos de patatas, verduras, fresas y el frío de los volcanes; las aves de colores vivos y sus cinco mil kilómetros del Camino de Santiago, desde la Iglesia de Santiago Apóstol en Cartago, hoy en ruinas —como estuvo la vida del niño poeta—, hasta la tumba del apóstol en Santiago de Compostela».

A Ambrosio lo llenaba la ilusión desproporcionada de encontrar su amor idealizado en alguna mujer de piel morena y cabello negro, descalza como él. En aquel momento Ambrosio no lloró; lloraría más tarde recordando a su inolvidable Sevilla y las alegres fiestas del pequeño y hermoso pueblo de Brenes, pero eso vendría después, con los años. Por ahora se sumiría en la marina travesía emprendida aquella misma noche desde su imaginación, mirando por el balconcito del hotel que tenía el mismo nombre de la capital, mientras se la pasaba observando la hermosa luna en la noche andaluza, con los cantos sentidos del flamenco que desde Triana dejaba pasar por sus aguas el río Guadalquivir.

El mensaje de Ambrosio, las arboladas callecitas, el sonido de no escuchar nada y la oscuridad iluminada llenaban las venas de una poesía que inspiraba los íntimos versos para enamorar a Rocío. Estos la hacían sentir un éxtasis que no era otra cosa más que un viaje al cielo sin retorno, hasta sentir la pequeña muerte después del deseo sembrado en su cuerpo, para luego quedar dormida, con el cuerpo desnudo, en un abrazo sudado y enrojecido con el gitano poeta que le ayudaba a tomar la decisión. Ambos revivían en sus sueños mientras dormían abrazados en aquel momento de laxitud placentera, relajados después de haber descargado toda la tensión que les provocaba estar uno junto al otro, y que les dejaba el resplandor afectivo luego de alcanzar juntos aquel arrebato al que se llega sin prisa; en ese silencio que se logra cuando se apaga el resto del mundo y donde solo están dos en un espacio en el que se genera vida, en el mundo de los que todavía respiran. Fantasías, colores, música flamenca, guitarras melancólicas, bailaoras y cantores rompiendo el alma con la fuerza de un toro de lidia saliendo al ruedo y, por supuesto, bastante vino tinto.

Luego, aquella pequeña Rocío hacía el resto con sus caderas anchas y suaves, que se balanceaban al ritmo justo para alcanzar sin cansar. El cuerpo de Rocío era sumamente bello, tanto así que el mar de Cádiz la mojó con su agua salada sin el bañador completo, mostrando sus senos al océano para que sintiera envidia de su perfecta forma y su piel tan suave; al mar no le quedó más remedio que bajar la marea para no sentir encono ante el cuerpo de Rocío, y prefirió retirarse de la orilla antes que seguir con aquel resquemor. Pues aquella mujer que caminaba suavemente, apoyada en sus pequeños pies por la habitación del hotel blanco, vestida únicamente con su cabello largo y negro, le mostraba al gitano poeta que todavía Sevilla no estaba preparada para verlo partir, ni tampoco para vagar como un eterno espíritu en el puente de Triana o en el pueblo de Brenes.

¿Qué hacer entonces mejor que simplemente quedarse con Rocío en aquel hotel que ya los conocía desnudos? Total, el viaje, si lo hacía, era para escribir, y ya estaba escribiendo en cada paso por la orilla del río. Caminar de la mano de aquella mujer maravillosa de alma tricolor, corazón azul, sangre amarilla y sentimientos rojos era todo lo que necesitaba para poder caminar sin parar por la habitación secreta y silenciosa que los veía amarse durante horas, envueltos sin sábanas, apenas vestidos uno con el otro. No era cualquier mujer: era Rocío, la que llegó del Sur a rescatarlo de una muerte segura que hubiera dejado al gitano poeta con la pluma estéril y el papel sin tinta. Pero ella lo inmortalizó en Sevilla, lo cruzó de la mano en Triana, lo llevó a Brenes. Le mostró que el pasado era puente y aparte, y los horribles rostros del pasado ya estaban muriendo poco a poco, lentamente con cada letra que ponía en el papel, aunque fuera con lágrimas, sin aire, sin poder respirar; igual Rocío era su aire, su vida y su esperanza.

Aún recordaban cómo iban abrazados bajo el ardiente sol de Córdoba, entre las hermosas naves de la mezquita que los terminó de enamorar todavía mucho más, porque, como era normal en ellos dos, cuanto más calor, era más amor. Córdoba, Cádiz, Sevilla, Brenes, Triana… donde fuera, el amor crecía más, y mucho más que las propias columnas de Hércules que en su Alameda se veían pequeñas al lado del amor que se tenían, se tienen y se tendrán el gitano poeta y la bellísima Rocío. Ni las cuatro columnas juntas, coronadas con las estatuas de los fundadores de Sevilla, ni los leones o escudos podían alcanzar el tamaño del amor de aquellos dos.

En fin, por ahora la decisión solo era la de escribir, y así lo hacía el gitano, inspirado por el espíritu de Ambrosio que cabalga rumbo a Triana y el amor de Rocío, sobre el que también se cabalga con plena felicidad. Ya sería pensar en otro momento, después de dejar los cuerpos de ambos vacíos de fuerza y llenos de la vida que poco a poco va creciendo en el cuerpo de la mujer de los tres colores.

Entonces ahora sí, a decidir el rumbo de la breve vida que le falta por recorrer al gitano, ya con los oscuros buitres muertos y sus letras vivas por delante.

San José, Costa Rica

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