Entonces ahora sí, a decidir el rumbo de la breve vida que le falta por recorrer al gitano, ya con los oscuros buitres muertos y sus letras por delante. Letras que a lo mejor seducían al gitano poeta y hasta al viejo Ambrosio a momentos de pasión exacerbada en un colorido mundo iluminado por la luz apagada de una habitación en aquel hotel de Sevilla. A quién le importa quiénes gemían en la habitación sin sonido, apenas con la luz de las campanas que no dejaban de sonar con el colorido olor de las mejillas enrojecidas de Rocío. Mujer pequeña que deseaba ser llenada en cada uno de sus rincones por el amor del poeta enamorado; más que todo, deseaba sentirse abrazada por el calor del indeciso hombre que la amaba con lujuria desbordada.

—Gitano, ven acá —le dijo—. A ver, dime qué quieres hacer con tu vida. Mira que el viejo Ambrosio se embarcó hace cuatrocientos años y todavía sigue vagando por el pueblo de Brenes. ¿Es eso mismo lo que tú quieres, Gitano? ¿O te vas a ir a Cartago a vivir tu sueño y el mío? Nos vamos a fugar a las aguas del río Reventado; ¿quieres que la Virgen de Ujarrás nos cuide o será acaso que el Irazú nos lleve por sus caminos de arena lunar en dirección al frío? Dime, ¿prefieres más bien quedarte en Sevilla?

En la mente del gitano se sentía el olor del verano andaluz, al mismo tiempo que el frío del bosque de Cartago y las inspiradoras alas de la inmortalidad que le ofrecía el vagar por el pueblo de Brenes por la eternidad.

Pero no, ya la decisión debía ser tomada y así lo hizo: le tomó la mano a su hermosa y tricolor Rocío, la mandó a ponerse su ropa —desde luego, después de volver a hacerle el amor de manera desbordada y sin fin— para, luego de resucitar de la pequeña muerte, irse a Brenes, caminar por sus olivares, ver los naranjales y luego seguir el consejo de Ambrosio: tomar el tren a Cádiz y luego embarcarse a las Indias de la mano de la ilusión. Con la mirada puesta en la luz de despertar pronto en Cartago, dejó su alma andaluza navegando en el Guadalquivir, miró a Triana con un «hasta pronto» y lo mismo hizo con la Torre del Oro, la Giralda, aquella cómplice habitación en el pequeño hotel blanco que tantas veces le dio refugio a lo que se sabe pero desgraciadamente se debe ocultar, los carruajes tirados por caballos, el duende en el puente, el parque de España y tantas otras cosas que debió guardar en su maleta mental para llevar en aquel bolsito de cuero todos los recuerdos de esa Andalucía inolvidable, única, hermosa, fantasiosa, misteriosa, romántica, calurosa, con sabor a España y con música del negro y el gitano.

Con el flamenco encajao en sus ojos lloró, pero juró volver; así fuera en cuatrocientos años, pero volvería. Sembraría profundamente sus raíces sevillanas en Cartago para que quedaran unidas por el mar y separadas por el tiempo solamente. Ya embarcado con sus lágrimas, la pequeña maleta de cuero café y su Rocío de la mano, comenzaron las largas noches movidos por el mar. Esta vez no era Ambrosio, más bien en aquel viaje mental va el gitano poeta, quien se dirigía al centro de América a tomar vino tinto al otro lado del Atlántico, llenando su estómago con las ansias de la comida criolla y mestiza mientras quedaban atrás las tapas.

En su cabeza podía construir la fantasía de una casa de bahareque blanca con tejas y un zócalo azul marino, un patio lleno de gallinas donde pastaba su ganado en medio del viento frío que venía del volcán Irazú, con un terreno lleno de enormes sembradíos de patatas y con tres niños que corrían por la paz de su tierra, pies descalzos como su padre y ropa sucia llena de la libertad mojada que queda al jugar al aire libre, muy lejos de la tecnología. Esos eran los hijos del gitano poeta y la hermosa Rocío, que llevaban para siempre a los hijos de España a las verdes montañas de las tierras indias, fértiles como la cultura heredada.

¡Qué fiel es el recuerdo cuando se guarda en el alma! ¡Qué hondo es el amor cuando se guardó en el cuerpo de la mujer que amas! ¡Qué lejos está el olvido cuando la mente no sufre el abismo entre la realidad y la fantasía! Misterioso el tiempo cuando no nos engaña entre el ayer, el hoy y el mañana. Locura al final que hace tan feliz al sano que nunca enferma.

Y de pronto, una suave cachetada:

—Ambrosio, despierta, que aquí está el gitano poeta que quiere preguntarte qué hacer. Ambrosio, despierta, soy yo, Rocío, ven que te buscan; esperan que les digas cómo sanar su pasado y tomar una decisión. Pero, Ambrosio, levántate que te están esperando.

Ambrosio abrió los ojos y, rascándose la cabeza, le preguntó a Rocío:

—¿Pero qué, no había tomado ya la decisión? ¿No le había dicho yo que regresara contigo a Cartago, que los buitres asquerosos ya estaban muertos, que su pesar estaba muriendo poco a poco y que los asesinos de su dignidad y su infancia no le podían destruir más su prosa y su poesía? ¿No entendió que sus temores cayeron como lágrimas en el río y el duende le ayudó a sacar su llanto profundo, y que los malditos nunca más tocarían su privacidad hasta hacerlo llorar? Ya terminó, se acabó, la tormenta se secó y esta vez para siempre. Ya puedes irte, que nunca más te van a tocar si no quieres. El maldito está secándose en busca del mármol de la tumba donde se va a secar para siempre. Toma ya de una vez tu rumbo y deja atrás el miedo.

San José Costa Rica

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