Inteligente, culta, valiente… y siempre libre
Con un pie en la Ilustración y otro en el Romanticismo, Germaine Necker, pasó a la historia con el apellido de su primer marido: Madame de Staël (1766-1817). No sólo fue una mujer a la que nunca le importó que la criticaran por vivir su vida con plenitud, sino una infatigable promotora de la moderación política, de una nueva manera de entender la literatura y del pensamiento crítico en Europa.
Hija del banquero ginebrino Jaques Necker, se opuso al régimen tiránico de Napoleón, defendió los derechos de la mujer, vapuleó la esclavitud, introdujo a los poetas alemanes a Francia y, con sus novelas, contribuyó a que se confirmara lo que ya sabían los románticos: que las emociones siempre estaban por encima de la racionalidad.
“Por su condición de hija de familia archiadinerada”, cuentan Eugenia Tusquets y Susana Frouchat en su libro La pasión de ser mujer, “Germaine se podía haber conformado con la vida social, un buen matrimonio y existir, sin más. Pero Germaine no fue educada para ello”.
Desde los catorce años, tuvo contacto con los intelectuales y artistas que se reunían en su castillo de Coppet, Suiza. Si hemos de creer a Sainte Beuve, a esa edad ya escribía reflexiones sobre El espíritu de las leyes, de Montesquieu y, desde entonces, empezó a darle vuelta a una idea que definiría su activismo político: toda monarquía debía estar atemperada por una Constitución o un parlamento.
A los diecinueve años, se casó con el diplomático Erik Staël, embajador de Suecia en Francia, quien tenía treinta y siete. Pronto descubrió que no había entre ellos pasión alguna y, si ella anhelaba algo en la vida, era eso: pasión. Su matrimonio le brindó inmunidad diplomática durante la revolución francesa, época en la que abrió un salón para reunir a los intelectuales en París, pero no mucho más.
Mientras escribía obras de teatro en verso, cartas y artículos incendiarios, tuvo un amante tras otro. Talleyrand entre ellos. Su madre no se cansaba de reprochárselo, pero su marido le toleraba todo, mientras ella saldara sus deudas de juego. Germaine tuvo 5 hijos a los que él reconoció, aún seguro de algunos no eran de él. Cuando ella se aburrió del matrimonio, se separó.
La publicación de sus Reflexiones sobre el proceso de la reina, donde condenaba la violencia que se había desplegado durante la revolución francesa, así como su novela Delphine, donde revindicaba la educación paritaria, denunciaba los matrimonios sin amor y encomiaba el divorcio, la distanciaron de Napoleón.
A tal grado, que éste le prohibió residir en París. Ella, entonces, se instaló en Coppet, donde desplegó su talento por la conversación y su ingenio lacerante. Ahí siguió reuniendo a la aristocracia intelectual de Europa para impulsar el republicanismo. “Convirtió Coppet en uno de los lugares más importantes de reunión para los adversarios de Napoleón”, refiere Michel Winock en Voces de la libertad
¿Fue por sus libros por lo que se le exilió, o porque se había involucrado con Benjamín Constant, antiguo partidario del tirano y, ahora, su crítico feroz? Difícil saberlo. Lo cierto es que, cuando publicó Corinne, su novela más famosa, y ensayos, como De la Literatura y Alemania, donde afirmó que las ideas y obras de esa nación eran superiores a las de Francia, el emperador montó en cólera. Ordenó quemar los diez mil ejemplares de la edición.
Demasiado tarde. Ella ya había introducido a Francia los libros del círculo de Jena. “Goethe y Schiller la querían, pero les parecía agotadora”, sostiene Andrea Wulf, en Magníficos rebeldes. Ella, a su vez, “se sorprendió al descubrir que ni Goethe ni Schiller leían periódicos políticos. Los poetas alemanes no parecían hablar de política, observó”.
También es cierto que su etapa más productiva fue al lado de Constant: “Los dos escriben juntos, reciben en las posesiones campestres de Benjamín y se ilusionan con el nacimiento de su hija Albertine”, vuelvo a citar a Winnock. Cuando murió Erik Staël, Constant le propuso matrimonio, pero ella se rehusó. Él, desencantado, se casó en secreto con otra mujer. Cuando ella lo supo, se sintió herida, sedujo a un militar al que le llevaba veinte años y tuvo a su sexto hijo con él.
Viajó a Viena, Moscú, San Petersburgo, Londres y Estocolmo, donde intentó que el príncipe Bernardotte ocupe el sitio de Napoleón. A la caída de éste, se instaló en París, siempre hablando y escribiendo en defensa de la libertad de prensa y de una monarquía constitucional. “Una mujer”, decía y repetía, “siempre debe someterse a la opinión pública”. Pero ella nunca se sometió a ella: la provocó y, cuando le fue adversa, la confrontó. Vivió su vida con plenitud envidiable.x
