Nos enseñó lo cerca que estamos de los animales

 

Para Jesús Murillo Karam, en la infame prisión

domiciliaria a la que le han reducido sus enemigos.

 

El 1° de octubre de 2025 murió la primatóloga Jane Goodall (1934-2025). No hace ni un año de su partida, y ya se le considera una de las grandes naturalistas del siglo XX. No es para menos: sus descubrimientos acerca de los chimpancés cambiaron la percepción que teníamos de estos simios – comparten con nosotros el 99% del ADN –… y de nosotros mismos.

Aunque empezó trabajando como secretaria, desde niña supo que quería vincularse con animales en África. A los cinco años, pasaba horas observando cómo ponían huevos las gallinas en el jardín de la casa familiar, en el señorial barrio de Hampstead, Londres, y conversando con su perro Rusty. Sus lecturas de El libro de la selva y de las aventuras del Dr. Dolittle afianzaron su convicción.

A los veintitrés años, viajó a Tanzania como asistente de Louis Leakey, el paleontólogo inglés que descubrió que los seres humanos proveníamos de África y no de Asia. Al constatar su entusiasmo y curiosidad, Leakey la envió a una reserva de chimpancés, en el Parque Nacional de Gombe, para que verificara algunos datos. Esto le generó críticas a ambos por parte de los primatólogos del establishment: la joven era una aficionada que ni siquiera tenía título universitario ¿qué iba a hacer ahí?

Lo que hizo fue olvidarse de los prejuicios académicos y se sentó cerca de los chimpancés para observarlos, mientras ellos la observaban a ella. Poco a poco fue ganándose su confianza. Tras después de algunos mordiscos y algunos sustos, no sólo descubrió que usaban herramientas – varas para extraer termitas de su nido y guijarros para partir frutos – sino que eran capaces de intercambiar favores entre ellos, así como de la venganza y el perdón. Existían jerarquías sociales y las guerras que emprendían unas comunidades contra otras no eran asunto menor.

Desafiando el protocolo de los primatólogos del establishment, que asignaban números a los simios para identificarlos, ella comenzó a hacerlo de acuerdo con la personalidad de cada mono. Les puso nombres propios: David Greybeard, Goliath, Mike… Pom, el macho pendenciero que, junto a su madre, asesinaba a las crías de otros chimpancés para devorarlas. Esta pareja y Frodo, el macho alfa que llegó a secuestrar a una niña humana, representaban el lado oscuro de la sociedad chimpancé. Del otro lado, Flo, una madre amorosa y Gigi, una mona que se vinculaba sexualmente con muchos de sus compañeros, representaba la parte amable de la tribu.

Estos datos no fueron inútiles: nos obligaron a repensar al género humano: ¿Por qué unos chimpancés eran violentos y otros solidarios? ¿Por qué unos eran promiscuos y otros no? ¿Por su moral? ¿Por su religión? ¿Por las asimetrías de su sistema legal? La respuesta estaba en los genes… como la está en nosotros, los humanos. También somos animales. Es en los genes, por tanto, donde hay que buscar la clave de nuestra conducta y no en especulaciones teológicas o jurídicas.

Tan provocativos resultaron estos hallazgos que, ante la indignación de sus detractores, quienes pese a títulos y diplomas, no habían descubierto nada relevante, la Universidad de Cambridge otorgó a Goodall un Ph.D. en Etología. Fue la octava persona en recibirlo, a pesar de no tener ni licenciatura, ni maestría. Más tarde llegarían otros galardones: la Orden del Imperio Británico, la Medalla Hubbard, el Templeton Prize, el Premio Príncipe de Asturias…

En libros como Mis amigos los chimpancés (1967), A la sombra de los humanos (1971) o Asesinos inocentes (1971), dio a conocer sus conclusiones. “Siempre ignoré las críticas e hice lo que me parecía correcto”, afirmó: “Si no conocemos el mundo, no podemos cambiarlo”.

Goodall se casó con un fotógrafo de la National Geographic y tuvo un hijo. Luego de su divorcio – sus respectivas profesiones hicieron difícil la convivencia –, contrajo matrimonio con el director de Parques Nacionales de Tanzania, cuya muerte la dejó desolada. No volvió a casarse.

Se dedicó, en cambio, al activismo de conservación: a la reforestación de bosques y selvas, al cuidado del agua potable y a la perseveración de la naturaleza. Formó asociaciones como Roots and shoots (raíces y brotes) para que, a través de la educación comunitaria, los jóvenes se involucraran en la conservación del medio ambiente y el Jane Goodall Institute, que protege a los chimpancés a través de santuarios.

En El libro de la esperanza (2021), un largo diálogo con el periodista Douglas Abrams, expresó su confianza en la humanidad y nos alentó a seguir luchando para construir un mundo más inclusivo y habitable. En YouTube podemos atestiguar, a través de decenas de documentales, el trabajo de esta intrépida mujer.