Las coincidencias ocurren en la vida como en la literatura. Hace unos días se presentó un nuevo libro de David Martín del Campo, La Caperucita negra, con prólogo de Anamari Gomís y sello editorial de El tapiz del Unicornio. De distintas maneras, cada uno de los siete cuentos mantiene al lector al borde del abismo, y esa tensión inquietante suele provocar una sonrisa. Así ocurre con “La noche de los pungüinos”, argumento casi exacto al de La invitación (dirigida por Olivia Wilde), de estreno simultáneo en el cine. Y en el relato que da título al volumen, donde el autor revisa con acierto el cuento clásico infantil para develar diferentes capas del periplo de Caperucita, su madre y su abuela, desde un ángulo juguetón y actual. Transcribo las primeras líneas.
Tres, cuatro, cinco golpes en la puerta. La insistencia era indicio ominoso. ¿Quién es?, estuvo a punto de exclamar, pero algo la contuvo.
Si los nudillos hubieran percutido sólo dos veces, corresponderían a la conserje. Su manera de preguntar por la basura o anunciar la presencia del hombre del gas. Era verdad, ¿hacía cuánto que no reponía el cilindro? Y encima, ¿qué hora sería aquella? Era miércoles, de eso no tenía duda. Podrían pasar de las nueve, además de que el cordón de la pijama se le había reventado en algún giro del sueño.
Anabel escrutó los resquicios de la persiana. La radiación solar aún no se apoderaba de aquel ángulo; buena señal. Revisaría una vez más su correo electrónico buscando la respuesta de aquella empresa de head hunters. ¿No se tratría de una tribu de jíbaros incrustada en las rendijas de la red? Cazadores-de-cabezas.
“Toc-toc-toc”, esta vez tres veces pero con mayor firmeza. Alguien que sabía de su presencia ahí dentro. Abandonó la cama, se calzó las pantuflas, tiró de la bata colgada en el perchero. Diría que estaba enferma; sí, eso.
Apenas abrir lo reconoció. Era el hombre de la renta, don Fernandito, al otro lado de la puerta.
–Buenos días, señora. Vengo por el recibo del mes… y los otros dos que adeuda. ¿Ya recuerda?
–Los otros dos –repitió maquinalmente. Entonces se reprochó no haber acudido antes al retrete.
–Julio y agosto, señorita. Si no me fallan las cuentas.
Anabel empezaba a residir en los territorios confusos de la juventud quebrantada. Una señora sin hijos, una señorita marchitándose.
–Híjole, don Fernando, en este momento no tengo el sobre.
El cobrador le devolvió una mueca profesional. “Ah, ya veo; no lo tiene”. Pasada la fecha de pago venía el recargo por morosidad; ése era el problema.
–¿No podría darse una vuelta después… la semana próxima?
–Sí, claro, pero la señora Begoña ya está pensando en iniciar el trámite. Usted sabe.
–El trámite –repitió aguantando la presión de la vejiga.
–Los licenciados, el citatorio en la audiencia de lo civil, el desalojo; es cosa muy fea.
–Sí, me imagino.
–¿Y su marido? ¿Él no podrá?
–Ahora… en este momento, no está.
–Y no le dejó.
–No, don Fernando.
–Pues yo escuché… –y el hombrecito hizo un gesto vago, la cabeza alzada, los ojos desplazándose por el éter.
Era verdad, René se había esfumado siete semanas atrás, pero no por eso iba a considerarse una “mujer repudiada”, como se cita en las escrituras. No, de ninguna manera.
–Está de viaje.
–De viaje –repitió el hombrecito. Llevaba su corbata gris de siempre y el pequeño portafolios con los recibos del alquiler–. Bueno, pues ya veremos –y fue su manera de despedirse.
Foto: Nirvana Libros.
