Autor de la revolucionaria novela-río por antonomasia En busca del tiempo perdido, Marcel Proust (París, 1871-1922) creó con su obra maestra una de las más sorprendentes estructuras narrativas modernas, colosal catedral gótica de un mundo aristocrático francés decadente y en vías de extinción. Escrita a partir de 1903, representa una enorme pintura moral de los abismos y aberraciones de la sociedad francesa de la época, analizando con exacerbadas precisión y meticulosidad todo aquel complejo de haceres y de cosas ––sólo en apariencia insignificantes–– que le preocupaban y obsesionaban, con la concreción propia de un investigador y al margen de los convencionalismos de las técnicas narrativas al uso. Obra culminante de una construcción estética ––y metafísica–– de vida, no tiene principio ni fin, pareciéndonos en ocasiones atemporal e infinita, continuo análisis de fenómenos, hechos y sentimientos del espíritu humano, de la mano de una aguda y sensible inteligencia que profundiza hasta crueldad.
En busca del tiempo perdido constituye un acto sublime de libertad creativa, el de un lúcido y visionario esteta capaz de legar una obra pletórica de significados ocultos y sutiles. Espíritu renacentista abierto a la modernidad, Proust fue un sabio conocedor no solo de la literatura y las otras artes clásicas y emergentes, sino además de historia, de filosofía. Su pasión por el arte pictórico se encendió durante sus prolongadas visitas al Museo del Louvre de París, donde dedicaba horas a contemplar sus colecciones y exposiciones temporales. El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid presentó, en la primera mitad del año pasado, una muy ilustrativa exposición itinerante llamada precisamenrte “Proust y las artes”, una inmersión en ese universo de tan sabia como refinada sensibilidad, a través de 136 piezas predominantemente pictóricas, si bien tiene también esculturas, textiles, libros, grabados y fotografías.
Si bien ya no alcancé esa formidable muestra que mucho hubiera disfrutrado como declarado proustiano que soy, pude sin embargo conseguir todavía el espléndidamente editado catálogo que muy bien ilustra cómo las obras expuestas contribuyen a delinear la figura de Proust y la geografía de su monumental novela. El historiador, crítico y editor Fernando Checa ha sido el sabio y sensible curador de la muestra, su más declarado y comprometido promotor. Entre otros artistas plásticos caros a Proust, destaca la obra de pintores revolucionarios como Vermeer, Rembrandt, Velázquez, El Greco, Monet, que no solo le sirvieron de inspiración y objeto de estudio, sino que de alguna manera también cobran vida en su literatura, ya sea a través de sus cuadros o de sus alusiones biográficas.
En busca del tiempo perdido es por supuesto el eje vertebrador de la exposición, que recorre desde los paisajes parisinos de finales del siglo XIX, la alta burguesía y la aristocracia en la que se mueven personajes como Swann o la duquesa de Guermantes, hasta la figura de Elstir, creación literaria de Proust que encarna al pintor arquetípico, quien, según el mismo Checa, “es una síntesis de Whistler, Moreau, Heller y Monet”. Guillermo Solana, director del museo madrileño que acogió con convicción la muestra, interpreta que, para Proust, el artista se comporta como “un oculista: nos somete, mediante su pintura o prosa, a un tratamiento que no siempre resulta placentero. El mundo se ha recreado tantas veces como ha emergido un artista original, que trastoca y transgrede modelos establecidos. Solo a través del arte podemos trascender nuestra propia realidad, y gracias a él, el espectador o lector abandona su mundo para verlo multiplicarse”.
Las concepciones estéticas de Proust, los contextos artísticos, monumentales y paisajísticos que lo rodearon y que él recreó en sus textos, así como los artistas que lo estimularon ––tanto coetáneos como anteriores–– constituyen los ejes temáticos de la exposición. El objetivo principal es subrayar las profundas conexión e interrelación entre el arte y la figura de Proust, su vida y su obra. En este sentido, adquiere particular relevancia el París de la Tercera República en el que residió: una capital cosmopolita y próspera, transformada por las reformas de Haussmann, que vio emerger la electricidad, los automóviles, los espectáculos, los restaurantes y los cafés. Proust no solo era un sabio promotor de las artes, sino también de la modernidad en pleno apogeo en el periodo de entre siglos. El curador alude a “la visión de lo moderno creada por los pintores impresionistas, a través de su representación de las calles y ambientes parisinos, que confluyen en la estética proustiana”. Los placeres y los días (1896), su obra anterior, abre la exposición, evidenciando su precoz inclinación por las artes, la música, el teatro y, de forma prominente, la pintura y sus visitas al Louvre. Destacan, asimismo, los escenarios de su gran novela-río, según su propia definición, como los Campos Elíseos o las costas del norte de Francia, que inspiraron a pintores como Manet, Pissarro, Renoir, Monet, Boudin o Dufy. La exposición también subraya la influencia del teatro en su obra, ejemplificada por la pintura de Georges Clairin de la actriz Sarah Bernhardt, una de las bases para la creación del personaje de la Berma.

La exposición también enfatiza un tema central en la obra de Proust: la génesis y la consolidación de la historia del arte como disciplina moderna a finales del siglo XIX, así como su profunda fascinación por Venecia (ciudad que visitó en dos ocasiones) y su interés por las catedrales y la arquitectura góticas. Entre las piezas expuestas figuran obras de Rembrandt, Vermeer, Van Dyck, Watteau, Turner, Fantin-Latour, Whistler, Manet, Monet, Renoir, y otros, complementadas con una escultura de Bourdelle y diseños de Fortuny y otros contemporáneos. La muestra integra una selección de volúmenes de Proust de la Biblioteca Nacional de Francia y el Ateneo de Madrid, junto a préstamos de instituciones como el Louvre, el Museo d’Orsay, el Carnavalet de París, la Mauritshuis de La Haya, el Rijksmuseum de Ámsterdam, el Städel Museum de Fráncfort y la Galería Nacional de Arte de Washington.
Para culminar este recorrido de referencias literarias y pictóricas, la exposición presenta los siete volúmenes de la novela, en su primera eidición de La Pléiade, subrayando un pasaje donde el narrador asume la misión de recuperar el “tiempo perdido” a través de la descripción de su trayectoria personal e intelectual en una gran novela, a la vez que revela la inexorabilidad del tiempo. Esta idea se refuerza con dos autorretratos de Rembrandt (de 1642-1643 y 1661) y dos imágenes de Marcel Proust en su lecho de muerte en 1922 (un dibujo de Helleu y una fotografía de Emmanuel Sougez), mientras resuena el primer movimiento de la Sonata para violín y piano de César Frank, un referente cercano a la Sonata de Vinteuil que impregna la obra cumbre de Marcel Proust.
