Amante en fuga, Percy Bysshe Shelley (4 de agosto de 1792-8 de julio de 1822) huyó a los 19 con una chica de 16 con la que intentó relaciones abiertas con otras parejas, y cuatro años después volvió a fugarse con otra chica de 16, Mary, la después célebre autora de Frankestein. Precoz en la poesía, el amor y la muerte, el siempre poeta británico, escribió también ensayos, entre ellos “Sobre el amor” del que transcribo las primeras líneas de la trducción de Federico Patán (El ensayo informal en Inglaterra, UNAM, 2006).
¿Qué es el amor? Pregúntese a quien vive ¿qué es la vida? Pregúntese a quien adora ¿qué es Dios?
No conozco la constitución interna de otros hombres, ni siquiera la tuya, a quien ahora me dirijo. Veo que en algunos atributos externos se me parecen, pero cuando, desencaminado por tal apariencia, he pensado en recurrir a algo en común para descargar ante ellos mi alma más íntima, he descubierto que no se comprende mi lenguaje, como si perteneciera a una tierra distante y salvaje. Cuantas más oportunidades me han concedido de experimentar, mayor la separación entre nosotros y a mayor distancia se han apartado los puntos de simpatía. Con un espíritu mal adaptado para soportar tal prueba, tembloroso y débil a causa de su fragilidad, he buscado simpatía en todos los sitios para sólo hallar repulsa y decepciones.
¿Tú demandas saber qué es el amor? Es esa poderosa atracción hacia todo lo que concebimos, tememos o esperamos más allá de nosotros, cuando en nuestros propios pensamientos encontramos el abismo de un vacío insuficiente, y buscamos despertar en todas las cosas que existen una comunidad con lo que experimentamos en nosotros. Si razonamos, seríamos entendidos; si imaginamos, desearíamos que los alados hijos de nuestro cerebro nacieran de nuevo en el de otros; si sentimos, querríamos que los nervios ajenos vibraran con los nuestros, que los rayos de sus ojos se encendieran de inmediato para mezclarse y confundirse con los nuestros, que labios de hielo inmóvil no fueran la réplica a labios que tiemblan y arden con la mejor sangre del corazón. Eso es el Amor. Tal es el lazo y la confirmación que unen no sólo a un hombre con otro, sino con todo lo que existe. Nacemos al mundo y algo dentro de nosotros, desde el momento mismo en que vivimos, cada vez manifiesta más sed de hallar su parecido. Es probable que en correspondencia con esta ley, el infante extraiga leche del seno materno; esta propensión se desarrolla con el desarrollo de nuestra naturaleza. Vemos borrosamente en nuestra naturaleza intelectual una miniatura, por así decirlo, de nuestro yo completo, pero aliviado de todo aquello que condenamos o despreciamos, el prototipo ideal de todo aquello excelente o hermoso que seamos capaces de concebir como perteneciente a la naturaleza del hombre. No sólo el retrato de nuestro ser externo, sino un ensamble de las partículas más diminutas que componen nuestra naturaleza; un espejo cuya superficie sólo refleja las formas de la pureza y el esplendor; un alma dentro de la nuestra que traza un círculo alrededor de su propio paraíso, que no se atreve a invadir el dolor, la tristeza y la maldad. Hacia esto encaminamos ansiosamente todas las sensaciones, anhelando que se le parezcan o se correspondan con ella. El descubrimiento de su contrario; el encuentro con una comprensión capaz de estimar claramente la nuestra; una imaginación capaz de entrar en y apoderarse de las peculiaridades sutiles y delicadas que nos ha deleitado atesorar y desarrollar en secreto […]
