Defendió a mujeres y a indígenas sin idealizarlos

 

 

Siendo embajadora de México en Israel, Rosario Castellanos (1925-1974) salió de tomar un baño con las manos mojadas, encendió una lámpara mal instalada y esto provocó una descarga eléctrica que le costó la vida. El accidente conmovió al país. Muchas personas la recuerdan por esa tragedia, pero Rosario Castellanos fue mucho más que esto…

Pocas autoras, como ella, dedicaron su obra a defender a la mujer y a los indígenas del país de un modo tan certero. Ni idealizó, ni inventó grandezas: se limitó a retratar y a situar a cada grupo, tal cual era, dándole voces elocuentes.

En el caso de los indígenas, se distanció del paternalismo de Miguel Ángel Asturias, Jorge Icaza, Ciro Alegría y José María Arguedas. No los presentó como víctimas de opresores despiadados, sino como etnias compuestas por individuos inteligentes y generosos pero, también, por otros codiciosos y miserables.

En sus novelas Balún Canán (1957), Oficio de tinieblas (1962) y Rito de iniciación (1996), hiló una crítica formidable, donde nadie era completamente inocente y nadie absolutamente culpable de la desigualdad y la marginación en que vivían.

Ellos no estaban divididos ni formaban un mundo aislado, sostuvo: eran parte de México y no merecían compasión sino integración. Su choque con la “civilización moderna”, que recreó con pericia, obliga al lector – eso sí – a preguntarse qué es lo que ha fallado. ¿Por qué el país no ha logrado incorporar al desarrollo a los más de sesenta pueblos indígenas? Los siete millones de personas que hablan lenguas distintas al español nos cuestionan y censuran silenciosamente en sus novelas.

En el caso de las mujeres, exigió que éstas tuvieran los mismos derechos y las mismas oportunidades que los varones – fue precursora del feminismo en México –, pero no desconoció que muchas preferían ser floreros y mascotas, prosperar a la luz del cuidado de sus maridos, antes que asumir su independencia e individualidad. Así lo denunció en su obra de teatro Tablero de damas (1959) y en otros textos, que inevitablemente recuerdan a Las mujeres sabías, de Molière.

Esto no supone que Rosario Castellanos haya ignorado la tragedia de la mujer abandonada. Ella misma amó intensamente y tuvo un hijo al que adoró, si bien su matrimonio concluyó en divorcio. En Lamentación de Dido – su mejor poema desde mi punto de vista –, repasa uno de los capítulos de la Eneida y refiere, en versos largos, la compleja vida de la reina mitológica quien, cuando creyó que había hallado el amor en Eneas, éste se marchó para seguir el camino que los dioses tenían trazado para él: soledad, desengaño, tristeza… “A través de ellos pude contar mi propia historia”, confesó, “que era, desde luego, bastante más pobre”.

Nadie detiene el viento ¡Cómo iba a detenerlo la rama de sauce que llora en las orillas de los ríos!

En vano, en vano fue correr, destrenzada y frenética, sobre las arenas humeantes de la playa.

He aquí que al volver ya no me reconozco.

Debo admitir, sin embargo, que la Rosario Castellanos que más me gusta es la periodista – Conaculta, primero (2004), y el Fondo de Cultura Económica, después (2024), publicaron una recopilación de sus artículos en Excelsior, Novedades y otros diarios – y la ensayista: es imposible leer las miniaturas que dedicó a Santa Teresa o a Virginia Woolf; a Francois Mauriac o a Graham Greene; a Thomas Mann o a John Updike, sin que uno desee ahondar en la obra de estos escribidores.

En Mujer que sabe latín, nos presenta a Natalia Ginzburg y a Simone Weil, a Lilian Helman y Doris Lessing; a Eudora Welty y a Flannery O´Connor… Digo “nos presenta” porque, al menos yo, conocí y me interesé por muchas de estas autoras gracias a su pluma contagiosa.

Obtuvo diversos galardones literarios, como el Premio Chiapas, el Xavier Villarrutia, el Sor Juana Inés de la Cruz, el Trouyet y el Elías Sourasky. Si algún día nos atreviéramos a salir de los gastados “héroes que nos dieron patria” – Hidalgo, Morelos, Juárez… – y, como lo hacen países más desarrollados, a colocar en nuestros billetes de banco las efigies de científicos, artistas, empresarios, ingenieros y deportistas, una de las primeras opciones que yo impulsaría sería la de esta periodista, ensayista, poetisa y novelista chiapaneca.

Por ello, festejé en mis redes que el Congreso de la Unión hubiera decidido que cada 25 de mayo, fecha en que se conmemora su nacimiento, se ice la Bandera Nacional a toda asta. Lo merece.