En días recientes, las plazas de varias ciudades de América Latina —y ya también de España— se convirtieron en escenario de una competencia insólita. Dos jóvenes se colocan frente a frente, en silencio, y por turnos despliegan poses, miradas fijas, pasos de baile o gestos tomados de memes virales. No hay golpes ni contacto físico. El objetivo, dicen quienes participan, es acumular «aura»: una especie de puntaje imaginario de carisma, estilo y presencia escénica. A esto le llaman «farmear aura» y, aunque suene a chiste generacional, el fenómeno merece una lectura más detenida que la que suele ofrecerle el sentido común adulto.

El término combina dos registros de la jerga de internet. «Farmear» proviene del inglés farming, tomado directamente del vocabulario de los videojuegos, donde describe la repetición de acciones para acumular recursos, experiencia o puntos. «Aura», por su parte, dejó hace tiempo de referirse a lo esotérico para nombrar el carisma, la seguridad o el magnetismo que una persona proyecta ante los demás. La expresión «aura farming» se popularizó en 2024 en comunidades de anime, videojuegos y baloncesto en Estados Unidos, y alcanzó alcance global en 2025 gracias al video de un niño indonesio que, con calma absoluta, bailaba de pie sobre la proa de un bote durante una carrera tradicional. Para 2026, el chiste digital saltó de la pantalla a la calle: en Brasil, México, Argentina, Bolivia, Perú, Costa Rica y España han comenzado a organizarse «batallas de aura» presenciales, algunas con jurado, eliminación por rondas y hasta premios en efectivo.

La reacción adulta no se hizo esperar, y fue tan previsible que casi podría haberse escrito antes de que ocurriera la tendencia misma: «ojalá hicieran algo de provecho». La frase circula en comentarios, en la mesa familiar, en columnas de opinión que —hay que decirlo— corren el riesgo de repetir el mismo gesto que aquí se analiza. Vale la pena detenerse en esa frase porque no es inocente: revela una estructura de pensamiento que la sociología ha nombrado con precisión.

Desde hace más de tres décadas, el sociólogo chileno Klaudio Duarte, académico de la Universidad de Chile, ha descrito ese sistema de dominación como adultocentrismo: un ordenamiento social en el que la experiencia adulta se convierte en la vara con la que se mide —y casi siempre se descalifica— cualquier forma de vida juvenil. Bajo esa lógica, la etapa adulta se erige como el modelo acabado y triunfante al que las juventudes deberían aspirar, mientras el tiempo joven se concibe únicamente como preparación: para estudiar más, para trabajar, para producir. Nunca como un fin en sí mismo. Preguntarle a un adolescente qué está haciendo «de provecho» mientras se ríe en una plaza con sus amigos es, en ese sentido, una pregunta que rara vez le hacemos a un adulto que sale a cenar, ve una serie o se pierde una tarde entera en un videojuego. La ociosidad, cuando la practica alguien mayor de edad, se llama descanso; cuando la practica un joven, se llama pérdida de tiempo.

Esa doble vara no es nueva, y ahí conviene traer una segunda herramienta conceptual. En 1972, el sociólogo británico Stanley Cohen acuñó la noción de pánico moral para describir los episodios en que la sociedad reacciona de forma desproporcionada ante un grupo o una práctica que percibe como amenaza, alimentada casi siempre por los medios de comunicación y por lo que llamó «empresarios morales»: voces que se erigen en guardianas de la decencia pública. Cohen estudió originalmente a los mods y los rockers, dos tribus juveniles británicas de posguerra cuyas peleas de playa fueron narradas por la prensa como el fin de la civilización. El patrón se ha repetido, con variaciones, cada generación: el rocanrol, el pachuquismo, el punk, los emos, el reguetón, los therians, y ahora las batallas de aura. En todos los casos, una práctica juvenil relativamente inofensiva —a veces francamente absurda, y ese es justamente su encanto— se convierte en pretexto para un discurso de alarma sobre la decadencia de «los jóvenes de ahora», discurso que, vale recordarlo, ya se pronunciaba sobre nosotros cuando bailábamos tecktonik en algún salón de fiestas de Chihuahua, y antes todavía sobre quienes hacían break dance en las esquinas.

La antropóloga mexicana Rossana Reguillo, una de las investigadoras que con mayor rigor documentó durante décadas la vida de las culturas juveniles en América Latina, insistió siempre en que estas expresiones —bandas de rock, graffiteros, ravers, y hoy podríamos añadir a quienes farmean aura— no son ruido antes de la vida adulta, sino formas legítimas de construir identidad y pertenencia en tiempos y espacios de ocio determinados. Reguillo llamó la atención sobre algo que suele pasarse por alto en la indignación adulta: los jóvenes no esperan autorización institucional para organizarse; inventan sus propios códigos, sus propios rituales y, con ellos, un lenguaje que los distingue como generación. Verlos reunirse en una plaza a interpretar un meme frente a un público que aplaude o abuchea no es tan distinto de lo que ella describió en sus estudios sobre bandas urbanas: un ejercicio de adscripción identitaria que ocurre, precisamente, en el espacio público.

Y ese espacio público importa más de lo que parece a primera vista. Durante años, buena parte del discurso adulto sobre las juventudes ha girado en torno a un diagnóstico distinto, el del joven encerrado, aislado detrás de una pantalla, incapaz de socializar cara a cara. Ese discurso de alarma —también él un pequeño pánico moral— convivía mal con las cifras de uso de redes sociales y con la percepción de que la calle se había vuelto territorio exclusivo del tránsito vehicular y el comercio. Ahora que un grupo de adolescentes decide precisamente lo contrario —salir, reunirse, mirarse a la cara, competir en persona ante un público real— la respuesta no ha sido de celebración, sino de sospecha. Conviene notar, además, que el teléfono nunca desapareció de la escena: sigue ahí, grabando las batallas y difundiéndolas, lo que sugiere no que las juventudes hayan abandonado internet, sino que han encontrado la manera de llevarlo a la plaza. La sociabilidad digital y la presencial, en este caso, no compiten: se alimentan una a la otra.

A esta lectura conviene sumar todavía una cuarta clave, más ligada a la manera en que se producen los discursos sobre la juventud que a la juventud misma. El investigador José Duque Vásquez, retomando el marco genealógico de Michel Foucault, ha propuesto entender el adultocentrismo no como un prejuicio aislado, sino como la articulación de saberes y prácticas que operan en varios niveles a la vez: la conformación de regímenes de verdad sobre lo que «debe» ser un joven, el disciplinamiento que ejercen instituciones como la escuela o la familia, y lo que llama la biopolítica de la industria cultural, es decir, la manera en que los propios medios de comunicación deciden qué prácticas juveniles merecen atención y bajo qué marco se les presenta. Bajo esa óptica, la pregunta «¿y estos qué están haciendo de provecho?» no es solamente un comentario aislado de una tía en la sobremesa: es la expresión cotidiana de un régimen de verdad mucho más amplio, sostenido por generaciones de manuales de crianza, columnas de opinión y programas de radio que han enseñado a mirar lo juvenil como un problema por resolver antes que como una forma de vida legítima en sí misma.

Vista en conjunto, esta batería de herramientas conceptuales —el adultocentrismo de Duarte, el pánico moral de Cohen, las culturas juveniles de Reguillo y la genealogía foucaulteana de Duque Vásquez— permite algo más que explicar una tendencia pasajera de TikTok. Permite, sobre todo, notar el patrón que se repite cada vez que aparece una nueva forma de agregación juvenil: primero la extrañeza, después la burla, luego la alarma moral y, finalmente, con suerte, la comprensión tardía de que aquello que parecía absurdo era, en realidad, una manera más de ensayar la vida en comunidad. Quien esto escribe recuerda bien el ciclo completo aplicado, en su momento, al tecktonik que sonaba en los salones de fiesta de Chihuahua, y antes todavía a quienes bailaban break dance en las esquinas del centro; en ambos casos, la generación que hoy se pregunta «¿y esto de qué sirve?» fue, hace no tantos años, la generación a la que le hicieron exactamente la misma pregunta.

Nada de esto exige exagerar el fenómeno en sentido contrario. No hace falta declarar que las batallas de aura son una revolución cultural, ni que redimen a las ciudades latinoamericanas de sus problemas más serios de convivencia y seguridad. Con toda probabilidad, dentro de un par de años esta moda habrá cedido su lugar a otra, tan efímera como todas las anteriores. Pero ese carácter pasajero es, en realidad, parte de la explicación, no una objeción: cada generación construye sus propias formas de reunirse, de divertirse y, de vez en cuando, de hacer algo que a los ojos adultos resulta simplemente incomprensible. Eso no es una falla del sistema; es, más bien, la manera en que la condición juvenil se ha reinventado una y otra vez a lo largo del siglo pasado y del presente.

Conviene además no perder de vista la textura concreta de estas batallas, porque ahí es donde el fenómeno deja de ser abstracción sociológica y se vuelve escena reconocible. En Ciudad de México, el ganador de una de las primeras competencias se presentó con pantalones estampados del personaje Rayo McQueen y zuecos, y ganó al público usando una sandalia gigante como utilería para simular que enlazaba a su rival como si fuera un caballo. En Brasil, donde el fenómeno tomó especial fuerza durante este año, algunos torneos han llegado a repartir premios en efectivo equivalentes a varios cientos de dólares, además de un trofeo simbólico bautizado «Aura Suprema». En Argentina, en cambio, el premio es enteramente inmaterial: la posibilidad de presumir, frente a los demás, un «aura infinita». Esa variedad —del zueco al trofeo, del dinero a la pura fanfarronería— confirma algo que Reguillo repitió a lo largo de su obra: las culturas juveniles no se dejan reducir a una sola lógica de mercado ni a una sola explicación funcional; se organizan, sobre todo, alrededor de un código compartido que solo tiene sentido para quienes lo practican, y que resulta, por eso mismo, tan difícil de traducir para la mirada adulta.

Queda, entonces, una pregunta incómoda para quienes hemos cruzado ya el umbral de la adultez y sentimos la tentación de exigirle un propósito a cada tarde ajena: ¿por qué el tiempo libre de las juventudes necesita siempre una justificación que no le pedimos a nadie más? Estudiar está bien. Trabajar está bien. Practicar un deporte o aprender un oficio está bien. Pero también está bien pasar una tarde haciendo algo absurdo con los amigos, sin que ese tiempo tenga que producir absolutamente nada para haber valido la pena. El ocio y la convivencia no son, como a veces se asume desde el escritorio adulto, espacios vacíos de la vida: son, de hecho, donde se ensaya buena parte de lo que después llamamos comunidad.

Habrá quien objete que la comparación con el tecktonik o el break dance es generosa, porque aquellas modas al menos implicaban una destreza corporal reconocible, mientras que farmear aura parece consistir en no hacer prácticamente nada: una mirada fija, un gesto contenido, la quietud deliberada de quien finge no esforzarse. Pero ahí radica, precisamente, buena parte de la gracia del fenómeno y también su honestidad. A diferencia de otras competencias juveniles centradas en la habilidad técnica, las batallas de aura premian la actitud por encima del talento: no hace falta saber bailar ni cantar, basta con sostener, durante unos segundos, la ficción convincente de que a uno nada le afecta. Es, en el fondo, una parodia consciente de la cultura de la autenticidad performativa que las redes sociales llevan más de una década enseñando a las juventudes, y en esa parodia hay una lucidez que rara vez se les reconoce: se están riendo, con toda intención, de la misma lógica de aprobación pública que los medios digitales les han impuesto desde niños.

Así que sí: que farmeen su aura. Dentro de algunos años, cuando la tendencia ya se haya apagado, seguramente alguien más joven que ellos organizará otra cosa igual de extraña en las mismas plazas, y un adulto —quizás alguno de los que hoy compiten en las batallas de aura— se preguntará, con el mismo desconcierto de siempre, qué están haciendo estos muchachos. Y la respuesta, otra vez, podrá ser simplemente: nada. Están jugando. Se están riendo. Están siendo jóvenes. Y eso, contra lo que insiste el reflejo adultocéntrico, nunca ha necesitado más justificación que esa.

El autor estudió arqueología en la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México y es periodista en Chihuahua. Cubre temas socioculturales, política, violencia y derechos humanos. Es autor de HÜZÜN y sus investigaciones exploran la religiosidad popular, la muerte y los santos populares.