En el mundo de hoy, las relaciones diplomáticas y las alianzas son relevantes. Mediante fórmulas de coordinación en diversos capítulos, ambas permiten a los Estados que las establecen, sumar iniciativa para beneficio mutuo y hacer frente a situaciones disruptivas. Las relaciones diplomáticas son de naturaleza distinta a las alianzas, pero pueden convivir y operar de manera simultánea, incluso cuando los gobiernos participantes son de signo político diferente. Como ejemplo, los aliados en la Segunda Guerra Mundial se condujeron más a partir de su objetivo compartido de derrotar a las potencias del Eje, y menos por coincidencias en sus respectivos sistemas políticos y agendas bilaterales. Entre varios aspectos, las relaciones diplomáticas buscan capitalizar ventajas geográficas, identidad cultural y sociopolítica, oportunidades de complementación y concordancias en temas de singular interés. Por su parte, las alianzas se conforman alrededor de eventos o reivindicaciones concretas, que se abordan desde un prisma acordado entre un par de países, o más, para afrontar retos de paz y seguridad (eg. OTAN), así como para impulsar la concertación en temas específicos y otros de impulso a la cooperación para el desarrollo (eg. Alianza del Pacífico). En el marco de los valores del sistema liberal internacional, los suscriptores de las alianzas se ajustan a una plataforma jurídica convenida, que recoge objetivos y narrativas. Idealmente, ello propicia diálogos equilibrados y constructivos, así como acuerdos entre actores con capacidades diferenciadas de influencia y poder.
La animosidad de la post globalización sugiere a los países tener relaciones diplomáticas con arquitectura institucional sólida y potencial para cultivar lazos edificantes y progresivos. Tales vínculos están llamados a perdurar y a no ser rehenes de vaivenes políticos o caprichos ideológicos efímeros. Las relaciones diplomáticas así diseñadas responden a políticas de Estado y son el vehículo que edifica la confianza requerida para sostener la buena comunicación entre las naciones y traducir, en hechos concretos, sus ideales de amistad, solidaridad y colaboración. Si lo que se persigue es desactivar desencuentros y promover el bien común, este perfil de relaciones es crucial para el vecindario global. Por lo que hace a las alianzas y sin demérito de su probado valor para trabajar por causas, conviene alertar sobre el riesgo que existe en los casos en que se conciben y operan con la única intención de contener eventos circunstanciales que, en la perspectiva de unos cuantos poderosos, vulneran la paz y seguridad de todos, siendo que, en los hechos, solo afectan los intereses de aquellos. La historia reciente no miente; cuando así sucede se compromete el orden liberal y florecen el unilateralismo, la intolerancia, la política transaccional y la confrontación. Por tales razones, las relaciones diplomáticas y las alianzas que reconocen la doble valía de un sistema de convivencia basado en reglas, y de la acción concertada para beneficio colectivo, ofrecen la mejor vía para descarrilar pactos proyectados para avanzar metas turbias, que de paso añaden tensiones a una tesitura mundial de desencuentro y violencia galopantes. El teatro es riesgoso, de ahí que, para alejar fantasmas de guerra y darle forma, legitimidad y contenido a la estabilidad anhelada, las relaciones diplomáticas y las alianzas deban estar ancladas, con firmeza, en convicciones universales y acatar consistentemente el Derecho Internacional. (In perpetuum et unum diem).
El autor es doctor en Ciencias Políticas e internacionalista.
