Ivan Bunin (Rusia, 22 de octubre de 1870- Francia, 8 de noviembre de 1953) primer escritor ruso en recibir el Premio Nobel de Literatura (1933), formado en la literatura clásica, encontró en la pasión amorosa su tema más celebrado. Transcribo las primeras líneas de su relato “Insolación”, traducido por Rosa Moreno Roger.
Habían ya cenado, y abandonando el comedor brillantemente iluminado, salieron a cubierta donde se detuvieron, apoyándose en la barandilla. Ella cerró los ojos y se puso la palma de la mano sobre la mejilla, echándose a reír con espontáneo encanto.
En aquella mujercita todo era delicioso.
—Estoy casi bebida…, o debo estar enteramente enajenada. ¿De dónde dijiste que procedías? Hace tres horas que ni siquiera sospechaba tu existencia. Ni sé tampoco dónde subiste a bordo. ¿Fue en Samara? Bien…, no importa, querido. ¿Me da vueltas la cabeza, o está girando el barco?
Ante ellos se extendía una oscuridad llena de puntos luminosos. Una brisa fuerte y ligera acarició sus rostros, mientras las luces se deslizaban a lo largo del vapor, que efectuó un brusco viraje sobre la corriente del Volga, para acercarse al pequeño desembarcadero.
El teniente tomó la mano de la mujer y se la llevó a los labios. Era fuerte y pequeña y su bronceado le daba un peculiar perfume. La alegría y la angustia agitaron simultáneamente su corazón, trémulo ante el pensamiento de que bajo el ligero vestido de seda se escondía un cuerpo firme y tostado por el sol a lo largo de un mes entero sobre la ardiente arena del Sur (ella le había dicho que procedía de Anapu). El teniente murmuró:
—Bajemos aquí…
—¿Dónde? —preguntó ella asombrada.
—Aquí, en este desembarcadero.
—¿Por qué?
El guardó silencio. La mujer apoyó de nuevo su mejilla en la palma de la mano.
—Estás loco…
—Bajemos —repitió torpemente—. Te lo ruego…
—Akh, como gustes —respondió ella.
Y uniendo la acción a la palabra se alejó.
El vapor continuó su marcha hasta chocar con un ruido sordo con el muelle débilmente iluminado, por lo que ambos casi cayeron uno encima del otro. El extremo de un cable pasó volando sobre sus cabezas, el vapor se bamboleó en el agua bulliciosa, la pasarela crujió…
El teniente corrió en busca de los equipajes.
Recorrieron el soñoliento muelle hasta que, fuera de sus límites, se encontraron hundidos en la arena hasta los tobillos. En silencio, tomaron un polvoriento coche de alquiler. La ascensión por la empinada calle cubierta de polvo, puntuada por unas pocas lámparas colocadas oblicuamente, se les hizo inacabable. Al llegar a la cima, el carruaje traqueteó sobre la calle adoquinada; una plaza, algunos edificios administrativos, un campanario, el calor y los aromas de una noche de verano en una ciudad de provincia… El coche se detuvo ante una entrada iluminada, cuyas puertas entornadas dejaban vislumbrar los peldaños de una desvencijada escalera de madera.
Un viejo criado sin afeitar, vestido con una camisa roja y levita, tomó de mala gana sus equipajes, y emprendió la marcha con aire cansino. Entraron en una habitación grande pero terriblemente mal ventilada, todavía ardiente por el sol diurno, de ventanas cubiertas por blancas cortinas, y en la que un espejo presidía la repisa de la chimenea, provisto de dos velas que nunca habían sido encendidas.
Una vez entraron y el criado hubo cerrado la puerta, el teniente se arrojó impetuoso sobre ella, y ambos se fundieron en un beso de agonizante éxtasis, de tal duración que perdieron la noción del tiempo; jamás les había sucedido una cosa parecida a ninguno de los dos.
