Entendió, como pocos, que la principal tarea de un líder es inspirar fe y confianza en su pueblo. 

 

Juana de Arco (1412-1431) fue una campesina analfabeta que vivió, apenas, diecinueve años. Nunca imaginó que acabaría siendo un símbolo que uniría a franceses monárquicos y republicanos, católicos y ateos, cultos e incultos, pobres y ricos, de derecha e izquierda… que sería la Santa Patrona de Francia, para no ir más lejos.

La nación atravesaba uno de los momentos más difíciles de su historia. Tras la batalla de Agincourt (1415), había sido obligada a admitir que el hijo del rey de Inglaterra lo fuera, también, de Francia. Pero ningún francés lo aceptaba. Aun así, durante la Guerra de Cien años, en la que Francia estaba asediada por ingleses y borgoñeses, nadie se atrevía a coronar al delfín en Reims – requisito sine qua non para ocupar el trono –, a pesar de que su padre había muerto hacía 6 años. El trono vacante constituía una humillación.

Después de que los borgoñeses saquearon Domrémy, su pueblo, Juana aseguró que había escuchado las voces de San Miguel Arcángel, Santa Margarita y Santa Catalina, que le ordenaban entrevistarse con el futuro Carlos VII “y liberar a Francia”. Con el apoyo de Roberto Baudricourt, un noble de Vaucouleurs al que ella atosigó para que la acercara al delfín, éste accedió a entregarle el mando de un ejército de cuatro mil soldados para intentar recuperar Orleans, asediada por el enemigo.

Juana estaba absolutamente convencida de su misión. Y así lo hizo sentir al monarca, a los nobles y a los militares. Fue esta confianza en Dios y en ella misma, esta temeridad, la que facilitó que, en escasos nueve días, rompiera el sitio de Orleans. Pese a que los franceses estaban desmoralizados, después de tantas derrotas, ella había ido ahí a ejecutar una orden divina y, por tanto, no había lugar para el fracaso. Aunque los ingleses controlaban los bastiones más importantes de la ciudad, nada pudieron hacer contra los renovados ímpetus del ejército francés, ahora dirigido por una enviada de Dios.

Tomada Orleans, Juana tuvo una serie de victorias: Jargeau, Meug-sur-Loire, Beaugency, Patay… que dejaron despejado el camino hacia Reims. En julio de 1429, Carlos VII fue coronado rey de Francia: la moral del país había sido restaurada. Más aún: estaba por las nubes. En los siguientes años, los borgoñeses reconocieron a Carlos VII y rompieron su alianza con los ingleses. En 1436, el ejército francés recuperó París: más tarde, Rouen, Caen, Cherburgo, Burdeos y Bayona… nada de lo cual habría podido imaginarse sin los ímpetus que infundió Juana a políticos y soldados.

Bernard Shaw, siempre escéptico y burlón, hizo una excepción con Juana. Acabó escribiendo que cuanto ella hizo estuvo “perfectamente calculado y, aunque todo ocurrió tan rápido y atribuyó su empeño a voces inspiradoras, fue una mujer que no se dejó guiar por impulsos ciegos. En la guerra fue casi tan realista como Napoleón: conocía la importancia de la artillería y lo que de ella se podía obtener. Como Wellington, adoptó sus métodos de ataque a las particularidades de la defensa”. Al desdeñar los dogmas eclesiásticos, concluye Shaw, fue la primera mártir protestante, pues murió siguiendo su propia conciencia.

Tras algunas derrotas posteriores, Juana fue capturada, juzgada y quemada, sin que Carlos VII hiciera nada por rescatarla. Los historiadores siguen discutiendo si ésta fue una decisión pragmática del rey, que ahora estaba concentrado en sus avances, o un acto de cobardía, pero ninguno tiene duda sobre el papel de esta guerrera. Era una fuerza moral que sus enemigos debían extinguir a toda costa… como lo hicieron.

En su drama Enrique VI, Shakespeare la caricaturizó como una hechicera que no solo invocaba a los demonios para que fueran a rescatarla, sino que anunció que no la podían ejecutar pues estaba embarazada de un personaje de la alta nobleza. Voltaire aprovechó su figura para criticar a la Iglesia Católica y a sus compatriotas, que pretendían que la grandeza de Francia dependiera de si Juana era virgen o no. Schiller la convirtió en una imposible heroína romántica, que moría en batalla.

Se han pintado incontables retratos y se han filmado múltiples películas sobre su gesta. Hay que decir, sin embargo, que Juana no debió parecerse a Ingrid Bergman, a Jeane Seberg, a Sandrine Bonnaire, a Milla Jovovich ni a otras tantas actrices que la han encarnado en cine y televisión. Si hubiera sido la mitad de hermosa, señalan sus biógrafos, no habría podido encabezar un contingente militar de hombres tan toscos y violentos. Hay quienes aseguran que, incluso, tenía facciones masculinas.

En cualquier caso, Napoleón la declaró “símbolo nacional”, Jules Michelet sostuvo que encarnaba al pueblo francés y, durante la Segunda Guerra Mundial, De Gaulle utilizó la cruz que ella empleaba en su estandarte – la cruz de Lorena –, para simbolizar la lucha contra los nazis.

Juana entendió mejor que muchos de sus contemporáneos y que muchos de los nuestros, que la primera función de un líder es inspirar fe y confianza a su pueblo, a su comunidad o a su equipo de trabajo.