Robert Lynd (Belfast, 20 de abril de 1879-Londres, 6 de octubre de 1049) fue periodista. Su especialidad era el ensayo corto, de asuntos cotidianos que puntualmente publicaba cada semana. Transcribo las primeras líneas de “Los placeres de la ignorancia”, traducido por Federico Patán para la antología El carácter inglés (UNAM, 2006).
Es imposible dar un paseo por el campo con un pueblerino término medio –sobre todo, tal vez, en abril o mayo– sin quedar asombrado ante el vasto continente de su ignorancia. Es imposible dar un paseo por el campo a solas sin quedar asombrado ante el vasto continente de la ignorancia propia. Miles de hombres y mujeres viven y mueren sin conocer la diferencia entre una haya y un olmo, entre el canto de un tordo y el de un mirlo. Probablemente el hombre que en una ciudad moderna distinga entre el canto del tordo y el del mirlo sea una excepción. No que no hayamos visto esos pájaros. Es simplemente que no les hemos prestado atención. Toda nuestra vida hemos estado rodeados de pájaros, pero tan débil es nuestra capacidad de observación, que muchos de nosotros no podríamos decir si el pinzón canta o de qué color es el cuclillo. Discutimos como muchachitos si el cuclillo siempre canta al volar o a veces lo hace en las ramas de un árbol, si Chapman recurrió a su imaginación o a su conocimiento de la naturaleza en los versos: “Cuando en los brazos verdes del roble canta el cuclullo, / y deleita a todos los hombres en las primaveras adorables”.
Sin embargo, tal ignorancia no es del todo miserable. De ella extraemos el placer constante del descubrimiento. Cada dato de la naturaleza nos llega cada primavera, siempre y cuando seamos lo bastante ignorantes, cuando el rocio todavía está en ella. Si hemos pasado la mitad de la vida sin haber visto nunca un cuclillo y sólo lo conocemos como una voz errante más nos deleitará el espectáculo de su vuelo huidizo según se apresura de un bosque al otro, consciente de sus crímenes, y el modo en que se detiene, como un halcón, en el viento, la larga cola temblorosa, antes de atreverse a descender hasta una ladera de higueras donde acaso acechen presencias vengadoras. Absurdo sería pretender que el naturalista no halla placer asimismo en observar la vida de los pájaros, pero el de él es un placer constante, casi una ocupación sobria y demandante, si comparado con el entusiasmo matutino del hombre que ve un cuclillo por primera vez y, al verlo, el mundo le parece nuevo.
Y, en cuanto a eso, incluso la felicidad del naturalista depende en alguna medida de su ignorancia, que le deja por conquistar nuevos mundos de este tipo. Acaso en los libros haya alcanzado la Z del conocimiento, pero continúa sintiéndose ignorante a medias mientras no confirme con sus ojos cada particularidad brillante. Desea con los propios ojos ver a la cuclilla –¡espectáculo desusado!– poner su huevo en el suelo y llevarlo en su pico al nido en el cual está destinado a cometer infanticidio. Se sentará día tras día con unos gemelos en los ojos, con el propósito de comprobar o refutar personalmente las evidencias que sugieran que el cuclillo sí pone en el suelo y no en un nido […] De seguro que los hombres de ciencia no tienen razones aún para lamentar su perdida ignorancia. Si parecen conocerlo todo, es tan sólo porque usted y yo casi nada sabemos. Siempre habrá un tesoro de ignorancia aguardándolos bajo cada hecho que remueven.
