Fue la artista contemporánea más célebre de Japón.

Sin coincidir con Mario Vargas Llosa en muchas de las tesis que despliega en La civilización del espectáculo, debo confesar que artistas plásticos como Mark Rothko, Barnet Newman y Michael Towsend no me provocan ningún entusiasmo. Peor aún: siento que intentan tomarme el pelo. No me ocurre lo mismo con Yayoi Kusama (1929-2026), la artista japonesa que murió apenas el mes pasado, a los noventa y siete años de edad. Conocí su obra en el Museo Tamayo, en la exposición Obsesión Infinita (2014) y, desde entonces, hubo algo en ella que me cautivó.

Para disfrutarla bastan sus cuadros y esculturas. Ante todo, sus icónicas flores y calabazas. Para descifrarla, sin embargo, sería necesario recurrir a la neurociencia. Ya Erik Kandel, Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 2000, se anticipó a esta aproximación en su libro La era del inconsciente, donde exploró lo que ocurría en los cerebros de artistas como Klimt, Kokoschka y Schiele para haber producido lo que produjeron. Kusama merecerá, en lo futuro, estudios tan amplios como este.

Desde que era niña, experimentó ansiedad, miedo, alucinaciones y la sensación de flotar en el aire. Descubría puntos por todas partes y, para conjurar esta neurosis, comenzó a pintarlos. Derramó lunares por donde pasaba. “Son espacios infinitos”, explicó: “Yo pinto para curarme”. Al principio, los críticos opinaron que era un regreso a la psicodelia, pero pronto advirtieron que su obra iba más allá. Para potenciar el efecto que pretendía provocar en los espectadores, echó mano de luces y espejos.

La primera vez que la internaron en un hospital, adujo que eso lo había provocado el rechazo de su familia a su vocación artística. Ahí había que buscar la explicación de cuanto ella hacía. Su actitud rebelde incomodaba a su madre, a la cual Kusama atribuyó sus desequilibrios. Cuando abandonó la Escuela Municipal de Tokio, aduciendo que la pintura tradicional japonesa (nihonga) le parecía arcaica, su neurosis arreció.

Vivió en Nueva York durante los años 60, en pleno auge de las protestas contra Vietnam y el pop art. Ahí realizó performances con bailarines desnudos para oponerse a la guerra y salvar a la tierra – “ese pequeño lunar” – de políticos y empresarios. Sus happenings se conocieron como Explosiones Anatómicas con el lema: “Aniquilemos con lunares a los hombres de Wall Street”. Luciendo un kimono, pintó puntos en los cuerpos desnudos de sus modelos. Esta mujer que afirmaba sentir repugnancia por el sexo, se convirtió, así, en precursora de la liberación sexual. “La loca de los lunares”, la motejaron sus malquerientes.

En Nueva York, gustaba subir al Empire State a contemplar los puntos que se desplazaban por las calles y se quejó de que Andy Warhol y Claes Oldenburg habían plagiado su idea de utilizar imágenes repetidas. Aquí inició, también, sus “redes infinitas”, que la protegían del mundo y donde experimentó una “auto-obliteración”, donde la frontera entre ella y el universo se difuminaba…

A su regreso a Japón, su trastorno obsesivo compulsivo la orilló a pasar internada cuatro años en una clínica. Se dio tiempo para escribir La red infinita, su autobiografía, y Todos los días rezo por el amor, así como para dilucidar el sentido de su obra. Después, descubrió que se sentía mejor viviendo en un hospital. En 1977, se internó voluntariamente en un psiquiátrico de Tokio, donde pasó el resto de sus días. Eso sí, salía a trabajar temprano a su estudio, situado a unas cuadras. “Mera publicidad”, la acusaron sus detractores.

En 2008, una de sus obras – No.2 –, se vendió en casi 6 millones de dólares. Desde entonces, se le invitó a exponer en los grandes museos y galerías del mundo. Convencida de que los lunares eran un camino sin límites y de que los espectadores desempeñan un papel fundamental en sus creaciones, los invitó a tocarlas, a caminar entre ellas, a dejarse deslumbrar. Así ocurre en su Habitación reflejada al infinito, una “experiencia inmersiva”, donde las paredes de la sala son espejos y el camino está cubierto de agua en algunos tramos, mientras miles de focos se encienden y apagan, a manera de guía.

Hoy, sus trabajos más importantes pueden verse en el Museo de Arte de Matsumoto, su ciudad natal, pero también en el Guggenheim de Bilbao y en otros muchos. El edificio de Louis Vuitton, en los Campos Elíseos de París, está plagado de lunares, mientras una estatua gigante con una peluca roja, la misma que utilizaba la artista, finge colocarlos. Acumulations (1962) incluye butacas con protuberancias cosidas a mano; Pots Obsessions (2003) reúne globos y berenjenas rojas con lunares blancos y El jardín de Narciso (2019) abarca mil quinientos espejos con formas de esfera. Entre figuras fálicas y calabazas moteadas, es imposible no reconocer que Yayoi Kusama representa una propuesta – una propuesta auténtica – en el arte contemporáneo.