Como helenista diletante, debo atender la literatura de Anne Carson desde su vínculo con el griego. Me parece el único punto de partida legítimo, porque en ella la lengua no es un adorno erudito ni un repertorio de citas: es el taller, la herida y el método. El Nobel de Literatura, que hoy llega a una de las obras más singulares de nuestro tiempo, premia a una poeta que escribe en inglés con el oído puesto en otra lengua, una lengua muerta que sigue dictando su gramática del deseo.

La escena de origen se ha vuelto casi un mito, y como todo mito conviene contarlo con cuidado. A los quince años, Carson se topó con un libro de Safo y quedó prendada de aquellos caracteres que todavía no sabía leer. Antes de comprender una sola línea, ya la había seducido la forma física del griego, su caligrafía de otro mundo. Esa fascinación por el signo, previa al sentido, explica buena parte de lo que vendría. Carson empezó a leer a los clásicos como quien mira un objeto extraño y precioso, y nunca dejó de percibir en ellos esa extrañeza.

La disciplina vino después, y fue rigurosa. Con la guía de una profesora de secundaria dio sus primeros pasos en la lengua; más tarde se formó en métrica y crítica textual en Saint Andrews y en Toronto, donde se doctoró en Clásicas. Esa formación la hizo profesora, traductora y ensayista. Conviene subrayar que la filología de Carson no es un peldaño hacia la poesía, sino la poesía misma practicada con otros instrumentos. Quien ha pasado años frente a un papiro mutilado, decidiendo qué letra falta y qué palabra pudo ocupar el hueco, sabe que leer es reconstruir y que traducir es elegir entre pérdidas.

De ahí su obra de traductora, que es ya una forma mayor de escritura. En Si no, el invierno vertió los fragmentos de Safo con una conciencia aguda del estado en que han llegado hasta nosotros: rotos, comidos por el tiempo, suspendidos sobre el vacío. Lejos de ocultar las lagunas, las vuelve visibles con corchetes que marcan el lugar de lo perdido, de modo que el lector entiende que Safo es también una ausencia. Su relación con Eurípides y con Sófocles responde a la misma intuición, aunque con otro temperamento. Sus versiones del teatro trágico buscan una dicción tensa y contemporánea, a ratos seca como un dictamen, a ratos irreverente, y rehúyen la solemnidad museística con que suele revestirse a los clásicos. Para Carson, traducir significa hacer que un texto antiguo respire en el cuerpo de una lengua viva sin traicionar su rareza.

Pero el gesto decisivo, el que la separa de los meros traductores y de los helenistas de gabinete, es que no se limita a traducir ni a imitar el mundo antiguo. Lo usa. Convierte a Grecia en una herramienta para pensar las pasiones, el deseo, la violencia y los dolores de hoy. Los griegos le sirven como lente, y a través de ella lo contemporáneo se vuelve más legible y más cruel.

Eros, el dulce-amargo es la piedra angular de esa operación. Se trata de un ensayo extraordinario sobre el deseo erótico en la Grecia antigua y sobre el vocabulario con que los griegos lo nombraron. Carson parte de un epíteto, el «dulce-amargo» con que Safo califica a Eros, y desde ahí despliega una teoría del deseo como falta, como distancia, como borde entre lo que se tiene y lo que se anhela. El libro es un ejercicio de filología en el sentido más literal, pues se apoya en la palabra griega, en su etimología y en sus matices, pero el resultado es una meditación sobre el amor que no pertenece a ninguna época. Uno termina de leerlo entendiendo mejor su propia vida sentimental, y eso, en un tratado sobre la antigüedad, es una pequeña hazaña.

Si el ensayo es el laboratorio, Autobiografía de rojo es el experimento más audaz. Esta novela en verso reescribe el mito de Gerión, el monstruo alado de color rojo que Heracles derrota en uno de sus trabajos, a partir de los fragmentos que de él dejó el poeta Estesícoro. Carson toma al monstruo vencido y lo hace un joven homosexual contemporáneo, sensible, fotógrafo, herido por un primer amor que lo devasta. El mito pierde su épica de matanza y gana una intimidad desgarrada, y el gigante de tres cuerpos se convierte en un adolescente que apenas sabe nombrar lo que siente. Es una inversión admirable: la tradición suele narrar la historia desde el héroe, y Carson se pone del lado de la víctima, de lo que el mito aplastó para que el héroe pudiera brillar. La novela demuestra que un texto antiguo, leído con suficiente amor y suficiente atrevimiento, puede decir lo que los modernos no sabíamos cómo decir.

El procedimiento se repite en otras figuras. Carson ha llegado a equiparar personajes de la épica o de la tragedia con íconos modernos, y quizá el ejemplo más célebre sea el de Helena de Troya vista a través de Marilyn Monroe, en Norma Jeane Baker of Troy. El paralelo es feroz y exacto: dos mujeres convertidas en objeto de una mirada colectiva, cuyo cuerpo es pretexto de guerras y de fantasías ajenas y cuyo relato siempre cuentan otros. También aquí hay rastro de Estesícoro, el poeta que según la tradición se retractó de su versión de Helena y la limpió de culpa. Carson recoge ese gesto de enmienda y lo vuelve contra la historia de la belleza condenada.

Habría que decir, para no incurrir en la hagiografía, que esta obra exige un lector dispuesto a perderse. Carson desafía los géneros, mezcla ensayo, poema, libreto y traducción, y se complace en lo fragmentario y en lo oblicuo. Pero esa dificultad es consecuencia de su fidelidad a las fuentes. Los griegos nos llegan en jirones, y ella escribe como quien ha aprendido a pensar en jirones.

Para quienes leemos desde México, la lección tiene resonancias propias. Nuestra relación con la lengua heredada, con lo que el tiempo se llevó y con lo que hay que reconstruir a pedazos no nos es ajena. Carson enseña que la tradición no es un monumento sino una conversación que se reanuda cada vez que alguien se atreve a leer de verdad. Su Grecia es un archivo vivo, siempre dispuesto a ofrecer una palabra para el desamparo presente.

El premio de hoy reconoce, en suma, a una escritora que ha hecho de la filología una forma de la pasión y del griego antiguo una lengua del presente. Quince años tenía cuando un libro de Safo le mostró unas letras que no entendía. Desde entonces ha dedicado su vida a entenderlas, y al hacerlo nos ha enseñado a todos a leer mejor.

El autor estudió arqueología en la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México y es periodista en Chihuahua. Cubre temas socioculturales, política, violencia y derechos humanos. Es autor de HÜZÜN y sus investigaciones exploran la religiosidad popular, la muerte y los santos populares.