En la conformación del sistema político mexicano y la concentración del poder en la persona titular de la presidencia de la República, el asunto de la sucesión ha ocupado un espacio preponderante. Es la no reelección de Lerdo contra Juárez y de Díaz contra Lerdo; el juego del hombre indispensable en el porfirismo; vuelta a la no reelección de Madero contra Díaz; el triunvirato sonorense con la hegemonía y asesinato de Obregón; el Maximato, el partido del régimen como institución, el mando indiscutible reivindicado por Cárdenas y la construcción sucesoria como deber de autocontención en el tiempo del poder. Hubo algunas ilusiones de continuidad. Fracasaron.

En el tránsito de la competencia, uno soltó -sus razones tendría-, dos no lograron la postulación de su preferencia y uno más llegó políticamente exhausto. Tres alternancias y una continuidad sin identidad.

En 2023, bajo el manto retórico de la cuarta etapa de la Nación Mexicana, resurgió el Tapado en su versión 3.0: las corcholatas, la competencia acotada-simulada y el ungimiento derivado de la determinación presidencial, con un fortísimo ingrediente no sólo de identidad en el rumbo y el método, sino de dependencia política. Vuelta a la costumbre en el período estelar del partido hegemónico post revolucionario: transferir el poder a quien se prefiere, se construye y se instala con cierta comodidad en el cargo.

A su paso y bajo observación y análisis permanente, la ungida ha padecido una secuela del clima de polarización promovido por su antecesor y continuado por ella: ¿quién está realmente al mando? Para algunos, en el equívoco, es planteamiento por la identidad política contrastante o distinta, para los demás -realistas- sólo es la búsqueda de las señales y las evidencias del nacimiento del nuevo sol, condición indispensable para la eventual conducción del proceso político sucesorio en el formato de control corto reinaugurado por el ex presidente López para entregar la estafeta.

A partir de la asignación inicial de tareas políticas y responsabilidades administrativas, cabe registrar los ajustes en favor del nuevo tiempo. De saque, las personas abiertamente identificadas con la figura ascendente mostraban mejores perfiles de experiencia de gobierno y ejecución de políticas públicas (vgr., seguridad pública, energía, obras e infraestructura, ciencia, digitalización, salud y cultura), aunque sea el desempeño del gobierno la faz más rezagada en la evaluación pública general; en tanto que las personas más identificadas con el pasado reciente recibieron encargos más próximos a la conducción y gestión política o encaminadas a ello (vgr., gobernación, finanzas públicas, procesos parlamentarios, justicia, control de gestión y organización política).

Los cambios son significativos: las finanzas públicas, la coordinación parlamentaria en el Senado, la titularidad de la Fiscalía General de la República, la dirigencia de Morena. De inicio contó con la titularidad del Centro Nacional de Inteligencia; luego tomó la Unidad de Inteligencia Financiera. Vale recapitular el carácter institucional de los titulares de la Defensa Nacional y Marina. En el espacio de la conducción política tienen más identidad con el pasado o propia, quienes despachan en Bucareli y San Lázaro; también se percibe en la pinza del sistema de subsidios en efectivo a la población.

Como lo han evidenciado los dos años de gestión transcurridos, desde la presidencia no hay ánimo por construir acuerdos o de dialogar siquiera con la pluralidad que complementa el espectro político; ahí no se ha querido incidir. Sin embargo, no es lo único político; también están las funciones de prevenir y, en su caso, procesar las diferencias y conflictos al interior del bloque gobernante, así como de articular los intereses distintos para sostener las decisiones gubernamentales con el mayor respaldo.

Si el equipo cercano no es políticamente experimentado ni sólido, ¿es en la presidencia misma donde se concentra la conducción política? ¿Qué se observa del ejercicio del poder presidencial? Tres planos: (i) en la jefatura del Estado no se aprecia la capacidad para representar al conjunto nacional, reconocer interlocutores legítimos en la diversidad ni construir entendimientos más allá de la coalición gobernante; (ii) en la jefatura del Gobierno no se percibe habilidad particular para prevenir y anticipar conflictos, conciliar objetivos no compatibles, coordinar responsabilidades y transformar las propuestas en decisiones ejecutables con eficacia; y (iii) en la jefatura del movimiento ha enfrentado dificultades y fracasos para arbitrar intereses de grupos y de aliados, establecer reglas y su aceptación, así como para establecer compromisos que sostengan y amplíen la gobernabilidad interna. El saldo parece converger en una insuficiente intermediación política.

Más allá del plano del control gubernamental desde la presidencia, la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo ha sido introducida a otro reto: el control de los tiempos políticos de la sucesión (e implícito de los actores; cercanos, no realmente y antagónicos). El pronunciamiento del Sen. Manuel Velasco sobre el secretario Omar García Harfuch con el parangón de Pedro Infante para reconocer y postular su condición sucesoria ha traído anticipadamente la cuestión al periodo presidencial en marcha. La Dra. Sheinbaum y el secretario hicieron el esfuerzo pertinente de contención pública. Pero, el hecho es que el tema fue detonado por un aliado que reflexiona sobre el futuro del poder, para el partido en el cual milita y para sí. Otro posible contendiente fue compelido por las circunstancias a pedir que lo excluyan.

Obvio: antes de que existan proceso y precandidaturas, la referencia sucesoria tiene la capacidad de influir en los cálculos de las fuerzas políticas y los actores con interés directo o indirecto. En el ámbito del gobierno y el movimiento político que lo sustenta el reto será preservar la eficacia del colaborador al cual se le tiene confianza, pero cuya proyección futura puede empezar a modificar la forma en la cual otros se relacionan o relacionarán con él; el mundo de las aspiraciones, las resistencias, las simpatías, los rechazos, los acercamientos y los apoyos.

Y más, las declaraciones del Sen. Velasco funcionan como una señal a todo el sistema político: en la ruta de la sucesión hay una figura sólida con el fuelle para iniciar la ordenación de relaciones políticas al interior del partido oficial y del régimen, así como más allá de ambos: otras formaciones y los agentes esenciales del poder. Unos ven a quién y otros contra quién. Dos vertientes como mínimo: la cercanía o la búsqueda -interlocución, coincidencias, entendimientos-; y la distancia y su significado -mayor escrutinio, crítica, rechazo-, que conducen a la valoración o construcción de una alternativa.

No es el tema sucesorio en abstracto. Es quien habló y sobre quién lo hizo. Es el tema con nombre. Es declaración que anticipa tiempos; es mención que mueve -a querer o no- a todo el sistema de partidos y al sistema político mismo a iniciar el cálculo de su relación con el enigma del poder futuro, y cuando hay ausencia de alternativas -en lo propio y en lo general- ese cálculo cobra mayor relevancia.

La sucesión ha sido planteada públicamente. Tiempos adelantados. El desenlace está abierto.