El mundo conoció que al Papa León XIV le fue removido un nódulo en el pulmón. Desarrollos recientes dan cuenta de la recuperación del Pontífice, quien ya retomó sus actividades cotidianas.  El tema generó comentarios que derivaron en dos vertientes. Por un lado, preocupación real por su salud. Por el otro, especulaciones sobre su capacidad para conducir a la Santa Sede en un entorno global complejo, y a la Iglesia Católica en circunstancias de crisis por la falta de vocaciones y la creciente desbandada de fieles. En el futuro inmediato, la salud del Papa también propició dudas sobre la viabilidad del viaje apostólico a Uruguay, Argentina y Perú, previsto para el próximo mes de noviembre. En este contexto lleno de rumores, destacan los comentarios alarmistas (¿maquiavélicos?) del Cardenal Secretario de Estado, Pietro Parolin, quien dijo que, de ser necesario, Robert Prevost reestructurará su pontificado. La lectura cuidadosa de ese planteamiento sugiere que, su “delicada condición”, podría llevarlo a dar celeridad a su reinado para marcar huella en la historia del papado. Para reforzar la especie, mencionó que el periplo por América Latina se mantiene en la agenda, pero sujeto a la evolución post operatoria. Tales dichos no son cosa menor en la boca de ese purpurado, quién fue serio contendiente de Prevost en el cónclave que lo eligió al trono de Pedro y que, en su fallido intento, confirmó que aquellos que ingresan a la Capilla Sixtina como “papables”, salen como cardenales.

Entre los “hombres (y mujeres) de Dios” hay celo político y una lucha tan encubierta como encarnizada por el poder. No es nuevo; la existencia de grupos e intereses competitivos y contrapuestos en el palacio apostólico y entre los cleros secular (diocesano) y regular, da cuenta de eventos sombríos como la muerte precoz de Juan Pablo I o la purga emprendida por su sucesor, Karol Wojtyla, para sanear las finanzas vaticanas. En efecto, una cosa es la religión (y la feligresía), y otra el manejo transaccional de los expedientes que interesan a la sede petrina y a los diversos sectores que conviven en la estructura eclesiástica. Para muestra bastan dos botones, por cierto vinculados con México. Uno es la pugna religiosa (¿política?) del desaparecido Samuel Ruiz, ex obispo de San Cristóbal de las Casas, con Juan Pablo II, a quien desafío mediante el ejercicio de una singular “teología indígena”, que se alejó de Roma y de la opción preferencial por los pobres (CELAM). El resultado fue la jubilación de Ruiz. El otro alude al malogrado fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, de quien el Papa polaco conoció señalamientos por abuso sexual y, no obstante, lo mantuvo cerca de él. En el cálculo de Wojtyla, pesó más la generosa contribución económica del Regnum Christi al Vaticano que la conducta de Maciel, porque esos recursos resultaron cruciales para la reconstrucción de la Iglesia en Europa oriental, tras la caída del muro de Berlín. La sanción llegó con Benedicto XVI, quien lo alejó del sacerdocio y lo confinó a la oración y la penitencia, hasta que en 2008 murió. Regresando a Roma, la especulación sobre la salud de León XIV no es ingenua y abre una primera puerta al reacomodo de los grupos que aspiran a colocar a alguien de los suyos cuando Prevost falte. En todo caso, el ruido causado por Parolin confirma la condición mundana de la curia y su dificultad para hacer valer la máxima de que la Iglesia Católica no hace política, “porque su reino no es de este mundo”. Quaerite ergo primum regnum Dei, et justitiam ejus. (Mateo 6:33).

El autor es Doctor en Ciencias Políticas, internacionalista.