Sin sus descubrimientos, habría sido imposible descifrar el ADN.

 

Erwin Schödinger escribió que si la Biología de veras pretendía comprender lo que denominamos vida, debía empezar por aplicar los principios de la mecánica cuántica. Desentrañar las estructuras más pequeñas de los seres vivos, las que componían las células y sus organelos, resultaba primordial. Cuando el inglés Francis Crick y el norteamericano James Watson leyeron esta aseveración, quedaron fascinados.

Fue la que les llevó a construir el modelo en que los nucleótidos adenina, timina, citosina y guanina conformaban el Ácido Desoxirribonucleico (ADN), la molécula que almacena los datos genéticos de los seres vivos. Gracias a este modelo pudieron develar el “manual de instrucciones” sobre el modo en que se copian y transmiten los datos hereditarios de nuestros antepasados. En 1962, ellos y Maurice Wilkins recibieron el Premio Nobel de Medicina y Fisiología.

El hallazgo, sin embargo, no se habría podido llevar al cabo sin la participación de una de las científicas más dotadas – y más desafortunadas – del siglo XX: la cristalógrafa inglesa Rosalind Franklin (1920-1958), quien ya había realizado importantes descubrimientos sobre la conformación molecular del carbón y los virus del tabaco. Fue ella quien ordenó que se tomaran las fotografías que utilizaron sus colegas para develar la estructura del DNA. Las utilizaron sin su permiso, hay que añadir.

Hija de una acomodada familia judía, su primer desafío fue vencer la resistencia de su padre a que ella se dedicara a las ciencias. Salió avante con el respaldo de su madre y su investigación sobre el carbón le permitió obtener un doctorado en la Universidad de Cambridge. Más tarde, trabajar una temporada en París, donde se enamoró del estilo de vida de los franceses – “Amo la gente, el país y la comida” – y, también, de un hombre casado. Este fue, quizás, el único amor de su vida.

A su regreso al King College, era una cristalógrafa destacada. Se avocó a explorar los cristales mediante la difracción de los Rayos X, lo que le permitió obtener fotografías de una calidad insuperable hasta el momento y obtener la imagen y calcular los parámetros de la hélice helicoidal del ADN. También, advertir que éste se componía de fosfatos y azúcares que se entrecruzaban. En 1951, Crick y Watson invitaron a comer a Franklin y a Wilkins en Cambridge, para mostrarles el modelo que ellos habían construido: una triple hélice. Franklin echó por tierra sus hipótesis, haciendo comentarios mordaces. Los científicos salieron humillados.

Aficionada al senderismo, a las caminatas y a andar en bicicleta, poseía un carácter obstinado y un afán perfeccionista – inflexible, dicen algunos – que le ganaron la antipatía de muchos colegas en el King´s College. La de Wilkins en particular, que había pretendido, en vano, tenerla bajo sus órdenes. Por eso, ella optó por mudarse al Barbeck College. Antes, sin embargo, el director del instituto le pidió que entregara los resultados que había obtenido a la fecha. Entre estos, la “fotografía 51”, clave en el diseño del modelo de ADN.

En sus memorias, James Watson escribió que, en el momento en que vio esta fotografía, “se me cayó la mandíbula y se me aceleró el pulso”, como sí él hubiera desentrañado el patrón simétrico de las manchas de rayos X difractados, y como si Rosalind Franklin nunca hubiera advertido la magnitud de aquello. Hoy sabemos que, a sus veinticuatro años, Watson no sabía entonces nada de cristales y, también, que Rosalind Franklin siempre supo lo que había encontrado, como consta en sus notas.

Para su desgracia, antes de cumplir treinta y ocho años, murió víctima de cáncer de ovario que ya se le había detectado. ¿Fue acaso por su exposición a los rayos X, como se ha especulado? Lo cierto es que no pudo completar el modelo en el que avanzaba, ni tampoco defender su descubrimiento, que Crick, Watson y Wilkins se apresuraron a revindicar como suyo. Watson, fue más allá: la apodó “Rosi” – un diminutivo que ella detestaba – y la criticó hasta por su forma de vestir. Más tarde se retractó, cierto, pero su sexismo y racismo provocaron que, tiempo después, se le destituyera de sus cargos en el Cold Spring Harbor Laboratory (NY), donde se había ido a refugiar. Acabó subastando la medalla de su Premio Nobel.

En su libro Sabias, Adela Muñoz Páez señala: “Es difícil entender por qué unos científicos brillantes, que hasta entonces habían tenido un comportamiento ético intachable, obraron de semejante manera”. Entonces Inglaterra competía con EUA para descifrar el ADN… pero esto no responde la pregunta. Hoy, Rosalind Franklin es símbolo de las mujeres ignoradas por la ciencia.