Soy un hombre de ya varias décadas con un historial sentimental que ninguna agencia se atrevería a calificar sin antes pedir un seguro. Por eso me siento calificado, valga la redundancia, para explicar cómo funciona el grado de inversión.
Primero, las calificadoras. Existen tres de supremo interés: S&P, Fitch y Moody’s. Revisan tus cuentas, tu crecimiento, tus deudas y tu historial, y te asignan unas letras que determinan cuánto te cuesta que alguien te preste. En mi caso, las calificadoras son mi madre, mi mejor amigo y mi ex. Mi madre es S&P: me quiere, pero lleva años con perspectiva negativa. Mi mejor amigo es Fitch: ratifica todo con un “ya vas a encontrar a alguien” que no compromete a nada. Y mi ex es Moody’s, que me rebajó la nota con la elegancia de un comunicado oficial: un deterioro persistente de mis finanzas, que traducido significa que yo nunca invitaba.
Segundo, el grado de inversión. Es la línea que separa a los países confiables de los especulativos. En el último escalón del lado bueno está México, colgando como yo de la última cita que no cancelé. Del lado de abajo está el llamado bono basura, un término que me suena familiar, porque así me describió una mujer en una cena a la que yo había invitado.
El grado de inversión en el amor es sencillo: es el tipo que tiene casa propia, responde mensajes y sabe qué quiere. Yo, en cambio, soy un mercado emergente: muchas posibilidades, ninguna garantía y un historial de crisis que se repiten cada tres años. Tengo mucho potencial según mi mamá, que es la misma fuente que asegura que “la que es para vos, llega sola”. Llevo esperando desde 2009 y la única que llegó sola fue la factura de la luz.
Tercero, Cuando un país pierde el grado de inversión, los grandes fondos, que por reglamento solo pueden tener papeles serios, el peso se tambalea y todo se encarece. Para perder la calificación basta con que dos de las tres agencias grandes te pongan por debajo de la línea. A mí me bastaron dos. Después de la segunda, todos mis inversionistas salieron en el mismo mes: mis amigos dejaron de preguntarme cómo iba, mi familia empezó a hablar de mí en pasado, y lo único que conservé fue un pequeño fondo de capital emocional, que por lo general se invierte en mi psicóloga.
La situación actual del país, por si les interesa comparar. México está a un escalón de que Fitch y Moody’s lo manden al sótano, y S&P, que lo tiene un poco más arriba, ya le puso perspectiva negativa. Las razones suenan a conversación de pareja: bajo crecimiento, un déficit fiscal que ronda el cinco por ciento del PIB y una petrolera a la que el gobierno sigue rescatando porque “va a cambiar”. Hay muy pocas cosas más mexicanas que perdonarle todo a Pemex, salvo quizá perdonárselo todo a una mujer que dice que ya cambió.
El gobierno, por supuesto, insiste en que no pasa nada: que conserva el grado de inversión con las agencias que evalúan su deuda, que todo está bajo control. Yo conozco esa frase. La he dicho en voz alta, frente al espejo, mientras la persona con la que salía revisaba su teléfono con un interés que no era por mí.
La moraleja. Los países pierden el grado de inversión a pedazos: un recorte, un “ya veremos”, una perspectiva que pasa de estable a negativa sin que el protagonista se entere. Yo lo perdí igual.
Y lo peor no es la caída. Es que, cuando por fin te califican, ya llevas años cotizando como si nadie lo hubiera notado.
México aún conserva el grado de inversión. Yo, con suerte, conservo la contraseña del WiFi de mi vecino.
San José, Costa Rica
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