Ignacio Trejo Fuentes
Las minificciones, o microrelatos, narraciones bonsái o como quiera llamárseles tienen en nuestros días, en México, un auge sorprendente; es como si sus autores hubiesen descubierto que es facilísimo hacerlos. Pero qué va, se trata de una de las especies más complicadas debido a que sus cultivadores deben evitar caer en el chiste, el epigrama, el aforismo u otras manifestaciones cercanas y conseguir cuentos auténticos. En nuestro país ha habido, hay, maestros del género; pienso, por supuesto, en Julio Torri, en Augusto Monterroso, en Juan José Arreola y en Edmundo Valadés; luego, en René Avilés Fabila, en Agustín Monsreal y en Guillermo Samperio; y entre los autores más recientes, en Armando Alanís, Marcial Fernández y el sorprendente Gilberto
Prado Galán (escribe narraciones breves en forma de palíndromas). Agréguese a la lista apresurada a Fernando Reyes.
El autor (Ciudad de México, 1967) es poeta, cuentista, antólogo, editor y novelista: reseñé aquí, con entusiasmo, su novela La filósofa, la jinetera y el Comandante. Con no menos entusiasmo leí Cuentos para incendiar la oscuridad, donde reúne un poco más de ochenta cuentos jíbaros, como los llama Javier Perucho. Es notable que, a diferencia de otros escritores dedicados a esta especie, Reyes no haga una mezcolanza arbitraria, y por el contrario les dé un orden temático; así, las secciones se llaman “Cuéntame una de escritores”, “Máximas y otras mínimas historias”, “Las historias del súper se venden solas”, “Suicidio, boleros y tánatos”, “Clásicos reloaded”, “La suciedad y otras sociedades”, “Le creció la nariz a la realidad”, etcétera, y los lectores pueden imaginar el contenido de cada apartado.
Destaca también el hecho de que Fernando Reyes posea un sentido del sarcasmo bien definido que utiliza a menudo en sus microficciones. Y sentido del humor. Y una vasta serie de referencias culturales que nutren sus cuentos a escala. ¿El resultado? Un excelente libro.
Me gusta particularmente “Baby Blue”, donde en siete breves párrafos se cuenta una historia truculenta: la flamante madre que asesina a la recién nacida. Y quiero, en vez de seguir con la descripción, cederle la palabra al autor:
“El mago se distrajo al mover su mesita de trucos. Cuando volteó, el niño asistente había desaparecido, junto con el sombrero, la varita, el público y el escenario”.
“Al saber que quienes en el mar cantaban eran la Fitzgerald, la Joplin y la Piaf, Odiseo maldijo la cera en sus oídos y empezó a quedarse loco”.
“Dormían profundamente. De repente, ella se incorporó intempestiva y lo despertó zarandeándolo: —¿Qué estás soñando, maldito?”.
Los ejemplos no son chistes ni aforismos ni viñetas ni epigramas. Son cuentos redondos.
Fernando Reyes, Cuentos para incendiar la
oscuridad. VersodestierrO Editores,
México, 2010; 112 pp.
