Telecracia vs. democracia/IX-XIV

Javier Esteinou Madrid

Ante la severa decadencia del sistema político nacional que ocasionó que durante mucho tiempo éste desdeñara o considerara muy poco a los ciudadanos, sorpresivamente los jóvenes del país hartos de esta larga herencia de irresponsabilidad, marginación, simulación y desvergüenza del viejo orden establecido, expresaron su indignación nacional creando el 11 de mayo del 2012, a través de las redes sociales, el movimiento estudiantil denominado Yo Soy 132. Dicho movimiento rebasó la mercadotecnia propagandística light de los estrategas de los partidos y la posición prepotente de los poderes fácticos mediáticos de la radio y la televisión privada introduciendo una nueva interrelación entre candidatos a la Presidencia de la República, partidos políticos y ciudadanía que modificó positivamente el clima electoral de esa fase de transición política nacional.

En esta forma, surgió el movimiento estudiantil Yo Soy 132 que sacudió el país y emergió como señaló Denis Dresser (Proceso, 1867) con un posicionamiento lejos de las imposiciones ideológicas y cerca de las preocupaciones ciudadanas, con una lógica lejana a los intereses de los poderes fácticos y cerca de quienes los cuestionan, rechazó la desinformación y exigió la veracidad, cuestionó la manipulación y exigió el profesionalismo, criticó las directrices del duopolio televisivo y logró romper el cerco que con demasiada frecuencia impone.

Armado únicamente con el entusiasmo y los instrumentos de las redes sociales, cambió el debate preelectoral y lo condujo hacia lo que realmente importa: la disfuncionalidad de la democracia mexicana y las peores prácticas que aún la caracterizan.

De esta manera, la corriente juvenil Yo Soy 132 se autodefinió ante la opinión pública en su primer manifiesto como un movimiento eminentemente estudiantil con las siguientes características: “Somos un antiguo minero, o un joven rebelde, o una burguesa guapa. Somos lo que ustedes no son. Nosotros venimos de las redes, de un mundo de ceros y unos, de un mundo que no conocen y que nunca manipularán. No queremos el mundo tuerto que los medios construyen cada día para distraernos mejor. Somos los que no encontraron la salida y se perdieron en las escaleras de emergencia. Somos el México que despertó. No nos creemos las clarinadas de la victoria: «La democracia ha ganado», «La historia se ha acabado», «Triunfa la libertad», «El mercado está abierto»”.

“Nosotros nacemos del silencio, lejos del bullicio de nuestras manifestaciones. Somos los que balbucean consignas en contra del poder. Nuestra ideología, erra, vagabundea. Somos los expatriados, los que no creen en las fronteras ni en los pasaportes. Somos amigos de lo clandestino, parias que copian software, música y libros y los distribuimos en todo el mundo. Somos los que conjuran un mejor país, hombres y mujeres partidos en varias lenguas, en muchas culturas y pensamientos. Somos los desesperados, los que refrescan el timeline cada cinco minutos. Somos la nostalgia de revolución de nuestros padres. Somos la nostalgia de un futuro que podría ser”.

“Creemos que la protesta pertenece al pasado, pero también creemos que la protesta contra el orden es el fundamento del orden nuevo. Somos un camino, una desviación. Somos Yo Soy 132”.

A través de dicha dinámica de insurgencia civil, se inició sorpresivamente la etapa de la primavera mexicana, consistente en la discusión abierta en el espacio público, especialmente del Internet y de algunos medios de comunicación públicos por parte de la sociedad civil, sobre los grandes problemas de la nación y la demanda de la resolución de los mismos. Paradójicamente, durante muchas décadas los partidos políticos, ni el sistema de comunicación comercial de las industrias electrónicas particulares, ni el gobierno de la “transición a la democracia” no fueron capaces de generar tal nivel de concientización y de polemización nacional.

De esta forma, impactó relevantemente la dinámica política y de participación social del país y siguiendo a Dresser se puede decir que exhibió los vínculos entre el poder mediático y el poder político y lo hizo eficazmente. Obligó a las televisoras a ceder y a los políticos a recular. Obligó a los candidatos a debatir y a los medios a informar. Abolló la candidatura de Enrique Peña Nieto y lo forzó a anunciar reformas que de otra manera jamás habría promovido. Armó marchas multitudinarias en el Distrito Federal y sacudió conciencias en otros estados. Colocó —en varios eventos de campaña— al puntero priista contra la pared. Pero más importante aún: abasteció la esperanza en el país posible. Cuestionó la pasividad de un país predecible. Le informó al PRI que ya no podría gobernar de la misma manera: edificando porros, comprando candidaturas, manteniendo a México en la inamovilidad.

Tal corriente juvenil obligó a que la orientación verborréica de las campañas políticas, la conducta autoritaria de los monopolios mediáticos y la actitud simuladora de los partidos, cambiaran de dirección, permitiendo la apertura y la expresión de la pluralidad en los diales de la radio y las pantallas de televisión; y paradójicamente, lograron que algunos de los candidatos a la presidencia de la nación polemizaran con dicho frente ciudadano sobre cómo enfrentar y solucionar los grandes pendientes de la agenda de la república.

Paradójicamente, este movimiento juvenil de renovación nacional surgió primero en Internet, a través de diversas redes sociales, y posteriormente, tomando físicamente los espacios públicos, con banderas ciudadanas que nunca antes se habían levantado como propuestas políticas de renovación del sistema de comunicación colectivo y de reestructuración del proceso de democracia nacional.

Así, por ejemplo, demandó limitar el poder de los monopolios de la comunicación, la transmisión en cadena nacional de los debates para la presidencia de la república, evitar la manipulación informativa de las industrias culturales, la creación de nuevas cadenas de televisión en todo el territorio nacional, el incremento de voces plurales en la programación comercial, la formación de figuras jurídicas defensoras de las audiencias, la apertura de nuevos espacios ciudadanos en los canales electrónicos… que las plataformas legislativas de los partidos políticos nunca fueron capaces de plantear por sus bancadas durante muchas décadas a la sociedad.

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