La casualidad—y, sobre todo, los centenares de heridos y daños materiales que dejó tras de sí el meteorito que cayó en los Urales—ha elevado para muchos a la categoría de amenaza lo que hasta ahora era una curiosidad celeste o un buen argumento de relato de ficción. La coincidencia de los dos asteroides “ha encendido las alarmas de posibles impactos dañinos y la necesidad de esforzarnos en la búsqueda de este tipo de objetos y en los métodos posibles de su neutralización, que es algo aún sin resolver”, reflexiona Agustín Sánchez-Lavega, astrónomo de la Universidad del País Vasco especialista en el Sistema Solar.