Bazar de la serpiente

El escritor se afianza a su labor creativa más allá de un aparente impedimento físico, caso del poeta que hoy nos ocupa con su libro Bazar de la serpiente, con el que trepa hacia la luminosidad creativa paradójicamente con todos los sentidos, menos con la vista. Es la condición que Gilberto Castellanos (Ajalpan, Puebla, 1945) lo envuelve, mas su labor se sobrepone, es entonces que la mirada se muda hacia todo el cuerpo: “El bochorno arte, fósforo en el tímpano y un vacío/ que afina repeticiones del calendario,/ sapiente ocular para la desmemoria, seso/ arduo del febrero que ya no escucha marzos/ con anquilosis y un flaco, yo, héroe que adivina/ las vocales reidoras en las comisuras”.

Niños tristes

La repercusión del día nuevo, el de la tecnología, el de la gente que ha cobrado una actitud grotesca, por decir lo menos, tiene una presencia aparentemente oculta entre la sociedad, mas de ningún modo es así. En el libro que hoy nos ocupa Niños tristes —título que no lo encontramos apegado en ningún modo a los relatos— el autor nos retrata la cotidianidad, una cotidianidad en la que se ha vuelto común el engaño, la falsedad, lo inestable, la depresión y, por encima de todo, lo irónico que puede llegar a ser en nuestro medio, el de una sociedad mexicana lastimada por el día nuevo.

Sentidos de permanencia

La figura delinea la palabra, el alrededor delinea al hombre, a la mujer. El poeta acude a su quehacer creativo para tallar lo que le ha sido dado, lo que lo delinea. Es como hablar de un sentido extra, con el que se puede ver o sentir y, en el caso de Sentidos de permanencia, de A.E. Quintero (1969), el sentir clava su fuerza en los objetos, en la memoria, en escenas aparentemente ajenas pero que tienen un alojo en el subconsciente, en lo impalpable, en lo que se ha ido, en lo que permanece, y lo que permanece es la obra: escultura de páginas.

Mario Calderón sobre las huellas de la realidad

El mundo como obra literaria. Una novela en la que cada personaje tiene huellas de su pasado y el rumbo de su futuro, sin dejar de lado su presente. Una estructura de la realidad que ahora el profesor de Literatura de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Mario Calderón (Guana­juato, 1951), propone en su libro La estructura de la realidad derivada de la literatura (Eternos Malabares, 2013) para que pueda leerse el entorno por cualquier persona y, sobre todo, entender el valor de un signo.

La llave de los elementos

La magia está dada, el deslumbramiento se fija en todo el cuerpo. La infancia detrás de un muro se escucha con sus tonos de luz, es entonces que hacer un recorrido por esos lugares es cerrar los ojos (acudir a la llave) y entrar a las ramas del árbol inamovible que nos espera, como un fruto que ha de volver. Los sueños tienen la misma intensidad que las situaciones reales, por eso también aquí caben, en la exposición de la memoria.

Cien años de Efraín Huerta

El poeta escribe en el tiempo, ahí sus huellas; indelebles líneas que marcan/remarcan su ser que es presencia en las letras. El perfil se construye con lo que lo domina, no con lo que el autor domina. La prueba resplandece a lo largo de una obra, como el caso de Efraín Huerta, el poeta que, según él, por su aguante y su pereza lo llamaron “El gran cocodrilo”, autor que debiera resumirse como el poeta de la vida y de la muerte.

Juan Villoro sobre la cancha

Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) vuelve sobre la cancha con su más reciente libro Balón dividido (Planeta, 2014). El futbol, del que ha sido aficionado desde su infancia, es el tema que lo lleva a ocuparse de algunos protagonistas del balompié: Piqué, Messi, Pep Guardiola, Cristiano Ronaldo, los hermanos Boateng y, por supuesto, análisis históricos y sociológicos que abren el debate pero, sobre todo, permite adentrarnos en personalidades o instantes que pueden pasar desapercibidos ya en el mismo estadio, ya por televisión.