De la era de las catacumbas habla la popular novela Fabiola del cardenal Wiseman (Sevilla, 2 de agosto de 1802 – Londres, 15 de febrero de 1865) al que si bien no logró llegar a papa (murió poco antes que Pío IX y era el más firme candidato a ocupar la silla de San Pedro), su única novela lo inmortalizó como referencia de la historia de la antigua Roma. La protagonista, creada como ejemplo de conversión de una mujer rica romana, permanece en el imaginario popular como símbolo del amor. Transcribo las primeras líneas (editorial Cumbre, 1956).
“Si el lector quiere acompañarnos, daremos una vuelta por las calles de la antigua Roma en una templada tarde de septiembre del año 302. El sol marcha hacia su ocaso y dentro de dos horas habrá desaparecido del horizonte. El día es espléndido, sereno y la brisa vespertina ha refrescado el ambiente invitando a los habitantes a salir de sus viviendas y dirigirse, unos a los jardines del César, y otros, a los de Salustio para gozar del paso de la tarde y recoger las noticias del día.
”Sin embargo, nosotros, amigo lector, encaminaremos nuestros pasos hacia la parte de la ciudad llamada Campo de Marte, que comprendía, en un principio, toda la llanura aluvial situada entre las siete colinas de la antigua Roma y el Tíber. Este campo, que antes de la caída de la República había estado destinado a los ejercicios atléticos y militares del pueblo, fue invadido poco a poco por edificios públicos. Pompeyo construyó en él el teatro que lleva su nombre, y poco después Agripa edificó el panteón y los baños a él agregados; pero en los primeros tiempos del Imperio, la parte llana de este campo fue ocupada gradualmente por edificios particulares, mientras que la clase aristocrática levantaba en las colinas suntuosas moradas. Así, el monte palatino llegó a ser pequeño para contener, después del incendio de Nerón, la imperial residencia y su contiguo circo Máximo. Los baños de Tito, construidos sobre las ruinas de la Casa Dorada, ocuparon el Esquilino; el Aventino quedó cubierto con los baños de Caracalla y, en el periodo acerca del cual escribimos, el emperador Diocleciano llenaba con sus termas un espacio del Quirinal suficiente para contener muchos palacios, cerca de los jardines de Salustio que acabamos de mencionar.
”El sitio a que dirigimos nuestros pasos se encuentra en el Campo de Marte, y su situación es tan precisa que lo podemos describir con facilidad a los que se hallen enterados de la topografía antigua y moderna de Roma. En tiempo de la República había en el Campo de Marte un espacio cuadrado llamado Septa u Ovile, por su semejanza con un redil, circuído de estacas y dividido en otros más pequeños a manera de jaulas, en el cual se celebraban los comicios o reuniones de las clases plebeyas, en las que emitían sus votos. Augusto realizó el plan, de que habla Cicerón en su carta a Atico, de transformar esta grosera fábrica en un monumento de tanta solidez como magnificencia. El Septa Julia, como desde entonces se llamó, era un magnífico pórtico de mil pies de longitud y quinientos de anchura, sostenido por columnas y adornado de pinturas. Por las ruinas todavía visibles, se puede tener idea de lo que era el edificio que ocupaba el especio en el que se levantan hoy los palacios de Doria y Verospi, situados en el actual Corso, el Colegio Romano, la iglesia de San Ignacio y el Oratorio de Caravita […]”
Novedades en la mesa
Novela que combina parte de la historia de la segunda Guerra Mundial, con el romance y el espionaje es El intercambio (editorial Roca) de Fernando Aleu.
