Dedicada “A los que no llegaron, aunque no sea posible decir exactamente adónde. Los que no alcanzaron la plenitud que prometían. Los que no”, la nueva novela de Álvaro Uribe (26 de mayo de 1953) Los que no (Alfaguara, 2021) es un homenaje a los amigos, un mapa de las vidas de un puñado de jóvenes de los años ochenta, con la prosa de tono autobiográfico, directa, irónica y divertida del autor. Transcribo las primeras líneas.
“El secuestro.- Día 3 (jueves 7 de julio). No tengo nada que perder. No tengo nada. No tengo. No.
“(Y la música no deja de sonar.)
“Sabían que salgo de mi casa todos los martes y todos los jueves a las 6:45 am. Sabían que camino hacia la derecha por Sánchez Azcona, cruzo la calle hacia la otra banqueta, en la esquina tomo a la izquierda por Miguel Laurent, luego a la derecha por Heriberto Frías, después cruzo San Lorenzo y camino media cuadra más hasta llegar al gimnasio con la alberca de apenas quince metros de largo donde nado una hora sin parar.
“No necesitaron seguirme. Se apostaron a unos cuantos pasos de la entrada al gimnasio. La van o suburban o como se llame, no sabría decir de qué marca, de color gris oscuro y con los vidrios polarizados estaba atravesada en la banqueta como si fuera a entrar o acabara de salir de un garage. No alcancé a rodearla. El individuo sentado al volante abrió de golpe la portezuela y con un par de trancos se puso enfrente de mí. Me sorprendió el pasamontañas, negro como su suéter y sus pantalones, que le cubría toda la cabeza excepto los ojos feroces clavados en los míos. Me asustó hasta la parálisis la pistola que sostenía en la mano izquierda, apuntada a mi pecho. Nunca me habían amagado con un arma. Y de pronto sentí en la espalda la presión de un objeto frío y duro que (no sé cómo lo adiviné de inmediato) debía de ser el cañón de otra pistola. Mientras agarraba mi brazo derecho con su mano libre y lo dobleba contra mi espalda hasta hacerme gemir de dolor, el que estaba atrás de mí susurró a mi oído con una voz que me pareció irreal, fingida:
“–No grites pendejo. Si te portas bien no te va a pasar nada.
“Asentí en silencio y me quedé con la cabeza gacha, para evitar la mirada rabiosa del que estaba frente a mí. El otro me jaló dolorosamente del brazo torcido para hacerme retroceder, girar a la izquierda y avanzar unos pasos hasta la portezuela trasera de la camioneta que estaba abierta.
“–Tírate al piso, cabrón –me ordenó mientras me empujaba hacia el interior–. Y no voltees a ver.
“Me tendí boca abajo y en el acto me di cuenta de dos cosas. La primera: que, aterido por el pánico, no había soltado el maletín de lona donde llevaba una toalla, mis sandalias de hule, unos calzones y un par de calcetines limpios, una bolsa de plástico con un desodorante, un jabón en su jabonera, una botella de champú y un cepillo para el pelo, y otra bolsa con la gorra de natación y los gogles. La segunda: que me había orinado en el traje de baño y, a través de su tela sintética, en los pants.
“–Este culero ya se meó –dijo el de atrás dirigiéndose al de adelante que, a juzgar por los ruidos, acababa de meterse en la camioneta y cerrar la portezuela y encender el motor. Luego añadió, con voz más áspera dedicada a mí–: Estate quietecito y bien callado”.
Novedades en la mesa
Las tribulaciones de una mujer actual transcurren en la primera novela de Claudia Duclaud, La hija del fotógrafo (Harper Collins).
