El heroísmo también implica conciencia del peligro. En 1933, un año antes de la Primera Guerra Mundial, Francia promovió entre sus jóvenes la idea del sacrificio a la patria a través de las armas. Autores como Charles Peguy afirmaba que “él marchaba con gusto al frente y a la muerte”. Henri de Montherland, destacaba su “amor a la vida del frente, el baño elemental, el aniquilamiento de la inteligencia y el corazón, mientras Pierre Drieu la Rochelle elogiaba la guerra como “maravillosa sorpresa”. Esto fue antes de 1914. Pocos meses después de iniciada la Gran Guerra, los mismos soldados detestaban a los políticos e intelectuales que habían exhortado la actitud bélica como una forma de valentía que debía anidar en el pecho del orgullo galo. Alemania había resultado ser un enemigo fuerte, indoblegable y combatirlo era un pasaporte a la destrucción.