Frenemos a Don Perpetuo
¿Quién de los tres tiene muchísimo dinero?, ¿el INE, su presidente, o el Tribunal? (suponiendo que se trata del electoral). Considero que se refiere a los tres, a las dos personas morales y a una persona física.
¿Quién de los tres tiene muchísimo dinero?, ¿el INE, su presidente, o el Tribunal? (suponiendo que se trata del electoral). Considero que se refiere a los tres, a las dos personas morales y a una persona física.
Para explicar lo anterior, partamos de la base que el primer deber de todo gobierno es brindar seguridad pública a su población, siguiendo, las reglas fundamentales al respecto.
México se quedó sin poder legislativo federal, puesto que obedece ciegamente todo lo que ordena el presidente; legislativo que nos cuesta, supuestamente, más de 16 mil millones de pesos al año.
Y prosiguió en su autoelogio: “Mi escudo es mi honestidad y mi amor que es puro y se ha convertido en virtud”.
En cambio, nuestro vigente despotismo mexicano carece de talento, responsabilidad e ilustración; no tiene plan ni programas ni proyectos que correspondan a las embarazosas contradicciones que México sufre.
Estratega militar, ejecutor, juzgador, legislador; todo esto lo operó con el denominador común de “Siervo de la Nación”; y con esa sensible capacidad y humildad franca discernió y plasmó, en escrito breve y preciso, los “Sentimientos de la Nación”.
En foro local militarizado el presidente se puso a explicar su criterio personal sobre esa delicada guerra entre dos países, y seguramente sin consultar, al menos por simple atención, al senado mexicano.
Ésa ha sido la norma constitucional vigente hasta el día de hoy; sin embargo, el presidente actual ha violado la constitución a su antojo
La angustia del presidente actual ha sido no ser igual a sus antecesores inmediatos, entendiendo por ellos desde Miguel de la Madrid a Enrique Peña, a quienes ha etiquetado, a su conveniencia, como “ineptos, corruptos, omisos y traidores a la patria”.
Una vez que el conscripto aspirante a dictador hizo pública su voluntad de destruir el principio de presunción de inocencia, todos sus corifeos repiten automáticamente el capricho de su jefe; desde el secretario de gobernación hasta el último de los gobernadores morenistas.
Más allá de la mitad de la administración del presidente Andrés Manuel López Obrador, lo observo con algunos aciertos, pero lo veo imperfecto en su ejercicio, cargado de negatividad y perversión.
El movimiento de extremo a extremo no fue violento, ya que poco a poco fue transformándose, el presidente, de radical civilista a fundamentalista castrense, con los matices convenencieros que le permitió el ser jefe nato de las fuerzas armadas.
Un minero sobreviviente de ese derrumbe e inundación señaló desde el inicio de la tragedia: “Vi que el agua cubría a mis compañeros”, ojalá ese redivivo haya visto mal, por el bien de esas vidas humanas y de sus familias.
Cuando firmó el mandatario mexicano ese T-MEC, y lo aprobó el senado de nuestro país, tanto el ejecutivo como esa parte del legislativo estaban ejerciendo la soberanía nacional, y separaron los hidrocarburos en un exclusivo capítulo, de todos los demás energéticos.
La buena fe del presidente Andrés Manuel López Obrador no se percibe, al decidir personalísimamente, sin investigaciones y estudios pertinentes, el inicio y prosecución de esa obra pública apurada de costoso monto: el tren maya.
Juárez fue un presidente que siempre respeto el derecho. Escogió colaboradores más preparados que él y los dejó que con plena libertad ejercieran sus atribuciones. Fue inquebrantable en su proyecto de unir a los mexicanos, siendo respetuoso con sus adversarios.
Ni duda cabe que fue un presidente poderoso, de sueños populistas, el más trabajador de los presidentes del siglo XX y lo que va del siglo XXI, un dínamo de actividad inusitada, mañana, tarde y noche, en todo el territorio nacional y fuera de él.
Aunque ahí mismo, en esa ceremonia en donde se inauguró lo poco inaugurable, se firmaron convenios con varias compañías extranjeras, en donde PEMEX y CFE tienen exclusivamente el 10 por ciento o el 15 por ciento de las acciones.
Lo que pasa es que esa tragedia no es exclusiva de los católicos. Esta desventura no es únicamente para los 130 millones de mexicanos, sino que la estamos exportando y compartiendo con la población de muchos países.
Y el populista es popular hasta que la pirámide se cae, hasta que la escalera no soporte más, o hasta que, ante la vista de todos, exploten los duros resultados de sus impertinencias.