Nueva normalidad
La convivencia en medio de esta realidad del presente no es una normalidad novedosa, más bien es una anormalidad que posterga compromisos, ocasiona el cierre de fuetes de empleo.
La convivencia en medio de esta realidad del presente no es una normalidad novedosa, más bien es una anormalidad que posterga compromisos, ocasiona el cierre de fuetes de empleo.
Los videos de los últimos días en que se involucra a personajes de la vida pública dejan un mal sabor, la corrupción es un problema estructural, cada gestión pasada ha sido alcanzada por ella, la suciedad ha calado hondo y parece no terminar.
La clase política tradicional no representa relevancia en términos intelectuales, está ayuna, en gran medida, de ideología y marcha en pos del inmediatismo con toda la marca del pragmatismo más ramplón y convenenciero.
Más allá de las recomendaciones, el diseño de protocolos para contener su avance y los esfuerzos institucionales lo que se ha dejado ver es una negligencia brutal en muchas personas que no creen y se exponen temerariamente al contagio.
El caso de Emilio Lozoya alcanzó a exhibir la podrida práctica de las transas que se estilaban desde las cúpulas del poder, una maquinaria aceitada para fines ilícitos, ejercicios reiterados durante muchos sexenios que no acaban de contarse.
Ha resultado esperanzador enterarse de iniciativas diversas de grupos de la sociedad que han ocupado tiempo para promover eventos culturales que han despertado una positiva respuesta, festivales poéticos, fomento a la lectura.
Inseguridad e impunidad aunado a la corrupción han mostrado una realidad que pareciera un relato posmoderno, una novela que cuenta historias paralelas de la destrucción.
La contingencia sanitaria no es el único tema que genera opiniones disímbolas y polémicas, en el rubro político los escándalos tampoco disminuyen.
El tiempo avanza, la realidad en nuestro país ha tomado distancia de lo acontecido hace un par de años, nadie previó la avalancha que representa la pandemia del coronavirus.
El atentado contra el secretario de Seguridad Ciudadana del gobierno de la Ciudad de México, Omar García Harfuch, es un hecho que ilustra el grado de envilecimiento a que han llevado al país los grupos de la delincuencia organizada.
La creación del Instituto Federal Electoral fue una respuesta a la demanda de los comicios fraudulentos de 1988, cuya documentación al respecto fue extensa, detallada e incontrovertible.
Ahora mismo se plantean visiones truncas en torno a probables escenarios paridos por presuntas conspiraciones, un tema que suele ir y regresar de acuerdo al termómetro político.
En tiempos del Covid-19, de la desesperanza y las noticias falsas, así como la manipulación cotidiana en diferentes frentes se registró recientemente el asesinato de George Floyd, este hecho censurable se perpetró en Mineápolis.
Simpatizantes y detractores del presidente Andrés Manuel López Obrador se asumen como los portadores del estandarte de la verdad, lo cierto es que la confrontación no cede.
La debacle económica es cada vez más latente, muchas industrias están paralizadas, urge la revisión de políticas públicas en diversos rubros porque el desempleo escaló, muchos giros lucen desolados por razones obvias.
El saldo del Covid-19 ha sido de alcances brutales, ciertamente, escuchamos diversas opiniones a cargo de los especialistas, algunas ocasiones resaltan las contradicciones o las incongruencias.
Son muchas estampas y diversos los testimonios que ilustran, con detalles, el atrevimiento de muchas personas que no creen en la letalidad del virus que ha provocado miles de pérdidas humanas.
Hace no mucho tiempo se fue Luis Eduardo Aute en España, en nuestro país el Covid-19 nos arrebató al Caifán Mayor Oscar Chávez, un hombre de talento, guitarra y proclama en favor de las mejores causas.
Vivimos muchos el enclaustramiento, algunos gobiernos en el ámbito local han dictado medidas para evitar la propagación del virus aunque ello ha generado controversias legales, pero el bienestar común tiene prioridad.
Nuestro pueblo es proclive a la fiesta, al jolgorio que está anexado a la idiosincrasia y eso dificulta la sana distancia. También tiene que ver con la responsabilidad.