El discurso del general
El discurso del general es una gota de agua en el desierto. Es la primera voz, con autoridad, que se atreve a decir lo que está sucediendo en las entrañas de una ya compleja y difícil relación entre militares y civiles.
El discurso del general es una gota de agua en el desierto. Es la primera voz, con autoridad, que se atreve a decir lo que está sucediendo en las entrañas de una ya compleja y difícil relación entre militares y civiles.
Un político que le hace favores a las cabezas de los cárteles se traduce en protección al crimen y ya no tiene elementos creíbles para hablar de la “mafia del poder”, de una “minoría rapaz” o de que los gobernantes del pasado eran una pandilla de saqueadores.
La crisis de Culiacán echó por tierra mentiras y mitos. Un cártel mató a balazos la 4T. Desmitificó a la Guardia Nacional, un invento de la propaganda populista a la que se le atribuyeron cualidades mágicas; creada para marginar al Ejército y cuya inexperiencia derivó en el fracaso de un operativo que exigía experiencia, inteligencia y estrategia.
El Poder Judicial en México se encuentra, actualmente, en uno de los momentos más decisivos de su historia. Tiene que escoger entre defender la democracia constitucional o contribuir a la demolición de la república.
Algo sucedió entre quienes contrataban a esos jóvenes en el pasado para agredir al gobierno en turno y la administración actual. ¿Acaso hubo pactos, acuerdos que no se cumplieron?
Lo que está tratando de hacer el presidente con ese discurso amenazante es destruir la figura del amparo, el único recurso con el que cuentan los mexicanos para defenderse de los excesos de poder.
El poder de la mafia parece tener hoy la palabra. Es como si se le escuchara e hiciera caso, como si inspirara leyes para dar forma al nuevo Estado mexicano.
Elevar la defraudación fiscal a delincuencia organizada implica tratar a un presunto evasor –que no ha podido defenderse– de la misma forma que a un narcotraficante.
El enemigo de López Obrador, entonces, no está afuera, entre fifís, conservadores o reaccionarios. La piedra la tiene adentro, en su propia casa y se llama Morena.
A muchos mexicanos, señor presidente, nos enseñaron en la escuela y en nuestros hogares a respetar al Ejército. Vemos en el uniforme que llevan soldados y oficiales, el símbolo de la patria.
No podemos aceptar, entonces, que por órdenes de usted –aunque sea el presidente, o precisamente por serlo– se permita que los delincuentes humillen a nuestros soldados.
La 4T usa dientes y garras para atacar a sus adversarios políticos, pero no muestra la misma fiereza para combatir a los cárteles.
El miedo, la culpa y los malos cálculos llevaron al jefe de Rosario a firmar un cheque en blanco. Se apresuró a entregar todo: la elección, el poder y el gobierno antes de tiempo.
Quitar dinero a los partidos es un canto de sirenas. Detrás de la propuesta está el mandato de asfixiar la democracia. Van de vuelta por el partido único y absoluto.
Lo que distingue a la 4T y a su presidente es una absoluta y evidente repulsión hacia la libertad de ser y de pensar diferente, lo que coloca al país a un paso de tener un régimen prepotente y represor.
Hoy, quienes aseguran ser cabezas de la transformación, pretenden regresar a México a los tiempos en que los dictadores acomodaban e interpretaban las leyes como les convenía para atrincherarse en la silla presidencial.
Un gobernador, Jaime Bonilla, cercano a AMLO, se prestó para demostrarle a su amigo, que sí es posible la reelección presidencial.
La carta de Urzúa y las razones de su renuncia son la crónica de lo que viene y confirma que las dictaduras son fatales para la economía.
Dice López Obrador que un país pacifista no necesita tener un ejército. La mentira esconde, como ya es costumbre, la verdad. México enfrenta hoy una guerra, como ningún otro país, contra el narcotráfico. La desaparición, entonces, de las fuerzas del orden solo puede beneficiar al crimen organizado.
Pese a la sonrisa sardónica de cada “mañanera” con la que Andrés Manuel López Obrador repite una y otra vez que “todo va muy bien”, el deterioro nacional parece imparable. Si el país fuera un hombre o una mujer, podríamos decir que envejeció de pronto cien años.
Permanecer en el PRI significaría en este momento ser comparsa de algo que se parece cada vez más a una tiranía; de un proyecto que “gobierna” para sembrar odio y división, para imponer verdades absolutas, para castigar y vengarse de quienes hablan, escriben o piensan diferente, que goza sádicamente con enfrentar y burlarse de los mexicanos.