Artista de insospechados alcances

Una de las trayectorias más significativas de nuestro medio operístico, con un instrumento privilegiado que lo llevó a destacar de igual modo en otras importantes casas de ópera del extranjero, el barítono-bajo chihuahuense Roberto Bañuelas (Camargo 1931-ciudad de México 2015) supo reconocer sus facultades innatas y llevarlas al nivel de excelencia que exigen esos grandes circuitos del belcanto. Artista de talentos varios, no sólo se limitó al terreno de la música en el que brilló por su formación panorámica y una lúcida comprensión de los muchos conocimientos que en ese inagotable universo debe abarcar un cantante de sus dimensiones, sino que además cubrió otros muchos “saberes” que lo describen como un auténtico humanista de nuestro tiempo.

Un humanista al podio

En mi libro Rafael Solana: Escribir o morir, del que la Universidad Veracruzana hará ahora con la Autónoma Metropolitana una reedición en el centenario del natalicio (2015) de este notable polígrafo veracruzano, me refiero con detalle a las muchas grandes personalidades que pude conocer gracias a la intermediación de don Rafael, y qué duda cabe que una de ésas fue precisamente la del maestro Luis Herrera de la Fuente.

Camino a los Óscares…

Bien ha escrito el novelista bohemio Milan Kundera que uno de los signos distintivos que mejor definen el arte de verdad y auténtico es su condición suprema de búsqueda inmanente, y que cada nuevo ejercicio estético, más allá de que su creador haya conseguido antes algún paso hacia delante en su personal itinerario, implica un volver obsesivamente a indagar en la esencia del ser y de su existir. La única verdad absoluta del arte no puede ser otra más que esta exploración sin descanso, por múltiples cauces o vías posibles, unas veces con mayor fortuna que otras, tras esa insondable realidad de que el creador responde a un llamado que se manifiesta en el cruce casi milagroso de cuanto solemos llamar vocación y talento.

Indomable polígrafo

Recuerdo con particular entusiasmo cuando conocí y empecé a tratar a Vicente Leñero (Guadalajara,1933-ciudad de México, 2014), y fue en un viaje a Mérida en el que coincidimos, por allá por 1988, con tal buena fortuna que en grupo reducido, integrado además por su bella esposa, don Rafael Solana y Tomás Urtusástegui, nos fuimos a excursionar un día entero a Chichén Itzá. Cofradía pequeña y selecta, la pasamos a todo dar, y si bien los temas de conversación fueron múltiples y diversos, por cuestiones de afinidad y del propósito mismo del viaje prevaleció sobre todo el teatral. Un hombre sabio y sensible, todo un personaje, pero además de un muy agradable trato desde el principio, todas las veces que nos vimos fue siempre amable y hasta cálido, expresamente agradecido cuando por una u otra razón escribía sobre su narrativa o su teatro, o sobre alguna nueva película con guión suyo, o sobre algún evento donde había sido con justicia reconocido por su escritura multiforme y todas las veces incisiva, incluido el Premio Nacional de Lingüística y Literatura en el 2001.

El arte que revive, el arte que dignifica

Qué duda cabe que las experiencias más duras y traumáticas producen cambios igualmente poderosos para bien o para mal, porque no todos los seres humanos solemos reaccionar de la misma forma ante el dolor ocasionado por los vaivenes de una existencia que siempre nos constata lo frágiles que somos. La Fundación Michou y Mau es una prueba más que fehaciente de cómo el destino suele ser implacable y ponernos a prueba, pues del dominio público es sabido que la valiosa periodista Virginia Sendel de Lemaitre tuvo que sacar fuerzas de quién sabe dónde y reinventarse tras el sufrimiento más terrible al que puede enfrentarse un padre, cuando en un infausto incendio su hija perdió la vida por salvar a dos de los nietos de la comunicadora, con un fatal saldo de dos muertes (paradójicamente, alma y espíritu de la Fundación: Michou y Mau), y una recuperación tortuosa pero esperanzadora.

Enhorabuena, mi querido y admirado René

Pocas expresiones de una exactitud tan meridianamente categórica para definir la vocación y el oficio literarios como aquélla de ese enorme poeta praguense que fue —y es, porque su obra refulgente nos sigue iluminando este camino a medio oscuras— Rainer Maria Rilke, una de las voces por antonomasia de la lírica contemporánea y quien como su coterráneo Franz Kafka concibió su obra en lengua alemana: “Escribir o morir”… El autor de Cartas a un joven poeta dejó manifiesto en esta definitiva alocución que prácticamente ningún quehacer como el de la creación artística se impone como una necesidad inaplazable, exclusiva, contundente, por cuanto representa para su oficiante, a la par de respirar, dormir, comer…

Javier Camarena en un concierto de excelencia

Qué duda cabe que esta tierra ha sido particularmente pródiga en tenores líricos –ya sea dramáticos o ligeros–, terreno en el cual México ha contribuido con voces sobresalientes que sobre todo han enriquecido un siempre exigido y difícil repertorio belcantista en el que interpretes como Francisco Araiza, Ramón Vargas, Rolando Villazón y Javier Camarena han cortado el queso, como se suele decir en el argot popular. Siguiendo más o menos la ruta de los más de sus colegas, el último de ellos salió de México con un éxito apenas modesto, confirmado dentro de un público local minoritario asiduo a la ópera, y después de haberse hecho presente, por sus notables recursos y condiciones, en concursos de solvente tradición local (entre ellos, por supuesto, el “Carlo Morelli” que ha sido pista de despegue de tantos talentos) donde sus facultades se hicieron notar muy por encima de sus contrincantes. Tras ese mismo itinerario, para perfeccionarse y comenzar a hacer carrera en Europa, en su caso, en Alemania y Austria, empezó a ganar nombre en centros de añeja irradiación como Zúrich, Salzburgo, y por supuesto Barcelona, París y Viena.

El gran hotel Budapest se disfruta sin miramientos

Wes Anderson aparece como uno de los más finos estetas del llamado nuevo cine independiente norteamericano, con una estética muy personal y también definida, al margen de modas o estereotipos, y si bien su quehacer no es para todos los gustos ni mucho menos comercial, está en cambio signado por una libertad creativa manifiesta en un estilo que perfectamente puede inscribirse en lo que suele denominarse como cine de autor.

La jaula de oro nos toca el corazón

Ganadora indiscutible en la pasada entrega de los Arieles, La jaula de oro (México, 2013), del hispano-mexicano Diego Quemada-Díez, nos confirma una línea de narración a la que nuestra cinematografía ha sido particularmente proclive, porque el realismo documental ha estado presente en el quehacer fílmico mexicano casi desde sus orígenes. La propia Santa de 1931, de Antonio Moreno, a partir de la novela homónima de Federico Gamboa, se mueve a caballo, ya con singular solvencia, entre la ficción y el documental, como de igual manera sucede, por ejemplo, con ese otro gran clásico de nuestra cinematografía que es Los olvidados de Luis Buñuel de 1950.

En los cuernos de Nueva York

México ha sido semillero de extraordinarias voces desde épocas muy remotas, desde que nuestro llamado “ruiseñor mexicano”, la soprano Ángela Peralta, conquistó los grandes escenarios italianos en la segunda mitad del siglo XIX. Y si bien este país ha dado sobre todo sopranos y tenores con carreras sobresalientes y una presencia protagónica en importantes casas de ópera del mundo