Javier Camarena en un concierto de excelencia
Qué duda cabe que esta tierra ha sido particularmente pródiga en tenores líricos –ya sea dramáticos o ligeros–, terreno en el cual México ha contribuido con voces sobresalientes que sobre todo han enriquecido un siempre exigido y difícil repertorio belcantista en el que interpretes como Francisco Araiza, Ramón Vargas, Rolando Villazón y Javier Camarena han cortado el queso, como se suele decir en el argot popular. Siguiendo más o menos la ruta de los más de sus colegas, el último de ellos salió de México con un éxito apenas modesto, confirmado dentro de un público local minoritario asiduo a la ópera, y después de haberse hecho presente, por sus notables recursos y condiciones, en concursos de solvente tradición local (entre ellos, por supuesto, el “Carlo Morelli” que ha sido pista de despegue de tantos talentos) donde sus facultades se hicieron notar muy por encima de sus contrincantes. Tras ese mismo itinerario, para perfeccionarse y comenzar a hacer carrera en Europa, en su caso, en Alemania y Austria, empezó a ganar nombre en centros de añeja irradiación como Zúrich, Salzburgo, y por supuesto Barcelona, París y Viena.
