Con la música por dentro
Ha logrado permanecer y trascender fronteras, en una especialidad en la que el don y el rigor son exigidos a un nivel de casi absoluta perfección.
Ha logrado permanecer y trascender fronteras, en una especialidad en la que el don y el rigor son exigidos a un nivel de casi absoluta perfección.
Después de pasar su infancia y su adolescencia en Barcelona, por una suma de circunstancias más bien extrañas, el realizador español Vicente Aranda (Barcelona, 1926-Madrid, 2015) se encontró durante la década de los cincuenta en Venezuela trabajando en sistemas de contabilidad. A su regreso a España, luego de intentar sin suerte ingresar primero en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas de Madrid, y más tarde al IDHEC de París, terminó por instalarse finalmente en su ciudad natal y convertirse en uno de los puntales de la llamada Escuela de Barcelona cuya refinada estética constituyó una auténtica novedad y un parteaguas en la cinematografía española.
Hace ya más de treinta años que el deslumbrante sueño de los quebecuas Guy Laliberté y Gilles Ste-Croix se detonó por las calles de su ciudad natal, en una especie de explosiva resurrección contemporánea de esa no menos destellante representación quimérica de la realidad que fue el Teatro del Arte renacentista italiano.
Desde su tan personal como admirable y ya antológica serie de los Arnolfini de la década de los ochenta, caso sui géneris si tomamos en cuenta que la mayor parte de las obras que componen esta amplia suma de espléndidas variaciones fueron concebidas por el artista sin entonces todavía haber tenido contacto con el famoso cuadro de Van Eyck que se encuentra en la National Gallery de Londres, el desarrollo estético del pintor Benjamín Domínguez (Jiménez, Chihuahua, 1942) constituye uno de los ejemplos de evolución y de búsqueda más atractivos dentro del contexto de la plástica mexicana de las más recientes cuatro décadas.
Desde mi más temprana infancia escuché en mi casa el nombre de Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927-ciudad de México, 2014), periodista y escritor que desde su intrincada Aracataca, en el departamento colombiano de Bolívar, en la Costa Atlántica, había decidido emprender, sólo con su maravilloso talento y una tenacidad endiablada a cuestas, la reconstrucción literaria de un universo que igual desde mi niñez reconocí como algo propio y cercano.
Novelista y ensayista argentino sin par, el que muriera casi centenario Ernesto Sabato (Rojas, 24 de junio de 1911-Santos Lugares, 30 de abril de 2011) fue una de las figuras literarias más sobresalientes no sólo de su país, sino de toda el habla hispana del siglo XX. Premio Cervantes en 1984, y otra notable pifia en los Nobeles (ni Kafka, ni Joyce, ni Proust, ni Borges, por sólo citar a algunos de los casos más visibles, tampoco lo recibieron), Sabato provenía del terreno de las ciencias duras, en concreto de la física en que se doctoró y llegó a solventar cierto prestigio (trabajó en el Laboratorio Curie de París), hasta que en 1943 decidió abandonarla y dedicarse de tiempo completo a la literatura.
El próximo 7 de agosto se conmemora el centenario del natalicio de Rafael Solana (Veracruz, 1915-ciudad de México 1992), y exactamente un mes después, veintitrés años de la sensible desaparición física de este notable humanista y escritor veracruzano, acaecida a menos de un mes de haber celebrado con bombo y platillo sus 77 años de edad, en un festejo convocado por el entonces titular de cultura de la delegación Cuauhtémoc y amigo muy querido Pepe de la Rosa.
Una de las trayectorias más significativas de nuestro medio operístico, con un instrumento privilegiado que lo llevó a destacar de igual modo en otras importantes casas de ópera del extranjero, el barítono-bajo chihuahuense Roberto Bañuelas (Camargo 1931-ciudad de México 2015) supo reconocer sus facultades innatas y llevarlas al nivel de excelencia que exigen esos grandes circuitos del belcanto. Artista de talentos varios, no sólo se limitó al terreno de la música en el que brilló por su formación panorámica y una lúcida comprensión de los muchos conocimientos que en ese inagotable universo debe abarcar un cantante de sus dimensiones, sino que además cubrió otros muchos “saberes” que lo describen como un auténtico humanista de nuestro tiempo.
En mi libro Rafael Solana: Escribir o morir, del que la Universidad Veracruzana hará ahora con la Autónoma Metropolitana una reedición en el centenario del natalicio (2015) de este notable polígrafo veracruzano, me refiero con detalle a las muchas grandes personalidades que pude conocer gracias a la intermediación de don Rafael, y qué duda cabe que una de ésas fue precisamente la del maestro Luis Herrera de la Fuente.
El primer gran atributo está en su guión escrito con enorme honestidad, con un oficio que mucho sorprende.
Bien ha escrito el novelista bohemio Milan Kundera que uno de los signos distintivos que mejor definen el arte de verdad y auténtico es su condición suprema de búsqueda inmanente, y que cada nuevo ejercicio estético, más allá de que su creador haya conseguido antes algún paso hacia delante en su personal itinerario, implica un volver obsesivamente a indagar en la esencia del ser y de su existir. La única verdad absoluta del arte no puede ser otra más que esta exploración sin descanso, por múltiples cauces o vías posibles, unas veces con mayor fortuna que otras, tras esa insondable realidad de que el creador responde a un llamado que se manifiesta en el cruce casi milagroso de cuanto solemos llamar vocación y talento.
Mil veces buenas noches es la revelación de una condición humana tan contradictoria como inexplicable.
El libro viene a consumar un tributo nacional que se le debía a este gran personaje de nuestro quehacer escénico.
Recuerdo con particular entusiasmo cuando conocí y empecé a tratar a Vicente Leñero (Guadalajara,1933-ciudad de México, 2014), y fue en un viaje a Mérida en el que coincidimos, por allá por 1988, con tal buena fortuna que en grupo reducido, integrado además por su bella esposa, don Rafael Solana y Tomás Urtusástegui, nos fuimos a excursionar un día entero a Chichén Itzá. Cofradía pequeña y selecta, la pasamos a todo dar, y si bien los temas de conversación fueron múltiples y diversos, por cuestiones de afinidad y del propósito mismo del viaje prevaleció sobre todo el teatral. Un hombre sabio y sensible, todo un personaje, pero además de un muy agradable trato desde el principio, todas las veces que nos vimos fue siempre amable y hasta cálido, expresamente agradecido cuando por una u otra razón escribía sobre su narrativa o su teatro, o sobre alguna nueva película con guión suyo, o sobre algún evento donde había sido con justicia reconocido por su escritura multiforme y todas las veces incisiva, incluido el Premio Nacional de Lingüística y Literatura en el 2001.
Con más de treinta años de experiencia profesional, el fotógrafo yucateco Fernando Moguel (Mérida 1952-Ciudad de México 2014) se especializó en las artes escénicas, y en este terreno, en el cual llegó a ser un maestro y se hizo de un prestigio sólido
La verdad del arte no tiene que ver ni mucho menos con su capacidad para reproducir la realidad exterior al pie de la letra.
Qué duda cabe que las experiencias más duras y traumáticas producen cambios igualmente poderosos para bien o para mal, porque no todos los seres humanos solemos reaccionar de la misma forma ante el dolor ocasionado por los vaivenes de una existencia que siempre nos constata lo frágiles que somos. La Fundación Michou y Mau es una prueba más que fehaciente de cómo el destino suele ser implacable y ponernos a prueba, pues del dominio público es sabido que la valiosa periodista Virginia Sendel de Lemaitre tuvo que sacar fuerzas de quién sabe dónde y reinventarse tras el sufrimiento más terrible al que puede enfrentarse un padre, cuando en un infausto incendio su hija perdió la vida por salvar a dos de los nietos de la comunicadora, con un fatal saldo de dos muertes (paradójicamente, alma y espíritu de la Fundación: Michou y Mau), y una recuperación tortuosa pero esperanzadora.
El arte es prueba fidedigna de que nuestra condición es apta también para la creación y no sólo para el exterminio.
Pocas expresiones de una exactitud tan meridianamente categórica para definir la vocación y el oficio literarios como aquélla de ese enorme poeta praguense que fue —y es, porque su obra refulgente nos sigue iluminando este camino a medio oscuras— Rainer Maria Rilke, una de las voces por antonomasia de la lírica contemporánea y quien como su coterráneo Franz Kafka concibió su obra en lengua alemana: “Escribir o morir”… El autor de Cartas a un joven poeta dejó manifiesto en esta definitiva alocución que prácticamente ningún quehacer como el de la creación artística se impone como una necesidad inaplazable, exclusiva, contundente, por cuanto representa para su oficiante, a la par de respirar, dormir, comer…
Es la obra de un realizador maduro, plenamente consciente de sus recursos y posibilidades.