José Revueltas plantea su contacto con el cine en la convulsa ciudad de Durango de su infancia (1914-1920), cuando acudía, contando con cinco o seis años, a la plaza en donde exhibían tomas quizás hechas a revolucionarios mexicanos, o tomas europeas o norteamericanas que eran proyectadas de manera gratuita en sábanas que colgaban al centro de la plaza principal, entonces dice era como arte de magia ver el movimiento de las imágenes gigantes plasmadas en las pantallas improvisadas en la noche de la ciudad de Durango, ambientadas siempre con una pianola que daba gracia a los movimientos exhibidos. Justo lo que en esos momentos estaría haciendo su hermano mayor, Silvestre Revueltas, en salas de exhibición en los Estados Unidos, en donde daba gusto auditivo a las incipientes cintas de cine norteamericano, con lo que se ayudaba económicamente para sobrevivir y sostener parte de sus estudios en el país del norte.