Seamos sinceros, la actual coyuntura, que por cierto de coyuntura ya no tiene nada y de actual mucho menos, no da como para que le tengamos mucha confianza tanto a los políticos como a las autoridades electorales. Y, por favor, no se ofendan señores. Su desempeño en el pasado, en el presente y en el futuro se centra en ver para su propio santo y dejar en el último lugar de su pirámide de prioridades las necesidades del ciudadano, del elector, de aquél al que sólo toman en cuenta cuando se trata de sustraerle el sufragio por medio de engaños, promesas y ridículas dádivas (una gorra, un lunch, una camiseta, una sombrilla…).