Las imágenes son abrumadoras: por un lado, las filas interminables de migrantes y refugiados que se dirigen hacia el centro de Europa y por el otro, las olas de ayuda voluntaria por parte de ciudadanos europeos que dedican sus horas libres a recibirlos y apoyarlos con sus primeras necesidades al llegar. A veces da la impresión de que los gobiernos están siendo rebasados por la actitud de sus ciudadanos. En estos días los municipios en Alemania, Italia, Grecia y Suecia se sienten ya atestados como para poder albergar (además ante un invierno cercano) a la avalancha de personas que buscan un futuro seguro sin persecución y sin guerra civil. Los sistemas sociales ya no se dan abasto, ni hablar de la capacidad para poder registrar, comprobar su derecho de asilo y procesar burocráticamente a las 800 mil personas que se calcula llegarán en este año a Alemania.