La forja del poeta

El poeta Miguel Ángel Muñoz (Cuernavaca, 1972) vino a verme hace un par de años, no en París (donde él viene con mucha frecuencia), sino en México, justo un Día de Muertos, cuando yo acababa de llegar a México, para presentar alguno de mis libros, y con el pretexto de hacerme una entrevista me tendió un par de libros Yunque de sueños y El espacio vacío, que en realidad son una trampa.

Viaje a la gruta de Guadalupe (Tonantzin)

Mi esposa rusa (apodada por sus amigos y compañeros la extraterreste, por sus hazañas laborales, artísticas y físicas), nunca va a la Iglesia, ni reza, pareciera atea, pero desde hace 7 años, cada 11 de diciembre, se va en bicicleta de Puebla a la Villa a pedirle a la Virgen de Guadalupe por su familia: Naturalizada hace mucho, realiza el rito más cabalmente que muchos de los mexicanos, y siempre que regresa me cuenta con gran entusiasmo su mística aventura y lo generoso (verbigracia: por todos lados obsequian bebidas y comida en abundancia a los peregrinos) y unido que se muestra el pueblo al grado de contagiarle ese espíritu cósmico de la fiesta sagrada, esa fusión mágica-religiosa colectiva que Malinowsky

“Llorar al hermano es llorar los sueños cumplidos e incumplidos”

Circula en librerías —fue presentado en la 27 Feria Internacional del Libro de Guadalajara—, El cerebro de mi hermano (Seix Barral, 2013), del editor, periodista y narrador Rafael Pérez Gay (México, 1957): crónica de los últimos años de vida del ensayista, profesor, filósofo, traductor, diplomático, novelista e investigador, José María Perez Gay (1943-2013).

Pioneros de teatro universitario 1858-1958

Luis Martín Garza Gutiérrez (Luis Martín) asume en las páginas que componen su libro Pioneros de teatro universitario 1858-1958, que ha sido un hombre afortunado, al que la vida le dio el privilegio de testificar en torno a muchos momentos relevantes, quizá mágicos del quehacer teatral neoleonés, vividos con tanta pasión, que lo conducirían a convertirse en uno de los protagonistas esenciales en el teatro mexicano, como propulsor de la Muestra Nacional de Teatro (1986-1995); o como formador de generaciones y generaciones de teatristas, y siendo vivo exponente de un teatro siempre tendiente a la dignificación del fenómeno estético, a la vinculación del teatro con la sociedad.

Mi universo en minúsculas

La Ciudad de México tiene personajes increíbles, algunos impensables, pero también tiene aquellos que de primera vista pueden hacer notar que no sobrevivirán a la urbe más grande del mundo. En la capital mexicana, como en cualquier otro sitio, la circunstancia hace al ladrón o al abusador pero qué sucede con las personas que pecan de evidente inocencia, pues parece que el camino hacia la lista de ser víctimas se avecina en el filme que dirige Hatuey Viveros. Sin embargo, aunque el panorama del inicio de esta reseña sea el del caos, la historia que se plantea en Mi universo en minúsculas (México, 2011) da un giro por completo. Aina (Aída Folch), una joven catalana, viaja a la Ciudad de México en busca de su padre, al que no recuerda, del que no sabe nada, sólo tiene entre su guía de mapas una fotografía donde ella, de tres años de edad, aparece frente a la casa donde vivió, con él, quizá muy poco antes de regresar a España. Por eso no conoce nada de México, no guarda ningún recuerdo, sólo el afán de encontrarse con su padre.

La dramaturgia, un accidente de la realidad

Alberto Villarreal Díaz de Bonilla (D.F., 1977) es un laureado y prolífico dramaturgo. Su campo de acción es extensísimo y va del performance al teatro minimalista (con ciertos recursos intimistas), para retornar al performance y retomar el rumbo de la nostálgica evocación jodorowskiana del teatro pánico y los happenings. Villarreal redacta con aspiraciones poéticas y deliberadamente antiteatrales. Sin embargo, asume que su dramaturgia no es tal, sino todo lo contrario, cosa que no debe sorprender a quien esto lea, dado que es el mismo joven escritor quien asevera escribir “teatro que no parezca teatro”.